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Una Noche como Ebria

Cuando me ofrecen alcohol yo suelo decir que no bebo y es cierto. No me agrada el sabor de las bebidas alcohólicas y tampoco esa sensación de estar fuera de tu cuerpo y no tener control de nada.

Creo que esa es la principal razón por la que no bebo: Llegar a perder el control.

La gente suele ponerse alegre y mucho más cariñosa o asequible cuando está bajo el efecto alcohólico, yo no lo necesito. En las fiestas solía estar fuera de mis cabales sin beber un solo trago. Tráiganme agua, decía, solo necesito agua y bailar. Supongo que por eso se corrió la voz de que me gustaban las drogas. Ja! No aceptaba un sorbo de licor porque temía que el alcohol en mis venas fuera el detonante de cosas que luego no podría controlar.

Para cuando llegué a la Tierra del Olvido tuve que “aprender a beber”. En una ciudad donde todos bebían pisco como si fuera agua del caño, yo aprendí que beber cerveza es un juego de niños comparado al estado de embriaguez que puede provocar una buena reunión con pisco. Por supuesto, yo era “la Doctorita” así que en las reuniones y festividades era la encargada de probar todas las variedades de pisco que se les ocurriera. A los demás no les hacía ni cosquillas, pero yo sentía que la cara se me encendía y los labios se me adormecían, mientras cualquier imagen a mi alrededor tomaba un tono borroso y vibrátil. Las siguientes veces ya fue más fácil, era divertido ver a mis compañeros alegres y ebrios hablando estupidez y media, mientras yo no me cansaba de bailar.
Si con la sangre libre de alcohol yo puedo estar bailando casi toda la noche, era de esperar que con un poco de radicales OH en mi sangre bailara como si fuera la última noche de mi vida. No podía entender porque mis amigas comenzaban a reírse como si hubiera gas hilarante en el salón o porque no podían hallar sus llaves estando a solo 20 cm. de sus ojos. Hasta que me ocurrió.

Fue una noche después de una festividad del centro médico en que al bajar del auto, caminar me resultó la cosa mas difícil de la tierra.
Era la primera vez en mi vida que me sentía ebria, llegué a mi cama, me quité toda la ropa, todo comenzó a girar alrededor y un deseo incontrolable se apoderó de mí.
Tenía que llamarlo. Quien sabe como marqué todos los códigos y el número telefónico de Claudio, pero lo llamé y le dije todo lo que no le había podido decir en mis orgullosos 5 sentidos, empezando porque lo amaba más que a nadie y terminando por decirle que era un cabrón que no merecía ese amor. Todo eso entre lágrimas, moco y baba que hacían de esa, la escena más patética que pudiera registrar en mi memoria.

Después de aquella vez, solo bebía como todos “solo para alegrarme” y que no me tuvieran que preguntar a que secta pertenecía por no beber alcohol y en cambio solo agua. Pero el sábado me sentía especialmente dispuesta para perder el sentido. Por primera vez en mi vida saldría a un bar con mi hermana y su grupo de amigos y no tenía que estar temiendo que algún idiota “pensara mal” o quisiera besarme a la primera que bajara la guardia.

Lo primero era elegir la ropa.
Me di cuenta que en estos dos años había acumulado una cantidad de ropa porno increíble.

Que había comprado ropa a la que jamás le quité las etiquetas, pensando que solo la usaría en privado o cuando bajara de peso y ahora me quedaba demasiado corta, demasiado pequeña, demasiado apretada…en resumen demasiado hot, como para regresar temprano a casa. Con esa ropa podía perfectamente pasar por una “Desesperate Blog Wife”, solo me faltaba el cartelito de “se busca hombre con urgencia para noche única y tormentosa”.

Finalmente me decidí por el clásico blue jean con cinturón a prueba de violadores y las botas puntudas pro castración traumática. Entramos al bar y empezó la noche. A la primera rueda de cerveza la gente se puso alegre y las insinuaciones pasaron de ser sólo cómicas a volverse serias. Primer mandamiento de vida fraternal: Jamás le aceptarás coqueteos a los amigos de tu hermana (especialmente si tienen esa cara de violadores).
Por eso me alejé de allí y saqué a bailar a un tipo que se puso nervioso, cuando le pregunté si estaba solo.

