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" (1) Georgette"

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- “Esta habitación huele a cangrejos”- dijo la mujer cuando entraron a la nueva casa


- ¿Qué dices, Georgette? Tu ni siquiera sabes a que huele un cangrejo

- Que no haya visto uno de cerca no significa que no sepa a lo que huelen- respondió ella con su terquedad infantil habitual.

En efecto Georgette jamás había salido de su pueblito en las montañas y era imposible que siquiera conociera el olor del mar. Pero así era ella, cuando decía que sabía algo, nadie podía sacarle de la cabeza que estuviera en lo correcto. Lo mismo sucedió la vez que fueron a esquiar, invitados por los amigos de Fernando; y, Georgette se ufanaba de saber andar perfectamente en la nieve, aunque hubiera resbalado ya tres veces desde la salida del cafetín local. Esa Georgette era imposible, nadie comprendía como un hombre del carácter de Fernando Olvera pudiera soportar todas las excentricidades que se decían de su mujer.

Georgette mucho menor que él, en edad y tamaño, caminaba con ojos ávidos y grandes que se pegaban en los escaparates, mientras Fernando en cambio, arrastraba los pies por las avenidas transitadas, sin detenerse en los rostros que pasaban por la calle, absorto en un mar de melancolía heredada por sus antepasados y que él ahora rescataba del olvido, en lagunas pequeñas que saltaba sin éxito, cada vez que caminaba junto a la ágil Georgette. Ella por su parte, con unos ojos grises que por temporadas tomaban el color de las hojas según la emoción del momento; iba caminando con un paso ligero como de niña traviesa, investigándolo todo, anotando con su registro visual cada detalle que pudiera hacer falta a Fernando en sus historias futuras. Y es que la dupla Fernando-Georgette no era solo algo que se restringía a compartir una cama juntos, eran los poemas a dos manos y las historias que Fernando escribía magistralmente mientras a Georgette solo le salía en palabras normales delante de sus pocos amigos.

Un día le preguntaron a Georgette:
- ¿cuánto te demoras e leer a tu marido, siempre sabes de cerca cada detalle de sus historias.
- La verdad jamás lo he leído- y agregó sin asomo de vergüenza, mientras se llevaba la cucharilla de pye de limón a la boca- sus historias tienen la virtud de dejarme dormida

Ese era el tipo de sentencias que lanzaba Georgette al aire si importarle que pudieran pensar de ella o de su relación con el escritor Olvera. Fernando, entonces solo sonreía sin mostrar los dientes como le era habitual, bajo esas enormes ojeras de insomne pertinaz y le acariciaba la mano, como si ese solo acto pudiera calmar a ese huracán que llevaba Georgette dentro de la garganta, agitando murmuraciones a su paso.

La primera vez que Fernando vio a la señorita Georgette, fue en el patio de piedra que comunicaba la universidad con las habitaciones de estudiantes. La diminuta Georgette saltaba con su faldita escocesa, tratando inútilmente de alcanzar un gato atrapado en el árbol cercano. Fernando la vio saltando con el cabello marrón al viento y se imaginó que solo era una niña que se había colado en los patios de la universidad para ocupar el baño de mujeres, a esa hora del viernes en que los vigilantes olvidaban cerrar los portones de la Universidad a extraños.
El aun joven escritor Olvera se detuvo junto a ella, a mirar como el animalito maullaba sin consuelo por bajar del alto nogal de la universidad.

Mejor déjalo allí a lo mejor quiere libertarse- dijo Fernando con la voz bajita que ponía cada vez que se dirigía a una mujer, incluso si esta era una niña que no sobrepasaba el metro y medio de altura.

Georgette se volvió indignada a ver al dueño de esas palabras y sus ojos verdes tomaron el color de las aceitunas de olivo.

¿cómo puedes saber tu el significado de la palabra “libertad” para un gato?

Fernando se quedó pasmado. ¿ que podía responder ante eso? El no era veterinario y tampoco gran conocedor de animales, la frase le había salido de la boca., solo para tranquilizar a esa niña que ahora con las cejas arqueadas demostraba ser una mujer de edad media, mas bien una hermosa mujer de edad media y ojos color de oliva.

La joven dio un salto mas y luego se volvió a hablarle con un acento que era casi una orden
no te quedes ahí parado como un bobo ¿no piensas ayudarme?

El viento soplaba frío anunciando la lluvia y ya se podía sentir ese extraño silencio que precede a las grandes tormentas, cuando todo el mundo se oculta de la naturaleza y la lluvia queda dueña y señora del mundo, ululando entre gotas grises su canto taciturno.

