Preámbulo

Ella sintió el polen primaveral cosquilleando en su nariz, como la caricia de un duende. De pronto estaba sola en un café del centro de la ciudad. Ellos la habían dejado sola y apenas si pudo articular palabra para despedirse. Con la frente en alto y la dignidad humillada trató de recordar el camino mas corto al metro, por si tenía que escapar de allí llegada la noche.

Pero eso ahora no importaba mucho, lo único que sentía era ese polen de finales de Septiembre impregnando las lagrimitas que no llegaban a salir y se le cuajaban en el par de ojos negros que ya no miraban a la ciudad ni a la gente que caminaba rápido, ni al mozo sonriente que la trataba de dama en vez de señorita, ni a la sombra de ambos alejándose por uno de los pasajes aledaños, sin voltear a mirar si lloraba o no. Simplemente alejándose en la pantomima de creerla mujer adulta. Ese par de ojos ya no miraban nada mas que el gris de los edificios ante ella, repasando cada grieta como si con eso pudiera recapitular su propia vida.

Saboreó por última vez el café helado con crema de vainilla y la galletita de coco en el platillo blanco y se levantó sin dejar propina al mozo sonriente. Simplemente se alejó de allí, intentando adivinar como la maldecía el mozo, como la maldecía el mundo por dejar de hacer las cosas que son educadamente impuestas sin motivo aparente.

Sobre los botines de cuero marrón equilibraba apenas sus pasos hacia ningún lado con la mirada fija en un punto invisible que la hacía contener los lagrimones de rabia. De esta forma muchas veces ensayada, era imposible dejar caer una gota de melancolía que le estropeara el maquillaje o le empañara los lentes. A decir verdad, no había motivo para llorar. Lo que sentía en la garganta solo era la rabia y la impotencia de cargar con esa jaula que significaba ser la hermana menor, la chica aplicada, la niña buena, a donde quiera que fuera. Como si ella no fuera capaz de hacer lo que se le diera la gana. Como si aun a millas de casa tuviera que conservar esa falsa compostura de las niñas educadas y por tanto tener que ser humillada con bromas de ese calibre, sobre su debilidad de carácter, sobre su condición de mujercita chica que necesita siempre de un hombre.

Hace mucho que se había dado cuenta que el dejar que la protejan a una, es ponerse llave a esa celda terrible que es vivir como mujer común y corriente, siempre con una amiga para ir al baño, con un hombre al lado para ir a lugares peligrosos, con alguien como compañero de viaje…Siempre alguien al lado, porque era mujer y eso la volvía una inválida ante la sociedad civilizada. Alguien imposibilitada de hacer lo que le venga en gana sin rozar con la imagen de ordinaria que tenían las mujeres que andaban por la vida no solas, sino solitarias. ¿Por qué no la sentían capaz de hacer esas cosas? ¿Es que tenia que pasarse el resto de la vida develando sus secretos a otros? ¿Diciéndoles que hace mucho había dejado de ser niña buena, que hace mucho que tomaba autobuses, trenes y aviones sola, que hace mucho no tenia amigas ni a nadie para acompañarla a ninguna parte?

No. No le diría a nadie la verdad de lo que ocurrió en los últimos 3 años. Como había crecido, como a pesar de lo que su apariencia dijera, ella había crecido como un centenar de mujeres por dentro. Que se había cambiado tantas veces el nombre que ya ni recordaba el suyo. Que había estado en tantos lugares y hablado con tanta gente, que hacía tiempo ya no necesitaba de la manito de mamá para salir al lugar que quisiese. Ellos habían insinuado eso, en una frase que sonó a mofa y a la que ella no le pudo exprimir un poquito de sentido del humor, para sonreír diplomáticamente como siempre lo hacía. Esta vez había perdido la buena postura, había asumido el ceño duro, de los que esperan mandar a la mierda a la próxima palabra mal dicha. Se había quedado en la mesa y sin saber que haría luego, les había comunicado que no volvería esa tarde a casa, pues quería caminar…Caminar por la ciudad.

¡Si, claro! Como si eso fuera fácil de hacer. Ahora le dolían los pies sobre los zapatos altos, ahora le incomodaba la falda, ahora le molestaban las miradas sobre su escote. De pronto sintió la imperiosa necesidad de sentarse antes que se le quebraran de una las botas altas y la cara de palo. Antes que estallara en lágrimas en esa ciudad primaveral de finales de Septiembre.

Ya en la banca sintió como poco a poco la boca se le curvaba hacia abajo asumiendo el gesto previo a los grandes llantos, que ella había conocido también en los periodos en que la depresión quiso matarla. Esos tiempos en que llorar era tan fácil, que derramaba lágrimas por la excusa que fuese; pero se dio cuenta que esta vez no había motivo, esto no era nada mas que una rabieta sin desahogar. Así que se pasó la lengua por las paredes de la boca, intentando levantar las mejillas en una sonrisa inventada. Metió la lengua entre los dientes y las mejillas, bajo los labios carnosos, hurgó toda su boca, para que no se le cayera a pedazos y se deshiciera en ese llanto fatal de los que lloran sin saber porqué lo hacen.

Intentó traer saliva a la boca que estaba seca por el mal rato. Cruzó la pierna izquierda, que mostraba un muslo recién depilado y se apretó las manos húmedas en la falda que ahora parecía mas corta que cuando solo caminaba. No era justo llorar por un capricho, arruinar su prestancia, la seguridad que le imprimía estar a solas. Ella no lloraría. Ya había crecido y ya no lloraba tan fácilmente por esas pendejerías de niña fresa. Ni caería en una de esa trampas de rabieta que les ponen a los depresivos, para ver si recaen nuevamente en esos llantos por impotencia que a la larga se transforman en melancolía y finalmente en apatía por la vida y un querer abrazar la muerte.

De pronto lo decidió. Mañana saldría del país, sin ellos. Ya no los necesitaba, podía hacer ese viaje sola. ¿Quién se había creído el mundo para hacerla llorar? Podía largarse el rato que quisiera, peligros habían en todas partes. Una mujer sola viajando con mochila tiene tanto riesgo de ser atacada como una mujer en tacones por la ciudad mas bonita del mundo. Total! En cualquier lugar se muere.

Ahora necesitaba solo un par de zapatos cómodos y una muda de ropa. Algo la llamaba a hacer ese viaje, era algo o alguien más fuerte que ella, quien ahora la empujaba a no llorar y romper su cáscara de maquillaje por las palabras mal dichas de gente que en realidad no le importaba. Ese alguien que aun no conocía, le daba esa fuerza para enrumbar el resto del viaje sola, sin pedirle nada a nadie. Ni humillarse por un poco de ayuda o una indicación de camino corto. Ella ya no necesitaba caminos cortos. Quería caminarse la vida entera.

Laura, se levantó entonces del banquillo sobre el que caían los frutos y el polen del plátano oriental con la parsimonia de la primavera y se dispuso a caminar hasta que el anochecer le hiciera olvidar que era una mujer extraña en una tierra de extraños, pues mañana Laura cumpliría parte de su misión en este mundo.
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