Cuando una mujer toma la iniciativa pueden pasar dos cosas: o se piensan que son tan tremendamente guapos que creen que estás insinuándoles pasar una noche juntos, o se cohíben, enmudecen y se quedan más tiesos que perro en camión sin barandas.
Al tipo le ocurrió lo segundo, por suerte se comenzó a descongelar minutos después y de duro solo le quedaron ciertas regiones de su cuerpo, en las que ahora prefiero no pensar.

Para cuando volví a la mesa todos estaban mas que entonados, mas cerveza, mas vodka, mas todo y 20 minutos después yo ya estaba a la par de ellos bailando con un tipo de lentes que me decía que le cansaba la música electrónica y que prefería la salsa. Definitivamente esa noche no pondrían salsa, pero desde mis oídos taponados por el exceso de alcohol y música estridente, pude oír como algo parecido al reggaeton sonaba, en un idioma desconocido que después reconocí como spanglish rappero que terminaba en un masticado
"shakira, shakira".

Cada vez que volvía a la mesa hallaba más gente, más tragos, más cigarrillos, más sonrisas que se volvían carcajadas. Y yo sintiendo que mi cara se adormecía, que no era necesario quitarme los lentes para ver todos los rostros en un ambiente surrealista bárbaro, que de pronto quería bailar y bailar hasta que reviente aquel lugar. Y todos creyendo que estaba sana, sanísima, porque seguía bailando…

hasta que a eso de las 4 a.m., pusieron salsa y ahí se hizo evidente que no lo estaba.

Claro, yo sentía que si hacía una vuelta demasiado rápida resbalaría desde mis altas botas. Que si el tipo se movía a la derecha yo de pronto me movería a la izquierda, que estaba perdiendo el control de mis pies, que en cualquier momento podría pasar del buen baile al completo ridículo. De pronto el tipo me dijo sonriendo que “se notaba que me gustaba llevar”. ¿Lo estaba haciendo? Fuck! Claro yo había estado guiando todos los pasos y volteretas que parece que el tipo ni conocía. Había empezado a perder el control y ¡claro! Lógicamente me había hecho cargo del baile yo sola.

Para las 5 a.m. Perdí la cronología de los hechos, comencé a hablar en inglés con un tipo que me pedía a gritos que le hablara en español. A bailar con un tipo de Mar del Plata que se reía como estúpido. A recibir los cigarrillos de una tía lesbiana que no era mi tipo de mujer ideal, pero que al menos era chistosa. Y a subir al escenario que afortunadamente no era tan alto, con un grupo de dementes que bailaban Trans como alucinados, moviendo unas pulseras brillantes.

Por suerte estaba con mi hermana, que era la más conciente de todos.
Que hizo que nos dejaran al último para que las otras chicas lleguen sanas y
salvas a sus casas, que mantuvo la cordura en todo momento y jamás se rió demás, ni hizo bailes ridículos, ni hizo caer la jarra de vodka al piso, ni estuvo
hablando en la jerga del exorcista con los tipos del bar.
No ella no hizo nada de lo que yo hice y estuvo cuidando todo el tiempo de mí, hasta que llegamos al edificio y siguió caminandndo muy digna dejando que me desparramara en el jardín porque yo ya no podía caminar derecha, que me vio en el espectáculo calamitoso de caminar apoyada a todos los autos del estacionamiento haciendo sonar las alarmas, muerta de risa.
Tan digna ella, que después de 20 min. Seguía intentando encajar la llave en la puerta sin pedirle ayuda a su hermana menor que estaba tan ebria que no podía sostenerse sobre los tacos, pero que avanzó lentamente y con la cara más seria que tenía, se acercó a decirle:

-Hermanita, creo que nos hemos equivocado de
departamento.
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