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Lluvia a pleno verano

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Es curioso como aquí a veces llueve a pleno verano. Era Febrero y yo estudiaba francés por las mañanas y medicina por las tardes. Estudiaba rabiosamente para lograr la ansiada residencia, pero no me atrevía a dejar mi lengua favorita solo por la medicina. Siempre había dejado de hacer cosas a favor de mi carrera. Al terminar la universidad me sentía la típica ignorante que solo sabe de lo que ha estudiado en la universidad e ignora el resto de cosas que suceden en el mundo.

Era febrero y yo comía a solas en un restaurante parrillero, para no tener que almorzar sola en casa. Recuerdo que ese viernes me levanté sintiéndome especial, me lavé el cabello con el shampoo frutado, me puse la crema de coco en todo el cuerpo, el perfume que ya no usaba y la falda y suéter color beige. Incluso me puse las botas altas que solo usaba para caminar de brazo de alguien. ¡Era tan difícil caminar con esas botas puntudas!

Terminada las clases de francés, me fui al restaurant completamente enamorada de mi misma a almorzar sola y soñar con el destino. Era febrero y yo vivía ilusionada pensando que ese año me cambiaría la suerte. Incluso mi aspecto había cambiado y ahora llevaba rulos rojizos que alternaban con mis usuales cabellos color negro.
El día era precioso de soleado y yo me sentía feliz. Probablemente era la única joven que almorzaba sola en ese lugar vestida no como las demás tías, sino como toda una “señorita”. Sin embargo, a mitad del almuerzo el clima cambió de repente y tuvieron que cerrar todas las ventanas y prender los farolitos que colgaban en las paredes. Había empezado a llover afuera y el día se tornó oscuro solo en minutos.
Yo maldije mi suerte, por haber salido con falda y suéter tan delgado sabiendo que los días anteriores habían sido tan crudos. Me dejé llevar por la sensación de calor y ahora sufriría las consecuencias. Las calles se volvían resbalosas con la lluvia y aunque mi casa quedaba cerca, las botas eran un impedimento para cualquier caminata.

Cuando bajé a la calle, era una cortina de agua cayendo por la ciudad triste y de cielo oscuro. Ningún taxi desocupado. Las mujeres abordaban sus autos del brazo de sus esposos; y yo estaba allí con las rodillas congeladas y la falda beige mojada sin ninguna cornisa en donde protegerme.

Supongo que era la única tonta que había salido vestida así en toda la ciudad. Podía sentir las miradas de “te lo mereces” que tenían las mujeres desde el interior de sus autos. Yo solo me abrazaba a mi misma con los libros de idiomas y esperaba un taxi que me llevara a casa. Me sentía toda una rareza allí, con el cabello mojado y los lentes empañados, que trataba de limpiar cada 5 minutos.
Pero de pronto, yo lo vi.

Si en esa calle vacía había alguien más raro que yo, ese era él. Venia caminando a toda prisa y su cara era tan pálida y blanca que parecía un mimo, traía puesta una polera de capucha negra y estaba cantando. Cantaba alto como si nadie se diera cuenta. Pero yo si lo oí. Pensé que llevaba audífonos, que cantaba en voz alta sin darse cuenta. Pero no.
Era obvio que disfrutaba ir por la calle con esos trancos largos y las manos en los bolsillos de la polera. Cantando alto, pues sabia que nadie caminaba ya por las calles, excepto yo. La mujer bajo la lluvia, con las rodillas heladas y el cabello chorreando.


El también me vio. Imposible no verme. Vestía de beige a mitad de un día oscuro, hecha una sopa de cabellos y ropa mojada.

Mientras intentaba parar un taxi lo seguía mirando y él a mí, en esa sensación extraña de que no existe nada mas en el mundo, excepto el golpe de la lluvia hiriendo la calle y esa voz melancólica cantando una canción de la cual no recuerdo nada, mas que sus labios vocalizando la palabra “sola”.

Al pasar por mi lado casi se detuvo, por un momento pensé que nos conocíamos, que era algún compañero de colegio. Pero no. Era un completo desconocido de cara pálida que no dejó de cantar ni aun cuando estuvimos solo a centímetros mirándonos en la misma vereda. Siguió su camino y yo me giré a verlo, el también lo hizo. No sonreíamos ni nada, era una sensación casi de perplejidad. Dos desconocidos en un mundo por demás extraño. Antes de llegar a la esquina volteó tres veces mas y las tres veces yo le sostuve la mirada.

Tenia ganas de irme caminando a la casa, de ir por su misma vereda. De rozar nuevamente con él. De volver a cruzarnos.

Porque dos personas que van de camino a casa, se encuentran siempre en algún momento, aunque no quieran hacerlo.

Tenia electricidad en la piel, la boca seca, el temblor en las rodillas. Por un momento sentí que era él, ese presentimiento que me había despertado por la mañana. Cuando di el primer paso para caminar calle abajo, el único taxi vacío de la ciudad me ofreció llevarme. Yo me quedé dudando. Si lo tomaba, llegaría a casa sana y salva. Si no lo tomaba, no volvería a pasar otro en horas y tal vez a mi paso y con esas botas altas resbalaría antes de alcanzar al chico de la cara pálida. Dude en hacerlo, pero el chico ya había desaparecido.

Con algo de tristeza tomé el taxi y comencé a ver por la ventana como el agua cubría de pronto la ciudad y desaparecía a las personas de las calles. Es una sensación extraña, ir dentro del auto tibio mientras la ciudad se moja afuera. Gotean los techos, cierran las puertas, la gente desaparece. Se hace más evidente que la ciudad no es mas que un pozo de lagrimas.

Pero en la esquina y junto a un poste estaba él, parado como si buscara a alguien. Tal vez el también me buscaba. Estaba en la esquina mirando para atrás al lugar donde nos habíamos cruzado y yo pasaba pegada mi nariz a la ventana, vaporizando el vidrio con mi aliento aun tibio. No me vio. Y yo lo seguí mirando hasta que el taxi se perdió entre otros autos. La ultima imagen que tengo del joven desconocido, es su cara pálida y su ropa empapada, buscando con ojos curiosos a una completa extraña, que vestía de beige.

A veces pienso que el motivo para empezar bien ese día, fue él. Como si hubiera sido un encuentro planeado desde mucho antes y que yo falle. El destino te pone trampas y tu decides o no caer en ellas. A lo mejor si no hubiera cogido el taxi, a lo mejor si hubiera caminado más rápido... A lo mejor si no dejaba pasar la oportunidad de que me encuentren. Tal vez fuera una señal. ¿ Por que puede haber algo más extraordinario que ver lluvia a pleno verano? Tal vez solo el que el mundo se oculte para que se hallen dos completos extraños.

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