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Poniendo el Pecho


Lo peor que me pasó llegada la pubertad no fue la menstruación, fue tener que usar sostén. Eso acabó con la libertad de mi cuerpo, fue el primer símbolo de que yo era una mujercita que debía ocultar su crecimiento.
Las demás niñas hablaban de que usaban "formador" y yo no entendía la palabra, que la relacionaba con algún aparato de ortodoncia. Creía que a mi jamás me pasaría eso; pero un día mis pechos empezaron a crecer y dos botones asomaron tímidos bajo la blusa escolar, sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Quise usar camisetas, frotarlos para que los pezones no estuvieran puntiagudos, pero nada daba resultado; del tamaño de dos chapas de coca cola, mis pechos empujaban por ver la luz. Yo me mantuve terca en no usar nada debajo de la blusa, pero los muy canallas seguían creciendo. Lo peor de todo: Dolían.

Si, recuerdo ese roce doloroso contra la camiseta escolar y mojarme con agua fría en las noches, para que dejaran de doler por el roce contra la ropa. Finalmente tenia que usar esa tortura que se llamaba "sostén formador" y que mis demás amigas lucían con el orgullo de adultas; y es que ya me era molesto correr y que dos masas se movieran ajenas al resto de mi osamenta.

Mi madre me compró el sujetador blanquísimo con tirantes de sesgo, que pretendía amoldarme las mamas en su sitio para el resto de mi crecimiento y que yo no sabía ni como ponérmelo sola. Batallé un par de minutos, pensando si acaso el hecho de no haber jugado PLAYGO de mas chica fuera la causa de que no pudiera armarme con ese lío. Finalmente lo tenía puesto y me sentía mas incómoda que con corsé ortopédico, los tirantes ardían, el broche dolía y toda mi piel se resistía a usar esa especie de arnés para caballos al que yo no le veía gran utilidad.
Juro que intenté un par de semanas, pero no podía. Al menor descuido me ocultaba a rascarme la espalda en el baño como si fuera un perro sarnoso. No entendía porque mis amigas no se quejaban y llevaban esa tortura con la dignidad de alguna virgen que camina rumbo al sacrificio.

Era tanto el tormento de andar con el bendito sujetador que un día me lo quité y lo tiré al fondo del ropero. Me juré no volver a usarlo más, así tuviera que vendarme los pechos para seguir jugando. Las vendas eran mejor que ese sostén horrible. Odiaba esa forma puntiaguda que tenía, como si fuera un molde para dejarme las tetas en forma de cono, que ahora se coronaban con un par de pezones en punta de flecha, que atacaban a todo aquel que se acercara a abrazarme. Me imaginaba llegar a los 15 años con los pechos dignos de algún video de Madonna, puntudos y amenazantes.

Por suerte encontré algo mejor que las vendas, oculto en el cajón de mis hermanas que ya estaban estudiando fuera. Era un "strapple", uno de esos sostenes sin tirantes que se usan para ir a las fiestas, suave y sin costuras; tenía además , unos diseños dorados en la parte superior que lo hacían ver como una especie de bikini. El único problema es que me quedaba grande y que mis pechos ahora, no tenían nada que los sujete y caían con su rostro deprimido apuntando ya no al sol, sino al sur. Pero no me importaba; aun desconocía que uno de los peores traumas para una mujer es sentir sus pechos caídos en la edad adulta.
Así que me dispuse a usar el strapple en vez del formador. Ahora mis amigas durante las piyamadas me envidiaban por usar un brassier de señoritas, que jamás les comprarían sus madres, acostumbradas al típico formador blanco de tela con rosita en el medio diseñado para niñitas buenas.

Pasado el tiempo, yo no veía muchos cambios apreciables y aprendí a usar unos sostenes algo mas suaves que ya no me herían tanto los hombros con sus ridículos tirantes. Digamos, que mi piel se hizo mas resistente al roce, el problema era en verano con la insolación en la espalda y tener que usar ese arnés que te define como mujer. A mi la menstruación me venia irregular a esa edad y no me preocupaba mucho como algo que marcara mi femineidad, pero lo de los pechos !me estaba volviendo loca!

