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"El VIAJE"

Muriel subió al bus con la ropa suelta para viaje, con la almohada pequeña para apoyar el cuello el resto de la noche y con el antifaz oscuro, por si encendían las luces del pasillo durante su sueño. Sería un viaje largo y cansado, aunque no era el primero de ese largo año viajando por el país; si tuviera dinero, me ahorraría 15 horas de viaje con un boleto de avión- pensaba ella con su pesimismo habitual.

Subió última al bus y todos se la quedaron viendo, por su indumentaria rara de polera suelta y pantalones de pijama, la almohada, la botella de agua mineral y el bolso que se desparramó con discos y hojas sueltas por el pasillo, al subir. La terramoza vestida con minifalda y pañuelo al pecho, la ayudó a comodarse en su asiento al lado de un tipo obeso de labios pequeños. La reprendió con una fría amabilidad por su retraso en subir.

El hombre del asiento vecino apenas si la saludó cuando ella se sentó a su lado, entretenido como estaba mirando por la ventana a la gente que se despedía agitando las manos en medio de la noche. Ella también vio por la ventana, pero esta vez no había nadie para despedirla, hacía mucho tiempo que nadie la despedía de los terminales, de los aeropuertos, ni de ningún sitio. Hacia tiempo que ella era también una foránea en su propio país, viajando con la maleta pequeña, llena de ropa ligera que desechaba en cada ciudad visitada.

Se colocó la almohadita en herradura alrededor del cuello, el antifaz y se dispuso a dormir, terminada la cena a bordo. El hombre obeso contestaba llamadas al celular cada 10 min. Con una voz que delataba mas juventud que su corpulento cuerpo. Cuando salieron del área de de la ciudad, dejó de hablar, pero empezó a sonar un pitito molesto de su móvil cada vez que subían una cuesta en donde la señal de teléfono llegaba. Ella se acomodó molesta, al pensar que había llevado todo, excepto los tapones para los oídos y justamente se sentaba al lado del ruidoso del bus.

-¿Podría apagar su celular?- dijo con voz irritada- no me deja dormir ese pitido hace dos horas.
El gordo se encogió de hombros, sin saber porque sonaba el aparato, pero lo apagó solo para que la mujer de al antifaz en la frente no siguiera mirándolo con esa cara de querer asesinarlo.
Terminó la botellita de agua mineral y se quedó dormida de costado escuchando de lejos la película de acción que daban por el TV encendido.
A media noche algo la despertó, eran esas inmensas ganas de orinar, que la habían tenido con sueños eróticos la última media hora. Se alisó el cabello mientras el gordo dormía a su lado y fue al baño del bus en donde la ventanilla abierta la hizo despertar del todo. Seguramente pasaba por algún puerto, el olor a mar lo inundaba todo, ella ya despierta se miró al espejo y vio sus ojos desmaquillados y su cabello totalmente desordenado a causa de la almohada. Se puso rimel en los ojos y labial en los labios carnosos, sin percatarse que a esa hora nadie podría apreciar que se hubiera arreglado. Todos los demás pasajeros dormían en el piso superior del bus, cubiertos por mantas y con alguna medicación para mantenerlos inconscientes el resto de la larga noche que duraría el viaje.

En los últimos asientos la terramoza dormía envuelta en un mantón gris ajena a las necesidades de los pasajeros, con el rostro maquillado igual que un maniquí, bajo un moño impecable. Probablemente estaba programa para despertar solo cuando el bus se volcara- pensó Muriel con ironía.

Ella volvió al asiento y vio al gordo durmiendo a pierna suelta bajo la luz mortecina que alumbraba el pasillo. Solo la mitad de su enorme cara era visible y dejaba ver unos labios delgados que contrastaban con sus mejillas redondas y su cuello rechoncho. Era un gordo bonito- pensó ella mientras se acomodaba en el asiento tratando de no despertarlo. Recordó a su ex novio de mejillas redondas también, bailando con alguna garota en Brasil, mientras ella hacía esos absurdos encargos por todo el país. Suspiró profundo, se imaginó teniendo hijos de su ex novio y que salían con cachetes redondos y labios delgaditos. Totalmente diferente a ella, delgada, con su rostro ovalado y de labios gruesos. Después de todo los niños gorditos siempre son las mas bonitos, se dijo antes de cerrar los ojos.

