Ir al contenido principal

Aprendiendo a Volar

Free Image Hosting at allyoucanupload.com

Yo aprendí a montar bicicleta cuando ya era grande. Era una vergüenza no saber andar en bicicleta a los 9 años, mientras los otros niños ya eran libres sobre ruedas y se apartaban de casa a la velocidad de un rayo.
Yo aprendí tarde, tal vez porque temía caer, porque temía a la vergüenza y al dolor. Practicaba en casa dentro del garaje, apoyándome en ese pequeño espacio entre la pared y el auto, rayando la pintura, dejando mis manitos de huellas sucias en la pared recién pintada, apoyándome en muros estrechos para no caer al piso, para no sentir dolor.
Y todos se burlaban de lo miedosa que era, de que no salía a la calle a aprender como todos a golpe y a sangre; pero yo no hacía caso, pues yo tenía miedo no al dolor, sino a la vergüenza de que me vieran caer, de que aprendiera “de grande”, lo que los otros niños ya sabían hacer bien desde pequeños.
Mis hermanos tenían su bicicleta vieja con ese asiento al estilo de los 70´s grande y fuera de moda pero a mi no me importaba, quería aprender lo que otros ya sabían y ponía todo el esfuerzo en impulsarme por el zaguán de la casa, por el patio trasero, por el garaje…por todo lugar donde hubiera apoyo y no tuviera los ojos de los vecinos o de los demás niños, viéndome equilibrar sobre mi inexperiencia de 9 años.
Mi padre me repetía que era imposible aprender a montar bicicleta sin caerme, pero yo no me atrevía a salir de casa. Mi bunker de pruebas al vacío siempre fue esa casa y salir de mi burbuja a la realidad siempre dolía. Pero pasaban los días y yo no podía avanzar un metro sin caerme a los lados, no había espacio para impulsarme y pedalear suficiente sin caer a los costados. Y yo no entendía el por qué. Por qué no podía aprender a manejar y siempre caía.

Un día de invierno, el cielo se volvió gris y la atmósfera líquida. La ciudad era una pecera gris sin gente pasando por la calle y en el silencio la lluvia golpeaba el asfalto con sus canción de soledad y recuerdos de infancia. Yo tomé la bicicleta y aprovechando que nadie podía verme, me decidí a salir y probar suerte en la calle.
Saqué la bicicleta antigua y olvidé todas mis vergüenzas…estaba decidida a probar el dolor.

Sin embargo, no caí, solo me impulsé y pedaleé todo lo que pude sin caer. Me alejé de casa con la tarde lluviosa sobre mí y pensé que el mundo era mágico, que pasear en bicicleta era como tener alas y que nunca mas tendría que volver a mi burbuja si tenía la fuerza de mis piernas para seguir adelante.

Había aprendido a manejar esa vieja bicicleta sin caerme al piso y sin sufrir. Después de tantos meses intentándolo y apoyándome en las paredes de casa.
Probablemente lo único que me había hecho falta era la determinación de abrir la puerta y salir sin importarme la vergüenza ni el dolor. Probablemente, aun bajo la lluvia había mil ojos detrás de cada ventana esperando ver mi caída y mi dolor, pero yo no lo pensé. Simplemente me dejó de importar.

No reflexioné en nada y me abandoné a ese placer de pedalear a velocidad, pensando que si me tenia que caer, sería lejos de casa, lejos de las miradas de la gente, solo tenia que seguir pedaleando, avanzando, con el viento silbando en mis oídos y la lluvia sobre el rostro. De hecho algún día caería, pero yo solo quería seguir así impulsándome sobre dos ruedas como si mi cuerpo fuera alado y nadie mas pudiera verme.
Yo aprendí a manejar bicicleta sin una sola herida, sin un solo raspón en la piel. Tal vez fue la peor forma de aprender, porque no aprendí a poner las manos para protegerme si me lanzaba a velocidad tras de algo y tenía que caer. No aprendí a tolerar el dolor, la humillación, la desazón de las heridas sociales que surgen cuando quieres de verdad algo.

