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En cámara lenta

Hoy me di cuenta que el billete de 5000 pesos tiene el rostro de Gabriela Mistral, es extraño que recién ahora lo note. Durante el viaje había estado leyendo “El Baile De la Victoria” y el protagonista reflexionaba sobre lo mismo a mitad de toda incertidumbre. Ahora al ver ese billete colorado en la tienda de cambios, recordaba las horas de viaje con el libro en el regazo y el corazón lleno de sueños, envuelta en la mantita invernal.
Skármeta, había logrado que la primera parte de mi viaje fuera alegre y feliz, deseando comerme un completo con chucrut como única ambición de madrugada, o unas empanadas de pino al llegar la tarde. Sin embargo el retorno había sido muy diferente.

Al retorno solo podía ver los acontecimientos en cámara lenta, las flores desprendiéndose de los árboles, el paso de los vehículos por las carreteras húmedas, el reflejo verdoso en los edificios. Mi cabeza recostada sobre la ventana y mis ojos a punto de cerrarse, cuajándose mis pupilas en unas lágrimas que no se atrevían a salir.

Yo no había hecho planes de irme, jamás lo hago. No sabía que pasaría, ni cuando volvería, solo estaba con el corazón dispuesto a experimentar todo lo que ocurriera. Mis amigos me dicen que no viajarían jamás solos, a mi me agrada hacerlo, siento que nadie rebasara mi círculo de independencia, nadie me guiará a ninguna parte. Yo caminaré hasta que quiera caminar y comeré solo cuando desee hacerlo.

Ahora todos son recuerdos en cámara lenta. Demasiadas imágenes huyendo de mí como alegres mariposas que rasgan con sus eléctricos colores un cuadro anteriormente solo pintado de gris. Para cuando volví, ya había terminado el libro y ese final me pareció tan triste que las últimas páginas me las pasé llorando, “No era justo”- me repetía a mi misma. Como tampoco era justo que el viaje, el bosque, las caminatas se quedaran solo a vivir como fantasmas inmóviles de mis recuerdos más caros.

Ahora se que sólo estaba triste. No era el libro, ni la historia, ni los cabos sueltos en ella. Era yo, viendo los finales sin esperanza. Era yo queriendo llorar un poco, para castigar a mi memoria de su pronta ingratitud. Era yo queriendo disculpar mi falta de amor.

A lo mejor si leo el final del mismo libro hoy, le halle una esperanza a todo. Ate los cabos sobrantes y me de cuenta que ese libro, así como mi viaje, o como las relaciones con las personas que me quieren y a las que yo he querido, no tuvieron un final truncado, solo son historias libres que dejaron abierta la puerta para que un día que estuviera feliz, me retornara toda esperanza.
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