Lo peor vino luego, cuando al promediar los 15 años en las clases de gimnasia al muy original profesor de deporte, se le ocurrió ponernos a trotar frente a la clase de hombres. Ellos trotaban y raneaban, nosotras igual; el problema es que sus miradas se veían diferentes y todos se acomodaban con un tic raro los pantalones holgados de deporte. Por algún motivo todos tenían risitas y algunas de las chicas entre ruborizadas y contentas, también.

Luego entendí el motivo. A todas las chicas los pechos nos rebotaban como globos sueltos bajo la camiseta de deporte, pero a quien mas le rebotaban era a mi. ¡Maldición! Era la primera vez que notaba que mis amigas tenían los pechos como esbozos de limoncitos bajo un adecuado sostén de deporte y los míos bajo mis sostenes sueltos para evitar el roce de los tirantes, ya iban del tamaño de mandarinas con movimiento independiente!
Claro, que no faltó alguna que ayudara a los chicos a burlarse, imitando mis saltos astronautas y a mis pechos desafiando a la gravedad. Yo sudaba sangre, por la rabia y la vergüenza, pero pronto cobraría venganza.

Los chicos también tenían lo suyo; bajo su buzo suelto, ciertas prominencias antes móviles saludaban ahora, dignamente la salida del sol. Los chicos carraspeaban y se acomodaban el buzo, pero cuando tocaba el momento de hacer "planchas" y apoyarse en el piso sobre la fuerza de los brazos, para evitar el roce al piso, cierta parte media de su cuerpo se oponía y sobresalía amenazante desde su pelvis.

Todas las chicas se reían y comparaban a cual de los chicos le rozaba primero al piso, fijándose en "cual carpa estaba mas levantada", aunque ellos intentaran ocultarlo.
Terminada la clase de gimnasia, ya todas teníamos una idea mas clara de las proporciones de cada quien y que eso del tamaño del zapato no es siempre cierto...

Con el pasar del tiempo yo descubrí que la talla de zapato si podía equipararse a la anatomía de la mujer, en este caso, al pecho ideal. Así, mis amigas que tenían pies pequeños y eran algo bajitas, calzaban alrededor de 34 o 36 y esa era también su talla de brassiere. Yo calzaba 36 y en algunos zapatos hasta 38, así que hasta esa talla llegué en el crecimiento de mis pechos.
Debo decir que mi familia se caracterizaba por ser media zapatona y yo me alegré de quedarme en esa talla 38 que no era ni fú ni fá.
Una de mis hermanas ostentaba un maravilloso 40 rumbo al 42, que intentaba ocultar bajo todos los abrigos y overoles posibles. Un día, recuerdo que me dijo: " yo te admiro…realmente no se como puedes caminar mostrando tus pechos en polos pegados sin temor a lo que te diga la gente, yo he tenido que usar siempre holgada, para evitar esas vergüenzas"
Yo me quedé pensando. Aunque no lo pareciera, claro que me importaba evitar esas vergüenzas. Cada vez que caminaba tenia que cuidarme de lo que pudieran decir los zanganos que estuvieran parados esperando el autobús. O en los bailes tener que cuidarme de no sacarme la casaca tan temprano o no saltar mucho con las canciones que quería. Peor en los conciertos! siempre con alguien al lado para que no hubiera ninguna manito queriendo comprobar si eran de verdad o de plástico…o peor ¡que fueran tetas de esponja!