El resto de la vida me la he pasado deseando que vuelva a ocurrir ese milagro de salir de casa solo con el deseo suficiente, impulsarme contra el frío y la lluvia y que todo me salga bien, sin heridas, ni cicatrices que borrar. Ahora se que es imposible. Día a día la vida te cobra las enseñanzas que no supiste aprender a tiempo.

Sin embargo algo que si aprendí fue que para volver realidad los sueños, cada quien debe abandonar su burbuja perfecta, su hogar de paredes acolchonadas y gente que evita hacerte doler, porque en esa burbuja pequeña jamás hay suficiente pista para impulsarse fuera y aprender a volar. Porque duela o no duela el hacerlo, siempre es mejor retarse a si mismo para conseguir lo que se desea.



****Para Albatros y los días que me sujetó la mano.
25 comentarios

Entradas más populares de este blog

"El VIAJE"

Muriel subió al bus con la ropa suelta para viaje, con la almohada pequeña para apoyar el cuello el resto de la noche y con el antifaz oscuro, por si encendían las luces del pasillo durante su sueño. Sería un viaje largo y cansado, aunque no era el primero de ese largo año viajando por el país; si tuviera dinero, me ahorraría 15 horas de viaje con un boleto de avión- pensaba ella con su pesimismo habitual.

Subió última al bus y todos se la quedaron viendo, por su indumentaria rara de polera suelta y pantalones de pijama, la almohada, la botella de agua mineral y el bolso que se desparramó con discos y hojas sueltas por el pasillo, al subir. La terramoza vestida con minifalda y pañuelo al pecho, la ayudó a comodarse en su asiento al lado de un tipo obeso de labios pequeños. La reprendió con una fría amabilidad por su retraso en subir.

El hombre del asiento vecino apenas si la saludó cuando ella se sentó a su lado, entretenido como estaba mirando por la ventana a la gente que se despedía …

Poniendo el Pecho

Lo peor que me pasó llegada la pubertad no fue la menstruación, fue tener que usar sostén. Eso acabó con la libertad de mi cuerpo, fue el primer símbolo de que yo era una mujercita que debía ocultar su crecimiento.
Las demás niñas hablaban de que usaban "formador" y yo no entendía la palabra, que la relacionaba con algún aparato de ortodoncia. Creía que a mi jamás me pasaría eso; pero un día mis pechos empezaron a crecer y dos botones asomaron tímidos bajo la blusa escolar, sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Quise usar camisetas, frotarlos para que los pezones no estuvieran puntiagudos, pero nada daba resultado; del tamaño de dos chapas de coca cola, mis pechos empujaban por ver la luz. Yo me mantuve terca en no usar nada debajo de la blusa, pero los muy canallas seguían creciendo. Lo peor de todo: Dolían.

Si, recuerdo ese roce doloroso contra la camiseta escolar y mojarme con agua fría en las noches, para que dejaran de doler por el roce contra la ropa. Finalmente ten…

Amante Ideal

"Alguien que conozca todas tus mierdas y no te joda por eso. O mas bien que te joda, pero que te joda bien" Esa es la definición que él me da cuando le pregunto quien sería su amante ideal. Me río entonces, como no lo hacia hace días. Es refrescante poder discutir sobre sexo en voz alta. Llevo un par de semanas pensando que le he perdido la curiosidad a enfrentar  tener nuevas relaciones, cada vez que llego al asunto doy un largo rodeo y cambio de tema.

Tengo que reconocer que la vida se pone mejor cada día, tan mejor que espero con ansia que me despidan del trabajo para poder invertir todos mis ahorros en un viaje que dure un par de años por territorios desconocidos.
Luego pienso en la salud de mis padres y me deprime la idea de que no podría irme sabiendo que aun me necesitan.  Que no sabrían a quien llamar si algo malo sucede. A cierta edad si no haz hecho todo lo que se te vino en gana te terminan atando el amor por  los hijos o los padres  eternamente a casa; ante cualq…