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"EL DESTINO DE MAYA"

La mañana que Maya llegó al pueblo, sintió que le temblaban las piernas y que quería salir corriendo de vuelta a casa para ocultarse bajo las frazadas y ser ajena a esa realidad que tenia que cumplirse bajo sus dedos; pero el camino de retorno a casa, era ahora sinuoso y quedaba a sus espaldas como algo vetado para siempre. Ya no podía volver a casa nunca más y el sentir el pie del tiempo aplastando el corazón como un gran coloso, no fue una sensación nada grata, menos aún cuando cogió la maleta y echó a andar, entre los ojos curiosos de la gente que se abanicaba bajo la sombra de los árboles de aquel pueblo sin nombre.

Maya había soñado con ese lugar mucho antes, talvez toda la vida y, volver allí le provocaba la desazón de saberse la protagonista de una nueva pesadilla que una vez iniciada ya no se detendría hasta acabar con ella.

Toda su vida era una sensación de déja vu por cosas antes vividas y que la seguían atormentando ahora en la edad adulta. Maya solía sentirse una víctima de su destino, el cual intentaba cambiar a cada paso, pero la realidad la abofeteaba confirmándole que las cosas a las que mas se les teme en lo sueños, son terriblemente reales al voltear la página de la noche al día.

Caminó lentamente entre la gente y se dirigió a la plaza vacía, para sentarse y pensar mejor sobre que debía hacer ahora. Las ovejas caminaban en rebaños mansos por en medio de la plaza comiendo las flores naranjas, sin que nadie las espante. Maya contemplaba esa escena mil veces vivida, con la pasividad de los que se saben espectros de una historia ajena. Maya, esperaba una señal, algo que le dijera por donde seguir.

Frente a ella la gente se movía con ojos curiosos y labios veloces atacando con su cuchicheo infame a la nueva extraña del pueblo. Los perros se rascaban la sarna en los jardines del municipio, los ebrios del fin de semana roncaban en sueños de alcoholemia tirados en las esquinas. Las carnicerías abrían sus puertas en la calle principal, como una extraña boutique para vísceras sangrientas. Todo igual que en el sueño, incluso las ovejas desperdigándose como una nube algodonosa que la engullía a ella y sus ensoñaciones en ese banca de parque

Cuando una marea de flores amarillas le acarició el rostro, Maya comprendió que era la señal para seguir caminado. Se levantó y subió cansinamente las veredas rotas de aquel pueblo protegido por el murallón de rocas. Maya caminaba con los ojos tristes evadiendo las miradas de los niños desnutridos que se comían los mocos frente a ella.

Ocho calles arriba estaba el lugar que vivía en su memoria desde mucho antes: “Hospedaje Su Majestad”, todo idéntico que en el sueño. El corazón se le oprimió de nuevo, cuando tuvo que dar su nombre.

- Mayela Gutiérrez-respondió ella con un ligero temblor en la voz

El hombre la miró con curiosidad, el cabello le caía sobre los ojos oscuros y tenia el rostro cubierto por el polvo del camino. Maya era una mujer delgada, con apariencia de menos edad que la que mostraban sus ojos algo llorosos luego de 12 horas viendo paisajes verdes y terrosos hasta llegar allí.
-Las habitaciones son con baño común, si quieres bañarte- tuteó el hombre de inmediato

Maya elevó las cejas con enojo, su rostro joven siempre hacia que la gente la confundiera con una adolescente. Abrió los labios para decir algo, pero se arrepintió en el acto. Ya no debía demostrarle nada a nadie, ahora estaba lejos de casa.
El viento soplaba golpeando las ventanas de marcos de madera y haciendo volar la ropa tendida por los techos de todo el vecindario.

Cuando subieron al segundo piso, lleno de ventanas con barrotes oxidados con vista al valle; el pequeño pueblo apareció ante ella como un nacimiento con casitas desparramadas aquí y allí hasta la orilla del río.
El hombre señaló la habitación 21 y le mostró el baño compartido entre las habitaciones vecinas, lleno de paredes rajadas arregladas con yeso, con la ducha desvencijada y sin seguro en la puerta.
- Es para que no se queden encerrados los borrachos- aclaró el dueño al ver como Maya revisaba la chapa de la puerta- No te preocupes, aquí solo se hospeda un profesor de matemática que solo llega de noche.
Maya asintió con la cabeza como si ya lo supiera de antemano. Cuando el hombre la dejó sola colocó el bolso sobre la cama tendida y cerró la puerta tras sí

Se sentía no solo cansada, sino abatida por el destino que arrollaba cualquier intento de levantarse y seguir en pie, ese destino que la traía de vuelta a un lugar nunca antes pisado pero por demás conocido. Salió al único baño compartido entre las habitaciones y se lavó la cara por un buen rato intentando despertar como todas las veces anteriores.

Al salir, reconoció al nuevo inquilino de piso. Un hombre moreno y enjuto de ojos amarillos y barba rala. De inmediato supo que se trataba de “el profesor”, Maya lo saludó e intentó reconocerlo, era muy vaga la imagen que tenía de él.

El hombre le dirigió una mirada larga y llena de concupiscencia, mientras se mojaba los labios sin responder a su saludo. Luego pasó frente a ella y cerró su habitación con un portazo que terminó de asustar a Maya.

Entonces un dolor extraño la volvió a recorrer, sabía lo que pasaría, ya lo había vivido antes, era imposible cambiarlo. Entró de nuevo al cuarto e intentó llorar, pero sus ojos estaban secos. Su vida era ahora un sueño en el que por mas que gritara nadie la podría oír. Solo un personaje mas sin derecho a decidir su destino.

Esa noche, se aseó cuidadosamente en la ducha, lavó sus cabellos con un shampoo frutado, se envolvió en la toalla de baño y volvió a la habitación. Se secó el cuerpo, las piernas y los tobillos y fue cuando lo sintió llegar ebrio dando tumbos por la escalera.

Ella volvió a estremecerse, una sensación de náuseas y miedo la hizo tumbarse en la cama, lloró un poco con la almohada en la cara hasta calmarse. Tomó el martillo que guardaba en el bolso y lo puso al lado de la cama, esperando que esta vez le sirviera.

Luego se despojó de la toalla húmeda y se acostó desnuda sobre la cama tendida y con la puerta entreabierta, a esperar que él saliera del baño rumbo a su cuarto.

Lo que tuviera que pasar, pasaría. Maya ya no podía seguir huyendo de su propio destino.


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