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Días de bestiario

Junio, seis


Se podría pensar que estoy enamorada por lo que escribo y escribiré. Pensar que jamás he estado tan frágil, tan cercana a ese sentimiento, pero creo que también se equivocarían. Porque si escribo del polen en el rostro, de las abejas en los árboles, de cielos color de rosa, no es que el amor ande tocándome el seso, es solamente que volví a ser tierna.

Es que luego de dos años de andar queriendo crecer y endureciendo la piel para parecer madura ante el espejo y no sentir lástima de mi misma por mirarme como una pobre niña indefensa, me decidí a sentir de nuevo y a creer que mi corazón puede pedir ayuda, que aun no está todo perdido.

No es que ande enamorada, o tal vez si…no lo sé. Pero hoy amanecí sin ganas de empujar los recuerdos al fondo de mi baúl mental, para que no duelan tanto. Amanecí sin ganas de ponerle el velo usual a las cosas y hacer parecer que nada me duele, cuando es al revés, cuando vengo sintiendo y procesándolo todo, para que no quede etiquetado en la memoria como un fracaso, como una frustración sino solo como un recuerdo. Un maldito recuerdo.

Y claro, he de confesar que hace dos años que extraño que me abracen…no las usuales palmaditas, no el abrazo apasionado, no el abrazo de amigos…solo que me abracen y me acojan y me hagan sentir que no sirve de nada seguir corriendo, si ya no tengo ninguna parte en donde ocultarme, cuando los monstruos habitan dentro mío y no tengo aun el valor de sacarlos al sol y desaparecer sus sombras para siempre.

Y también confesar que estos dos años necesite de alguien junto a mí, para que se pusiera de mi lado contra el mundo. Que no me agradó estar sola, ni crecer a la fuerza. Que hubiera preferido alguien a quien contarle que me pasaba a diario esos días de infierno y que ese alguien me abrazara y no me reclamara o me dijera que así es la vida y que esas cosas me hacen fuerte. Que después de eso dos años, se me acabó la vocación de ayudar y poner la otra mejilla, que a veces hubiera querido ser yo también la mala del cuento y no la que recibe los golpes. Que me cansé de hacerme la fuerte, si en el fondo solo quería un abrazo.

Y hoy amanecí así, con esta fragilidad que me hace vana. Que quise llorar y no pude y recordé esos inviernos en otra parte, mirando por la ventana una extensa llanura lunar, donde antes hubo un océano de estrellas ganchudas y al intentar llorar tampoco pude hacerlo. Porque tantas veces me sequé los ojos con los sellos de cera de esas cartas no enviadas. Y ahora que al fin puedo hacerlo, llorando a gritos si es preciso ya no me dan los ojos, ni la nostalgia…porque tal vez no haya nada que recordar. Ni nada por lo que andar sufriendo.

Hoy amanecí frágil, mas que siempre…y descubrí que el volver a sentir también duele un poco, pero acaso valga la pena el pedir ayuda, el tener paciencia y el volver a ser tierna. Acaso valga la pena ilusionarse un poco y atreverse a contar esas cosas que permanecen en tinieblas y que nos hacen daño el seguir ocultando. Acaso valga la pena reconocer que no me agrada estar sola y que de vez en cuando yo también necesito dar cariño y recibirlo. Acaso valga la pena la fragilidad si sabes que tu abrazo será devuelto.
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