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"UN BÚFALO LLAMADO AMOR"



Coralí despertó con el presentimiento de que ese martes 13 sucedería algo bueno. Que ese día ocurriría algo sorprendente, lo había soñado. Pisó con el pie izquierdo, bajó corriendo las escaleras de madera y le avisó a su madre que ese martes algo grande sucedería.

Su madre como siempre no la oyó, pero Coralí siguió cantando el resto de la mañana, esperando una señal de que su presentimiento nocturno se haría realidad ese Martes.

Durante meses Coralí había estado triste, yendo de la cama a la mesa y de la mesa a la hamaca del jardín para leer libros de Coetzee y llorar para adentro con esos recuerdos de Infancia. Coralí hace meses que no salía al mundo exterior, subía a lo alto de la azotea y suspiraba al ver el mar como una línea azul que rodeaba la isla donde vivía con su madre, alejada del país y de la civilidad que ahora detestaba. Coralí vivía pues, nadando en nostalgia.

Pero esa mañana el café tuvo mejor sabor que siempre, las galletas de avena sin azúcar acariciaron su paladar sin pegarse detrás de los dientes como todas las mañanas y Coralí se llevó las manos detrás de la nuca esperando ese suceso grande que confirmaría de una vez y para siempre, su poder pitoniso ante su incrédula madre.

Coralí salió silbando al jardín, se tropezó con el gato negro de la vecina sin dar un grito ante su maullido de fiera doméstica; y mientras sacaba las flores moradas de las masetas pasó bajo la escalera de maderas apolilladas que daba al techo, sin percatarse de que acababa de romper en media hora, todas las cábalas para apartar la mala suerte que tenía su madre.

El resto de la mañana Coralí se la pasó en el techo junto al parrón de ramas torcidas y racimos rosados, esperando ver algo en el horizonte; la llegada de un navío, los signos de una tormenta, algún eclipse no anunciado por los canales de televisión, una ballena gigante que hubiera equivocado su rumbo…algo sorprendente…pero nada.

Coralí bajó las escaleras con la cabeza baja sin rendirse aun, en su búsqueda de señales para el esperado gran suceso de ese Martes 13. Su madre cocinaba junto al fogón de llamas coloradas sin hacer mayor caso de las predicciones de su hija, mientras Coralí se apoyaba meditabunda en el muro grasoso de la cocina, sin atreverse a ayudar en nada , como el resto de mañanas desde que había vuelto a la isla.

- Anda Coralí, ve y lávate esa cara de sueño, has estado toda la mañana en el techo y ya te has puesto del color de una manzana.

Coralí hizo un mohín de aburrimiento y obedeció a su madre volviendo al patio trasero, donde las hojas secas bailaban con el viento, ajenas a cualquier acontecimiento inesperado. Se había cansado de insistirle a su madre sobre el gran suceso que se daría ese día, pues lo había presentido en sueños de madrugada; así que ahora esperaba silente para poder impresionarla y convencerla con los hechos.

Comenzó a lavar su rostro insolado por el calor del trópico, con el agua que salía chisporroteando del caño enclenque. Al mirarse en el espejo sin marco, se sintió ajena a esa imagen inmóvil; como todas las veces antes, sintió que ya no era ella la que habitaba bajo ese cuerpo de ojos cansados y piel del color de durazno, en el que vivía hace años de prestado. Ella se imaginaba con los ojos marrones y los cabellos cayendo en rizos desordenados, con las mejillas levantadas y el mentón pequeño; pero su imagen en el espejo era otra. Así que como ya no aguantaba ese disgusto de mirarse al espejo y ver a una desconocida que no le agradaba, mirándola con ojos color caramelo; lo cogió de la pared y lo tiró al suelo rompiéndolo en mil pedazos.
Su madre salio al zaguán de la cocina limpiándose las manos en el delantal, sin admirarse. Desde que Coralí había vuelto a casa, ya no le admiraba que rompiera los espejos, las copas y las cacerolas en donde paseaba su reflejo de niña triste, sintiéndose fea por su piel de durazno y sus grandes ojos alargados.

- Limpia bien todo, Coralí!- le gritó su madre volviendo a la cocina a picar la zanahoria para el aderezo. Nada proveniente de su hija podía ya sorprenderla.

Coralí limpió el desastre que había dejado junto al lavadero del patio, cubierto ahora por espejos diminutos que reflejaban un cielo demasiado azul para su gusto, tan azul que era imposible pensar en una tormenta o algún otro fenómeno atmosférico con categoría de “sorprendente” que pudiera romper la calma de la pequeña isla. Avizoró el clima por décima vez ese día y se dio cuenta que el sol seguía brillante en medio del cielo celeste, sin hacer el menor caso a su premonición onírica.

Coralí se metió al comedor donde se respiraba aún la frescura de la tarde y encendió la televisión para ver que decían las noticias sobre algún desastre inminente; las probabilidades de algún terremoto en Asia Menor, si los americanos atacarían esa mañana algún pueblo inocente, si un OVNI había sido visto; pero nada. Terminaba el día y nada realmente sorprendente pasaba en el mundo. Incluso las manifestaciones estudiantiles habían cesado en el país y era el primer día que no atrapaban a nadie por llevar droga escondida en el bolso o en el estómago.