Pero era imposible dormir, su muslo rozaba el muslo regordete de su compañero de viaje y le provocaba un calor placentero que ella no se atrevía a dejar. Era una tibieza agradable, de dos superficies que se rozan en la inconsciencia del sueño. Su brazo descansaba al lado del brazo del hombre obeso, separados por una baranda pequeña que impedía que toda esa masa de carne se oprimiera contra ella, ante una curva rápida del bus.

Muriel, se puso de costado dando la espalda a su obeso acompañante e intentó dormir una vez mas. No quería tomar las pastillas sedantes, era mejor echar mano a sus ejercicios de respiración y dormiría tranquila, esas drogas la dejaban muy nerviosa al siguiente día. Se acomodó como un feto, cubierta por la manta afranelada y sintió que si se juntaba un poco más, su trasero también tocaría el muslo del gordo que rebalsaba bajo la barandilla del asiento. La calidez de su cuerpo era incitadora, pero ella se apartó con miedo, no podía permitirse esos deslices aunque su acompañante estuviera dopado.

Mientras, su gordo compañero roncaba con la boca abierta y el rostro ladeado, ajeno a las maniobras de Muriel por juntar su cuerpo al suyo. Luego de un buen rato de intentos de sobajeo infructuosos, Muriel se asustó de lo que estaba haciendo. Se acomodó lejos del gordo, envolviéndose con la manta y respirando profundo; pero una curva violenta hizo que su cuerpo se acercara nuevamente al de su compañero.
Bueno, es el destino- se dijo ella mientras acomodaba la superficie de su espalda huesuda junto al brazo del gordo.
El carraspeó ahogándose de pronto, pero Muriel se quedó quieta, casi sin respirar. El gordo volvió a dormir, esta vez girando hasta darle la espalda. Muriel aprovecho ese giro del gordo para quitar la barandilla que los separaba. Ahora si, girada ella también al lado contrario, podrían dormir espalada con espalda y sus nalgas pequeñas podrían sentir de vez en cuando el roce de él, una sensación que la satisfacía en extremo.

Una vez acomodados así, Muriel, volvió a intentar dormir, pero esa maniobra había despertado sus instintos nuevamente, estaba alerta a cualquier movimiento de su acompañante, el roce de su cuerpo contra sus nalgas ya no era suficiente, Muriel deseaba mas que solo eso. Deseaba que el gordo girara y la abrazara por detrás, poner su trasero en el hueco de su cuerpo y dormir así. ¿Que le costaba? Él estaba dormido y ella quería un abrazo, no había nada de malo en eso, después de todo. Pero intentar hacer girar al gordo iba a ser una labor titánica casi imposible, para una persona tan delgada como ella.

Se decidió a dormir nuevamente, pero todo su cuerpo ahora caliente como una brasa de deseos mal controlados, se oponía a ello.
De pronto y sin poder controlarlo comenzó a moverse contra el cuerpo del hombre obeso en movimientos rítmicos, que primero eran suaves y luego se volvieron violentos sin importar que despertara. Ella sentía el roce suave entre sus pechos, despojados del sujetador y la humedad que había brotado de repente entre sus piernas a raíz de ese contacto con la espalda del hombre que dormía. Su mente ahora trabaja a mil, barajando todas las posibilidades para aplastarse contra el sexo del gordo que ocultaba como un tesoro bajo su abdomen abultado, ahora que dormía enrollado sobre si mismo mirando a la ventana. Muriel, empezó a desesperarse, comenzó a hacer extraños ruiditos, a toser, a moverse, a estirar los brazos, pero el gordo no daba muestras de enterarse de la presencia su compañera remolona.
Por un momento Muriel se acercó mas para comprobar si aun respiraba, o estaba teniendo fantasías en un bus al lado de un muerto. El gordo, respiraba en efecto acompasado por ronquidos mas suaves ahora que dormía de costado.
Muriel volvió a acomodarse de espaladas a él con los brazos cruzados, tal vez era mejor así, tal vez solo era una locura a sus 30 años, una fantasía erótica producto de leer tantas revistas raras. Suspiró profundo y se dispuso a dormir por quinta vez durante la noche.

