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4. En la Ciudad de la Furia


Por esa ciudad que se tiñe de rosa al atardecer, dos personas van caminando. Ella, es una joven risueña de falda a líneas oblicuas blanquinegras y el descaro de una blusa roja que muestra el inicio de unos pechos, que retan al mundo a volverla a mirar. Camina despreocupada y feliz por la ciudad de la furia, repentinamente protegida por una suerte que siempre le es adversa.
Una gorra negra le cubre el rostro pequeño de gruesos anteojos. Nadie le ha visto nunca el rostro, podría ser el de cualquiera, bonito o feo, no importa. Ella camina risueña sobre sus sandalias tan hondas, cargando bolsas pesadas y entonces el mundo parece abrirse para ella como un fruto maduro que debe comerse pronto.

Él en cambio, es un joven algo triste. Su rostro por momentos es inexpresivo y camina al lado de ella encorvado por el peso de una gran mochila de la que cuelgan zapatos demasiado grandes. Su figura alta, pasa entre la gente intentando protegerla de los tipos malos, siempre un paso antes que tropiece, siempre allí para ella.
Su mirada es larga y se pierde, en los tallos azules y los pétalos rojos que adornan las calles silentes. Su mirada se pierde en esa ciudad de aromas de jardín prohibido y vuelven sus ojos oscuros a su joven acompañante cogiéndola en el aire, sosteniéndola aún a metros de distancia, cuando ella juega a escapársele y a volver a desaparecer.

Y ella lo ve mirarla a lo lejos y ya no se puede ir. Un día mas piensa, cuando a la distancia Mariano la mira sin pestañear en medio del río de gente que camina despreocupada sin saber quienes son. Entonces vuelve a él y lo abraza y parece que ése corto tiempo separados, fuera una herida que solo ella tiene la capacidad de sanar. Que solo un día más pudiera hacer la diferencia entre el dolor o su ausencia.

Ambos caminan de la mano, ella habla con prisa, él sonríe de a pocos. Las avenidas asfaltadas se abren entonces como arterias sangrantes de una ciudad que agoniza. Ellos caminan sin preocuparse de nada, los pies ampollados, la espalda arqueada. Descansan en las esquinas, en los bancos de los parques. Toman helado y cantan. Si, ella ahora canta.

Han pasado meses sin que ella pudiera volver a cantar públicamente, su vocecita sale aguda como la de una niña pequeña y en el parque iluminado por las luces del atardecer que no termina, los tordos y las demás aves vuelan asustadas, por esa voz que rompe el silencio. Él entonces sonríe. Si, sonríe. Porque a veces Mariano sonríe y sus dientes blancos lo iluminan todo. Hace una mueca graciosa y luego la besa. Su beso es largo y sin pausas, despreocupado del público, de la gente, del bullicio. Ese beso se puede dar ante un semáforo en rojo o ante un semáforo en verde. Ella ya no sabe. Cuando él la besa, las luces de la ciudad se encienden y ella ya no piensa en volver a casa.

Los álamos del parque estiran entonces sus ramas hasta tocar el cielo, el viento sopla arriba en sus copas primaverales. Mientras abajo ellos toman la siesta, abrazados a pesar del calor, jugando con la yema de los dedos. Jugando a sentir. A adivinar el futuro en la palma de sus manos. Quedan días largos, noches frías, madrugadas en ninguna parte. Ella podría irse en cualquier momento, en este minuto si fuera preciso. Pero no se va, no se irá y él lo sabe.

La ciudad sangra su pena vacía, pero ellos la ignoran. Mientras estén juntos todo estará bien.
Caminan sin necesidad y corren sin ser perseguidos. Llega la noche y él dispara sobre ella una a una, fotografías que nadie verá. En la mitad del bosque oscuro se quedan parados y ella se desnuda, con la gracia y timidez de un infante. Los flashes iluminan la noche, sus hombros, su espalda. Ella se desnuda para él olvidando que la ciudad puede descubrirlos. Y entre risas de niños tontos, se quitan la ropa. Es el turno de él y ella no tiene compasión. Fotografía cada rincón de su cuerpo, intentando que la luz de los flashes ilumine una poca de su alma.

La noche cae y el bosque se queda vacío de la gente que trota sudorosa por los senderos de hojas secas. Ambos se quedan solos sin hacer ruido, ni hacerse el amor, abrazados en una promesa de amor que no durará más allá de una noche. De un amanecer en ninguna parte.

Solo una noche más, piensa ella cuando amanece. Pero para Mariano el mundo es una noche eterna en la que solo los más listos se mantienen despiertos.
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