Hacia las nueve de la noche Coralí estaba descorazonada. Fue al jardín en donde una preciosa luna llena hacia ver fantasmales incluso a los lirios mas inocentes y se atrevió a cruzar el umbral de la puerta trasera. Hace meses que no salía de casa por temor a encontarrse con alguien que la reconociera...o aun peor que no pudiera reconocerla. Pero a esa hora todos debían estar viendo la novela de moda igual que su madre y nadie podría verla pasear por las callecitas vacías, con su vestido rosa y los pies pequeños dentro de las sandalias desgastadas.

Desde que Coralí volvió a la isla, no se había dejado ver por nadie, nadie para preguntarle ¿que pasó con su profesión? ¿Que pasó con su futuro que prometía ser brillante allá en la civilización? No, Coralí, ya no hablaba con nadie y si los vecinos murmuraban que ella tenia una enfermedad incurable y era esa la razón por la que había vuelto a la isla, eso la tenia sin cuidado. Su madre era callada y la brisa del mar sanaba, si tenia que ocultarse en un lugar para sentirse serena nuevamente, era en esa isla de cañas de azúcar y viento fresco agitando las flores, en donde nada podría volver a trastornarla.

Coralí salió caminando por la calles vacías de la isla, viendo las luces encendidas tras las cortinas cerradas y suspiró tranquila de que nadie del pueblo estuviera fuera para cruzarse con ella, caminó hasta la playa llena de guijarros blancos y lanzó uno a uno al mar pidiendo deseos que eran para otros. Al tirar el último guijarro que tenia a mano, un chapoteo inusual la sacó de sus ensoñaciones.
Tras suyo y con la ropa blanca mojada hasta las rodillas, un hombre corría por la orilla de la playa con los zapatos en la mano. La noche cubría en su bóveda brillante toda la playa vacía.

Coralí se quedó inmóvil, al ver al hombre de largos cabellos y barba crecida, que venía corriendo hacia ella, como para embestirla; pero Coralí no podía apartarse, pues no definía si la imagen que veía era uno mas de sus sueños despierta o realmente era un marino que salía del mar para embestirla con la fuerza de un un búfalo suelto; el hombre pasó por su lado rozando apenas con su mirada la presencia florida de Coralí a la orilla del mar en calma.
Coralí abrió los ojos enormes al ver al hombre vestido de blanco corriendo descalzo por la orilla iluminada de la isla, pasar junto a ella. Pero el hombre apenas si la vio, miles de estrellas presenciaron el susto de Coralí inmóvil con las olas lamiendole los pies. Solo los ojos de aquel hombre, grises como piedras bien pulidas se quedaron en la mente de Coralí y la acompañaron todo el camino de retorno a casa.

Cuando su madre la vio llegar de vuelta, pálida y con las pies llenos de arena, le tocó el rostro y las manos asustada; era la primera vez que su hija salía de casa, desde que retornara a la isla hacía seis meses.

- ¿Qué pasa Coralí, qué te ocurre?

Coralí balbuceó algunas palabras de cómo había caminado a solas hasta la playa, asegurándose que la orilla estaba desierta y había visto un hombre vestido de blanco salir del mar.

- Pero ¿te ha hecho algo, Coralí? ¿Te dijo algo ese hombre?

- No, no dijo nada , mamá…solo salió del agua y me miró…

Su madre se quedó mirándola sin entender la expresión estúpida de su hija.

- ¿Eso nada mas? ¿Pero que sientes , te sientes bien Coralí? ¿ te duele algo?

- No…solo siento como…como si un búfalo me hubiera golpeado en el pecho

Su madre abrió los ojos bien grandes, dio un paso hacia atrás y ante la sorpresa de Coralí se echó a reír tomándose del abdomen.

Coralí volvió en si y le reclamó molesta que le pasaba, si acaso se había vuelto loca. Su madre no acostumbraba reír a carcajadas ni viendo el “Chavo del ocho”

- No Coralí, solo me dan risa tus presentimientos- y seguía riéndose- ¿No te das cuenta, hija? Ese gran acontecimiento que esperaste todo el día acaba de suceder- y siguió riéndose con esa carcajada de pavo que tenía su madre.

- ¿Qué, te refieres a ese hombre? ¿ Crees que sea algún terrorista? ¿Algún guerrillero?

- No, Coralí ¡Por Dios! ¿qué cosas se te ocurren? Me rio por ese búfalo que dices que te golpeó en el pecho… Hija, ese Búfalo se llama amor y te acaba de sorprender hoy, vaya que se cumplió tu profecía de asuntos sobrenaturales...- y se continuó riendo sentada en el sillón de mimbre del comedor, mientras las mejillas de Coralí se incendiaban como un durazno puesto al fuego.
****(Para los nacidos en el año del Búfalo y para los que viven cerca al mar)
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