Se enrolló sobre si misma de nuevo, separada a una distancia prudencial del gordo, pero fue en ese momento que este se volvió a atorar con su saliva y se reacomodó en el asiento. Ahora estaba de nuevo todo el lado izquierdo del gordo, incluido su muslo, su brazo, incluso ¡oh felicidad! El dorso de su mano izquierda rozando el cuerpo lejano de Muriel. La mente de ella, volvió a trabajar a mil, se acomodó mas cerca al gordo dopado y bajó hasta que su trasero se acomodó perfectamente contra la mano del gordo, Muriel se moría de placer. Había sido una jugada estupenda sacar esa dura baranda que los separaba, ahora solo había que esperar una curva para que el cuerpo del hombre se amoldara completamente al suyo, ahora sería mas fácil.
El bus comenzó a correr mas rápido y Muriel, notó con tristeza que habían llegado a la “Pampa de los gentiles”, no habría ninguna curva al menos en 40 minutos más, Muriel se puso ansiosa de nuevo, su espalda era una brasa ardiendo contra el perfil de su compañero, que ella esperaba volteara y pudiera comenzar a tocarla sin miramientos.

Pero el dormía nuevamente acompasado por ese ronquido que salía de su garganta regordeta. Muriel volvió a moverse sin control contra él, rítmica, violentamente. Con su manecita entre los muslos. La velocidad del bus aumentaba y ella se movía como si realmente estuviera teniendo sexo con alguien invisible. Se sentía bien, era perfecto, el gordo dopado a sus espaldas y ella teniendo fantasías eróticas con un extraño inconsciente.

En uno de esos movimientos el gordo carraspeó y ¡oh maldición! Despertó. Un baño de vergüenza cubrió la cara de Muriel que ocultó bajó la manta, se separó un poco del gordo, cuando él prendió la luz para leer, pero la cual apagó de inmediato. Muriel temblaba bajo la manta de franela, cuando el gordo volvió a acomodarse, pero esta vez rotado y de perfil hacia ella. Un minuto después el gordo roncaba de nuevo a pierna suelta. Muriel no se atrevía a hacer ningún movimiento, pero pasados algunos minutos, la curiosidad pudo mas y acercó su cuerpo algunos centímetros cerca al de su acompañante. Su vientre era cálido, imposible llegar a donde estaba su pelvis, pero al menos sentía la superficie redonda de su abdomen apretando el arco de su espalda, que ahora ella hacia mas profundo, moviéndose como una gata en celo.

El gordo siguió roncando, probablemente producto del diazepám que tomaban todos los tripulantes en esos largos viajes. Extrañaba el dorso de su mano, se había humedecido mucho mientras percibía el roce de los nudillos redondos del hombre contra su trasero, pero se conformaba. Dentro de 30 minutos llegarían a un lugar repleto de curvas y tal vez el contacto sería mayor. Tal vez podría acomodar su trasero en la pelvis del gordo. Muriel nadaba en un placer contenido, que humedecía ahora sus muslos. De pronto y sin mediar curva alguna, el gordo se acercó mas a ella, puso su cara abotagada contra sus largos cabellos y su mano suave como la de algún oficinista, entró bajo la polera suelta de Muriel, que no podía dar crédito a lo que ocurría.

El ronquido del gordo se había hecho mas profundo, pero contra lo que se pudiera pensar, su mano ascendía ágil en la cintura de Muriel, que se contornaba sin poder evitarlo. Ahora la mano suave recorría con confianza las caderas de Muriel, su cintura delgada, su vientre igual de quemante que la piel del hombre que seguía roncando en su oído, lanzando el aire suave de su deseo junto al oído de Muriel. Era obvio que había estado fingiendo indiferencia con ese ronquido falso, ¿tal vez toda la noche?
La vergüenza hacía temblar a Muriel, pero también el deseo. Un extraño recorriendo su cuerpo árido de caricias, que ahora se movía agitado por las manos del hombre que ascendían hasta atrapar unos pechitos pequeños, de pezones puntudos. Muriel se dejaba tocar sin oponer resistencia, gimiendo de vez en cuando. Sentía el resto de la tripulación roncar en silencio a su alrededor ¿ ellos fingían también? Seguramente roncaban con los ojos abiertos, mientras se tocaban bajo la manta igual que ella, masturbándose a solas como ella.
Muriel, no podía admitir tantas ideas sucias en su cabeza, giró un poco, intentando zafarse de las manos del gordo, pero este la tomó firmemente de las caderas con cierto derecho, Muriel se enfureció ante éste gesto que quería demostrar su dominio, ahora luchaban bajo la manta, Muriel por zafarse y él por retenerla contra su cuerpo.