Fernando sintió esa humedad en el dorso de las manos descubiertas y obedeció de inmediato a la mujer diminuta que hacia de sus pedidos órdenes directas. Vestido con el traje azul marino con el que lo retratarían en las portadas de todos sus libros futuros, Fernando trepó al árbol para liberar al gato, que no quería ser liberado y que le terminó arañando las manos en el intento por salvarlo. Después de muchos jaloneos por parte de Fernando y maullidos desesperados por parte del gato, por fin pudo liberarlo de su prisión de ramas y hojas verdes. La lluvia empezó a caer sin piedad sobre ellos cuando el gato estuvo por fin entre sus manos.

Los ojos de Georgette se iluminaron como dos farolas verdes y su sonrisa de dientes perlados asombró al aun joven poeta.

- Plutarco!- exclamó ella intentando acercarlo a su pecho
- Que raro nombre para tu gato- agregó Fernando que ahora luchaba por no sentir el ardor de la lluvia resbalando por las recientes heridas hechas por el huraño felino ojiverde

¿Qué te hace pensar que este minino es mi gato?- dijo Georgette abriendo unos ojos que ahora eran del mismo color brillante de las hojas mojadas por la lluvia

Fernando la miró entre sorprendido y molesto. Acababa de ensuciar su traje impecable por trepar a un árbol de la universidad aun a sabiendas que uno de los rígidos profesores del campus lo estuvieran viendo, por salvar a un gato que lo había arañado con placer felino y que ahora resultaba que ni siquiera era propiedad de la joven de los ojos verdes.

- Lo acabas de llamar por su nombre, me pediste que lo bajara, estás feliz de tenerlo ¿no son razones suficientes- la voz de Fernando tenia una rabia contenida contra la lluvia y el clima frío, contra el gato con complejo de pájaro y mas que todo por la chica de enormes ojos verdes que variaban de tonalidad según el estado de ánimo.

- Si estoy feliz de tenerlo, si te pedí que lo bajaras, pero no es mío y no creo que se llame así- y lanzando una mirada de ternura al animalito agregó con descaro- aunque Plutarco es un lindo nombre para un gato.
Mientras, Fernando mantenía al gato asido de su mano arañada que ahora sangraba bajo el aguacero que se había desatado en unos pocos segundos. Georgette tenia los cabellos cortos cayéndole por encima de las orejas y lo miraba con una mirada ingenua que daba igual ternura que deseos de golpearla.

El gato era ahora una bellota mojada colgando de la mano sangrante de Fernando y maullaba lastimeramente, cambiando la actitud beligerante del inicio, por un maullido y una mirada mas suave, igual que la que lucía ahora Georgette delante suyo.

- bien si no es tuyo, ni es mío, ni es de nadie cerca, dejémoslo libre y punto!- exclamó Fernando al borde de la rabia
- ¿y eso según tu es liberarlo? ¿dejándolo muerto de hambre y frío a la intemperie?- la fina voz de Georgette se perdía en la lluvia y con el viento golpeando las ramas de los árboles- los gatos necesitan abrigo para sentirse libres. ¡Como se nota que solo eres un poeta!

Esta ultima frase sacó de sus casillas a Fernando, que se enorgullecía por ser el único de su familia que no había tenido que seguir una profesión lucrativa en ese país de pobres. Si él pudiera haber hecho cambiar el color de sus ojos según la emoción, como podía la diminuta Georgette, de seguro estos hubieran sido de color rojo vivo con llamaradas infernales. Fernando, sin embargo, acudió a la poca paciencia que le habían enseñado en las clases de filosofía y respiró hondo, su traje estaba empapado y el agua le corría por el rostro y por la barbilla. Georgette estaba tan empapada como él y se le veía inofensiva bajo la chompa de lana verde, aun mas indefensa que el gato que Fernando tenia hace rato entre manos. Tal vez fuera ese afán de querer proteger a alguien que se veía como un pompón de lana húmeda, o que el gato ya le empezaba a dar lástima, que Fernando cogió al felino y lo puso entre sus ropas para darle calor, olvidando las pulgas que pudiera pasarle un felino de tan baja estirpe.

- ¡Vámonos de aquí!- gritó él- hoy habrá tormenta.

Georgette cogió su bolso del piso y comenzó a correr al lado de Fernando que solo alargaba el paso encorvando el tronco para proteger a “Plutarco” el minino rescatado.

Si por esa época alguien hubiera visto al luego destacadísimo Fernando Olvera corriendo por los patios de la universidad rumbo al dormitorio de las señoritas, empapado, arañado y con un gato bajo el saco, no lo hubieran creído, mas aun si al lado de ese personaje enjuto, corría una niña con falda escocesa y chompa empapada, dando brincos detrás suyo, igual que una colegiala. Tal vez hubieran pensado que era otro de esos locos que no tiene donde dormir y se guarece en las habitaciones desocupadas de los estudiantes de postgrado, aunque a lo mejor tampoco se hubieran equivocado.

