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Lunes a Solas

Esta tarde me he quedado a solas. Y he vuelto a mi placer de escribir así, sin saber nada de nada, a veces quisiera dejarlo, quisiera dejar de escribir, colocar un CHAO y no reaparecer nunca más; pero no puedo, parece que las historias no se acabarán, que cada día se fuera haciendo una nueva y yo necesitara contarlas todas, sacarlas de mí, escribirlas y así, de esta forma tonta, pensar que el día que me vaya no me habré ido del todo, que mis recuerdos se han quedado en otros ojos, en otras mentes y en otros labios, como una extraña forma de trascender, como tener un hijo o plantar un árbol, como dejar algo de mi, oculto en el espacio, un magma incandescente que desea ser descubierto.

Recuerdo cuando él me decía que yo era como un libro abierto que jamás se cansaba de leer, siempre con algo interesante para decirle, que podía leerme toda la vida y sentirse igual de complacido conmigo. Y yo sonreía feliz, sin nubes en los ojos.
Debí haberme dado cuenta que él dejaba sus libros interesantes olvidados en los aeropuertos, que maltrataba las hojas doblándolas, que arrugaba las cubiertas, que dejaba a los libros heridos de muerte, después de haberlos terminado.

Creo que solo me di cuenta luego, en esos tiempos en que yo le preguntaba con el corazón en la boca, que era realmente lo que quería de nuestra relación, que debía esperar de él; y él me respondía con un “no sé” “no estoy seguro” “no deseo causarte dolor, pero no se lo que siento y eso es lo único que puedo darte” esas frases tan suyas que me pegaban tan fuerte y eran tiempos catastróficos, porque era la primera vez que yo oía esas frases de inseguridad en un hombre que pensé me amaba. Era la primera vez que alguien me contestaba tan ambiguamente y yo; yo que soy de esas personas que necesitan tierra firme, para poder echar a correr y luego alzar vuelo, me sentía morir, no comprendía. No quería comprender. Porque yo quería darle el mundo, pero él no tenía las manos abiertas para recibirlo.

En fin, ahora son solo recuerdos que ya no duelen.

Hace algunos días que solo escribo cuentos, son historias largas de 5 o 6 páginas, que solo reservo para los amigos; siento como si enviara chocolates por correo; no sé , es mi forma de sentir, yo no tengo mucho para dar, solo mis historias. Pero ahora sé, que son historias que pocos leen, son chocolates que la gente tira por la ventana, son regalos que nadie acepta.
Y yo; yo me quedo con mis cuentos, con mis relatos en bocetos, con esos envíos que nadie abre y me vuelvo a sentir como con él; en esos tiempos en que le enviaba cartas que jamás leyó, porque supuso que le reprocharía algo y yo en cambio, solo me estaba confesando, solo estaba contándole, que la parte mas dolorosa de la relación no fue que él no quisiera recibir mi cariño, sino el momento en que yo me negué a dárselo, por orgullo, por querer poner una fase dura que no me la creía ni yo.
La parte más difícil, fue dejar de decir “te quiero”, dejar de decir “me haces falta”, dejar de escribirle “ aun tengo fe en que volvamos a ser lo del inicio”; porque yo necesitaba decirlo, pero no podía, tenía que fingir indiferencia, ante el dolor que él me causaba y sonreír por lo que él estaba logrando, porque solo para eso me hablaba, para hablar ahora de `el y no de un “nosotros”, para hablar de un presente muy suyo que yo imaginé como nuestro y entonces, desearle felicidad con otra persona, como si yo fuera una amiga que se conforma con ese papel tan triste.

Una amiga, caray! Como si esa palabra existiera entre dos personas que se quisieron tanto.

Me he acostumbrado a escribir con este ruido, con toda esta gente entrando y saliendo, con la música alta, escribir un cuento y charlar con alguien a la vez, para no desesperarme si me escriben lento o evitar quedarme con los ojos fijos en el monitor sin saber que frase continúa en la historia. Me he acostumbrado a todo; lo difícil, lo casi imposible, es tener a tu familia enfrente, gritando sin entender porque escribo, gritando y criticando mi manera de sobrevivir a ellos.
Lo realmente imposible, es hacerlos entender que prefiero terminar de escribir un relato que ir a comer aunque me esté muriendo de hambre, que prefiero no tener que salir con ellos si ya inicié algo que deseo enviar. Eso es lo difícil, son reproches a los que no me acostumbro. Y ahora que miro a la gente a la que envié mis historias, como a él, y no quisieron recibirlas; me pregunto si valió la pena pelearme con tanta gente por llegar al final de 5 páginas. Si valió la pena todo el camino andado con él. Si vale la pena poner la primera letra y la final a una historia que se vislumbraba corta.

Y muy a pesar mío, me respondo que sí.

Ha valido la pena todo el camino de aprendizaje doloroso, porque ahora se cuando detenerme, cuando voltear la espalda y no mirar atrás, cuando decir “ Es suficiente”; como en esa película británica, en que el tipo después de haber hecho hasta lo imposible por la mujer que ama, va a su casa se para en la puerta y con el marido de ella adentro, le confiesa en carteles pintados todo ese amor que ha ocultado por saberlo imposible. Y ella claro, mujer al fin, solo sonríe y lo recompensa con un beso en la boca, porque no se pueden cambiar las historias con finales felices aunque el público espere eso. Y él se marcha “ it´s enough” dice mientras corre por la calle vacía el día de Noche buena y yo derramo lágrimas mal cuajadas al volver a ver esa escena, me impacta siempre ¿quien sabe? A lo mejor estaba sensible. A lo mejor esas historias me tocan, porque yo he sentido esa fuerza de ir hasta el final, como hacemos los jóvenes; esa fuerza de quemar hasta el último cartucho y luego pararse en la calle vacía y decir “es suficiente”.

Y esta tarde en que me he quedado sola, puedo agradecer todo ese dolor que me fue dado en un tiempo en que no sabía como manejarlo. Debo agradecer esa falta de amor, ese rechazo a mi historia; debo agradecer todo lo vivido, porque fue la única manera de enseñarme que no volvería a pasar. Nunca más. Tengo tanto por equivocarme, que sería insulso repetir los mismos errores. Caminar los senderos ya andados, ofrecer lo que no puede ser recibido y entonces digo “si, es suficiente”, porque soy un libro abierto que pocas se atreven a leer hasta el final, creo que preferiría ser una pintura abstracta, al menos así de 100 personas mirando el mismo cuadro, una de ellas entendería el concepto y no tendría peros en llevarme a casa.
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