La lucha excitaba a Muriel y al parecer también al gordo que había dejado de roncar y ahora su ronquido falso era un resuello caliente contra su cuello y su rostro. El gordo era enorme, debía medir casi 1. 90 y el cuerpo de Muriel a pesar de ser atlético parecía el de un frágil pajarillo luchando por escaparse de sus manos. El hombre obeso ganaba con ventaja, pero Muriel no se rendía y seguía moviéndose, ora aplastando su cuerpo contra el corpulento hombre, ora zafándose; en ese juego que ponía mas ardiente su cuerpo y mas húmedo su sexo que al inicio.
El hombre la cogió de los pechos y pellizcando sus pezones logró que Muriel se diera vuelta hasta que sus bocas se juntaron, los labios delgados del gordo rodeaban los carnosos de ella, bebían su saliva fresca y metían su lengua acariciando su paladar en un beso casi robado. Muriel pasó de luchar contra el gordo a abrazarlo con fuerza y necesidad. Urgida de afecto como estaba todos esos meses, las caricias lascivas del gordo se transformaban en un obsequio maravilloso que ella recompensaba con gemiditos ahogados y caricias a su cuello corpulento. El hombre bajó sus manos redondas bajo la manta hasta tocarle el sexo, mojado desde hace mucho rato, la acarició con suavidad al inicio y con fuerza luego, sus dedos gruesos entraban y salían de Muriel; mientras aceptaba con placer, ese beso doloroso que le daba Muriel, mordiendo sus labios delgados rodeados por una barba sin afeitar, hiriendo y resbalando.

El resto de la noche, el hombre corpulento tocó a Muriel sin resistencia. Bajó sus pantalones sueltos y subió su polera holgada, hasta dejarla casi desnuda bajo la manta de franela que daba el bus. Cogiéndola una y otra vez y besándole el pecho bajo la manta. Muriel se dejaba hacer y correspondía las caricias del hombre con besos de labios apasionados, pero con manos torpes. Muriel no lo tocó una sola vez, a pesar que el jalaba su mano de dedos delgados hacia la dureza que se levantaba bajo sus pantalones.

Con los primeros rayos de madrugada el hombre abrió la ventana y ambos pudieron ver las dunas del desierto cambiar de rosadas a lilas mientras aclaraba, el hombre levantó la manta y vio a Muriel recostada mostrando sus pechos y vientre desnudos apoyada de perfil en el asiento del bus, mirándolo con los ojos semi cerrados por la claridad.
- ¿te gustó pequeña?
Muriel asintió con la cabeza, avergonzada. Tenía 30 años, probablemente la misma edad que el gordo, pero se sentía pequeña y frágil después de lo ocurrido.

Cuando el bus llegó a su destino, el hombre obeso la ayudó con su maleta, efectivamente medía casi 1. 90 y ella era solo una pequeña de cabello desordenado a su lado.
- ¿Conoces esta ciudad? Podríamos conocerla juntos, estaré dos días aquí- agregó el gordo con unos ojos pequeños de niño travieso- te gusta la idea? espérame aquí, que voy al baño
Su facies abotagada tenia los rasgos finitos del que aparenta ser bello aun bajo la adiposidad y la barba sin afeitar.
Muriel lo miró dócilmente y asintió con la cabeza, para luego desaparecer entre las cientos personas del Terminal como un pececito que huye de un tiburón que ya conoce sus secretos, capaz de devorarla sin resistencia.
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