De esa primera vez ya hacían 5 años y Georgette seguía siendo la misma testaruda de siempre, desafiando al clima, rescatando gatos, dando la contra al mundo, como una abanderada de todo lo que no fuera poesía y si una realidad de la que ella se sentía responsable de cambiar a cada momento. Fernando la secundaba en sus causas perdidas solo con una sonrisa que no mostraba los dientes y entonces la gente entendía que la pequeña mujer capaz de dominar al irascible poeta Olvera, acaso tuviera el poder, también, de dominar al clima, a la política y a las causas perdidas.

- Aquí huele a cangrejo- había mencionado Georgette apenas llegaron al nuevo departamento ubicado a las afueras de Paris.
- Imposible Georgette, ya te lo dije, el mar está lejísimos de aquí como para que puedas oler algún tipo de marisco.

- Pues yo lo huelo y ya sabes lo que significa eso, no, Olvera?- dijo ella mostrando sus ojos de laurel, que se iluminaban por el sol de la tarde.

- si Georgette, ya se lo que significa- respondió Fernando arrastrando las palabras.

A lo largo de esos 5 años había aprendido a no contradecir a Georgette y a sus presentimientos sobre el clima, la gente, o cualquier cosa extra sensorial que él no pudiera entender, por esa condición de “poeta” que lo volvía un minusválido ante los ojos de la activa y loca Georgette.

- ¿Va a tomar el piso, monsieur?- agregó el hombre moreno que de francés, acaso solo si tuviera el acento.

- No, mi mujer y yo quisiéramos ver mas habitaciones antes de decidirnos.

Georgette seguía pareándose por el pequeño apartamento donde el sol atardecía en colores fosforescentes, abrazándose de un bolso grande tejido a crochet con flores rosadas.
Fernando cogió su maletín café del suelo, agradeció al casero y salió de allí con esa expresión de vencido que cobraba su rostro, cada vez que Georgette argumentaba sus presentimientos extra sensoriales, para convencerlo de algo económicamente ilógico.

Desde que vivían juntos, a pesar del dinero que le pagaban por sus publicaciones y poemarios, este nunca era suficiente. Georgette siempre lo terminaba destinando para alguna obra benéfica de dudosa reputación, sin saber si este dinero llegaba realmente a los huérfanos que le mostraban en las fotos, a los supuestos enfermos de cáncer a quienes rapaban la cabeza el día previo a que ella los visitara, a los albergues de animales sin dueño que bautizaban con su nombre o a los ancianos con los que ella lloraba con lagrimas de menta y a los que daba dinero doble, pues decía “que le recordaban a los abuelos que jamás conoció”.

Vivir con Georgette le había costado mas dinero que casarse con cualquier mujer de su nivel social, pero sabía que ese dinero ni siquiera se quedaba con ella, los billetes desfilaban por sus manos rumbo a otros con menos escrúpulos, dejándolos pobres a ambos, a veces sin tener siquiera para el desayuno del día; pero con esa expresión satisfecha en la cara sonriente de la caritativa Georgette , que volvía a Fernando el hombre mas feliz de la tierra. Su mirada de ojos verdes que creen en la libertad, en la igualdad de los seres humanos, en la democracia y en todas esas cosas que el no entendería “ porque era un poeta”.
Fernando tenia de nuevo esa expresión descorazonada en la cara, era el 5to departamento que rechazaban ese día y pronto anochecería en una ciudad cara como Paris que no tiene compasión con los extranjeros, así sean éstos poetas o defensores de causas perdidas.
Afuera Paris respiraba su olor a poesía y pasteles dulces, ajena a las supersticiones marinas de la joven Georgette
- Olvera, ¿estás molesto?
- No, Georgette, no estoy molesto- dijo Fernando mientras caminaban por las veredas enlucidas.
- A Plutarco tampoco le ha gustado…- agregó- y una cabecita pequeña de orejas peludas, asomó del bolso de crochet de Georgette con unos ojos verdes soñolientos que pedían conmiserarse de su ama.
Cada vez que ambos se ponían así a Fernando le resultaba imposible no sonreír y sentirse nuevamente enamorado de Georgette como la primera vez que se cruzaron con Plutarco.
- Lo sé…a mi tampoco me gustaba esa casa para que viviéramos- mintió con ternura Fernando- ni para Plutarco- agregó al ver que los ojos de Georgette se ponían color de oliva por haber olvidado al gato.
- ¿Podemos ir a comer algo? nos morimos de hambre, amor.
- Está bien ¿Qué te apetece comer en Paris? ¿Crepes?- agregó algo cansado, el también se moría de hambre
- La verdad…, Plutarco y yo queremos…una sopa de cangrejo…

Fernando Olvera sintió que la sangre le fluía al rostro de nuevo, hasta querer estrangular a Georgette a plena calle con la cola del mismo Plutarco, pero al ver sus ojos verdes acompañando esa petición inocente y su cabello golpeando a su mentón y sus labios rosados, suavizó de nuevo la expresión de su rostro y se entregó a besarla largamente, bajo un Paris que anochecía.



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