Tenía varias amigas que usaban esos sostenes con relleno de esponja. Se les veia muy atractivas. Como yo odiaba las costuras en la prenda íntima, una vez opté por comprarme uno que parecía ser mas cómodo que los míos. Ya venía con la forma del seno y todo, listo para colocárselo y que no se noten bultos bajo la ropa ( los sostenes de encaje son una joda para usar con blusas delgadas). Eran perfectos! el color, la textura, la uniformidad y la forma…lo único que salía sobrando eran… ¡mis pechos! Joder! Esos sostenes los diseñaban para chicas con pechos diminutos y los míos salían sobrando por todo lado. Por suerte, la glándula mamaria, se amolda y apachurra a lo que sea, incluso a ese nuevo arnés que era esponjoso por dentro y bastante firme por fuera.
Mi novio se burlaba diciendo, que ese sostén parecía el escudo de Xena la Princesa Guerrera. Que estaba bien para mirar de lejos, pues se me veía súper sensual en camiseta…pero cuando se acercaba, parecía que tocaba el pecho de un maniquí. Y claro! Si solo le faltaba hacer toc, toc, en las susodichas bubbies amoldadas por el infame sostén sin costuras!

Un día me enteré que a mi los sostenes me quedaban anchos porque tenía que vigilar el tamaño de la copa. ¿Que carajo era eso? Lo único que entendí fue que la letra A, B o C que seguía a la numeración de la pieza en cuestión se refería al ancho de la espalda y que yo compraba los con B de bestia, que me quedaban anchos y eran para una tía con senos de tamaño de naranjas y espalda de albañil! Que debía usar copa C para senos grandes y espalda delgada y que me debía ajustar mucho para que los pechos quedaran altivos y no me pasara la menopausia enrollando las tetas bajo las blusas.

Me pasé años buscando un brasiere ideal, sin costuras que hieran, sin tirantes que se rompieran cuando bailaba, sin broches difíciles... A veces hallaba el ideal pero se deformaba pronto con el uso o ese modelo pasaba de moda y lo sacaban del mercado. Al final me sentía con los senos horribles y quería ponerme una manta encima. Recuerdo que incluso llegué a querer diseñarme uno, modelo todo terreno: Cómodo, sin costuras, que sostenga el peso de los pechos sin herirme los hombros, que sea de color ( odiaba esos blancos, negros o cremas dignos de tía casada), bonito y sin adornos extras…en fin, que ni pidiéndole al hada mágica, existía el dichoso elemento a la vez confortable y de seducción. Debía comprar uno para cada situación y quedarme con las ganas de querer quemarlo luego.

Finalmente hallé los satinados sin costuras y de breteles anchos que me salvaron de una vejez deshonrosa de pechos mirando al suelo.

A lo largo de mi vida, mis pechos me trajeron mas de una desazón y casi me provocan una joroba, en el intento de caminar agachada y que no se notaran, para no sentir los ojos de la gente mientras caminaba de la pubertad a la edad adulta. Luego me di cuenta, que tal vez fuera lo mas femenino que tenía como mujer y que ya no debía avergonzarme si asomaban bajo la ropa. Que ya no debía ocultar algo que era mío, igual que mi nariz, mis ojos o mi cabello. Sin embargo, aun sigo admirando y envidiando a aquellas que nacieron con pechos pequeños y que ahora lucen pechos perfectos, gracias a su cirujano. Jamás usan sostén y no se preocupan porque se vean caídos, pues la verdad, esas siliconas jamás caen, sea cual sea la posición en que se pongan las mujeres, un día de estos los harán de un material que sobreviva a la bomba atómica y ahí si me imagino los melones de Pamela Anderson, rodando a solas por un planeta despoblado.

El sostén acabó con la libertad de mostrar mi cuerpo libremente, me hizo volver algo tímida y huraña en mis primeros años, aunque en los últimos tiempos la exhibición de estos ha sido mi mejor forma de burlarme de los complejos con los que lidié toda la adolescencia. Ahora entiendo a las chicas que se los quitan en los conciertos para mostrarlos sin culpas e incluso con orgullo, ojala yo pueda hacer lo mismo antes de llegar a los 30 sin que la gente me abuchee por considerar los pechos plásticos y de apriencia perfecta, mejores que las mamas péndulas y naturales, amoldadas a arnés y paciencia.
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