Miércoles entre Susurros

Yo despierto y escucho esa canción. Recién ahora tengo ánimo como para volver a oí­r canciones que hablen de amor, pero esta es diferente, la guitarra suena, una baterí­a de fondo, de pronto despierto y algo me hace creer que el mundo está en equilibrio. Es miércoles, el peor de los días, pero yo despierto y siento que todo estará bien. Tengo un sentimiento, una idea, algo rondando en mi cabeza, ya no me siento tan vací­a como ayer. Esa ansiedad que se apoderaba de mi pecho, que no me dejaba terminar de leer, de escribir, de caminar.
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Son las hormonas, me repito, la dieta hipocalórica, el exceso de café. Parece que fuera hambre, pero simplemente es ansiedad. Salgo a caminar, me pregunto a quien podrí­a comentarle esa pel­ícula de humor negro que vi hace unos dí­as, de una mujer que se enamora de un sepulturero y finge su propia muerte para fugarse con él. Seguramente solo le interesará oír la trama completa a algún freak como yo, me rí­o de eso y sigo caminando.

El dí­a tiene un sol precioso, se advierte el viento azotando los árboles y las canciones en los oídos, me siento tranquila, hablando en susurros. Hoy ando mas tranquila que ayer, en que solo pensaba en sexo, sexo por todos lados, en esas ocasiones preferirí­a dormirme, pero decido hacer ejercicio.
Avanzo aceleradamente en la máquina como un hámster loco, luego abdominales, después patadas. Es una rutina estúpida, pero me deja la mente en blanco, hasta quedarme tirada en el suelo de madera soñando con flores cayendo del techo, con una cascada transparente, con sonidos naturales, las paredes caen, las ventanas se abren, estoy en medio de un bosque...

Y de nuevo el sexo.
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Pienso en Ruffalo y esa escena de sexo a oscuras "In the cut", me encantó ver como se trasladaba la cámara en esa película, hasta volverte cómplice. De pronto me doy cuenta que desde los 13 años no me sentí­a atraí­da sexualmente por ningún actor de cara bonita. Este tipo no tiene cara bonita, solo tiene un atractivo animal.
Probablemente eso sea lo que necesito, pienso y la imagen de Mariano se me viene a la cabeza. El bosque, la fuente con el arco iris al caer la tarde, la forma que tiene de pronunciar Rioja arrastrando la R hasta hacer silbar las palabras.
Podrí­a hacer una pelí­cula de ese tipo, moverí­a la cámara rápidamente, con planos secundarios y mostrando solo la mitad del rostro.
¿Por qué nunca muestras el rostro en las fotos? Es la pregunta que me han hecho. Me gusta jugar- respondo rápidamente, luego me doy cuenta que es la verdad. Me gusta jugar a mostrar solo fragmentos del cuerpo, a fotografiar mis pies.
A quitarme la ropa.
¡Vaya! Me siento en el piso y pienso en ir a comer algo, mi comida saludable, ha estado sabrosa, pero me deja con hambre. Solo puedo pensar en sexo y una torta de chocolate. Camino un rato mas por la casa antes de bañarme, me veo en el espejo cuadriculado, que cubre la mitad de la pared y me desvisto lentamente.
No deberí­a estar sola, pienso. Es un desperdicio. Luego me rí­o de mi propia petulancia, ¡Que puedo hacer? A veces me gusto a mi misma. De niña pensaba que un hombre vivía dentro mí­o, me gustaba verme, tocarme, mi cuerpo era un regalo- pero me hacía sentir mal. Complejo de culpa- me parece oí­r de la boca de cualquier psiquiatra.
Durante el viaje comencé a buscar ropa árabe, pañoletas, turbantes, me fascina la idea de vivir como en Las Mil y una Noches. Entramos encorvadas a esa tienda donde habí­a incienso y música hindú, con toda esa ropa extraña colgando desde el techo y dificultando la visión del turco que atendí­a al fondo, vestido de blanco y con un alto turbante como algún personaje de historieta.
Mi hermana y yo reí­mos, pues nos sentimos en casa, todos allá­ son ojerosos y con la nariz que caracteriza a la familia. El cabello rizado, la sonrisa constante, igual que en casa. Las mujeres nos muestran los velos, todo es demasiado brillante, hasta que lo veo. Ahí­ esta. Es esa indumentaria bordada con monedas pequeñas para que suenen cuando se baila moviendo la cadera. La compro sin preguntar el precio. Mi hermana se rí­e de mí­, no puede creerlo.
Ahora frente al espejo me amarro ese trapo- que no sé ni como pronunciarle el nombre- a la cintura y me pongo el velo. Solo con la ropa interior y el velo, bailo hasta que me duelen los muslos. Es mejor terapia que las patadas al aire o los abdominales, bailar siempre ha sido mi mejor terapia para olvidarlo todo.
De nuevo pienso en sexo, pero ya es hora de bañarse.
Entro a la ducha y dejo que se lave cualquier recuerdo de mi mente y de mi piel, solo queda en mí­ la canción que me despertó en la mañana y una idea difusa de que todo estará bien. Es un miércoles cualquiera y yo trato de vencer mis mareas hormonales, la ansiedad, los recuerdos del viaje, cualquier demonio que no me deje caminar en paz.
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