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De patitas en el Banco

Hoy fuimos al banco. Yo de mal ánimo por tener que andar con $ 2000 encima, en una ciudad en donde cualquiera te descuartiza por 200 soles. ¿Por qué mi madre me hacía pasar por eso? Encima me pagaban en soles. Con la caída del dólar desde el año pasado, había perdido una buena cantidad que jamás vería, sin contar los intereses de todos estos meses. Pero, claro, eso no podía reclamárselo a mis padres,
a riesgo de quedar como la pequeña hija usurera de la familia.

Llegamos y era el eterno ritual de sacar el tickett, sentarte y darte cuenta que faltan como 100 puestos para que llamen a tu número.
El estar triste, hace que prefiera no hablar para no embarrarla toda. Así que allí estábamos, mi madre y yo sentadas en completo silencio, esperando que llegara el turno del ticket C 186, cuando apenas iban por el C 076.

Es gracioso como el mutismo te hace más observadora de la gente
de todas esas personas que abrían cuentas, revisaban saldos, pagaban cuentas. Toda una fauna de gente adoradora de dinero, en ese banco. Mujeres de pieles arrugadas, hombres con ropa de obrero, jóvenes con acné en la cara…Acné en la cara, eso me hacía recordar, que una prominencia parecida a la Montaña Fiji, se levantaba desde mi mentón, en víspera de la celebración del Día de las Brujas. Parece que la naturaleza se encargaba de darme el traje perfecto...
Yo que quería estrenar mi traje de odalisca y la naturaleza me daba el
papel de la Bruja Ogata con verruga incluida.
Malditas hormonas! Me dije por centésima vez esa mañana.

Ya había observado a todo individuo presente en ese banco hasta el cansacio. Volví a ver el marcador y allí estaba C 079,
¡¡¡en todo ese rato solo habían avanzado 3 puestos!!!
Algo debía fallar, probablemente los del código S de “sin tarjeta” si avanzaban rápido que los del código C "coju... con tarjeta".
Volví a ir a la máquina y esta vez elegí opción sin tarjeta. O.k, perfecto, mi ticket era ahora el 146 y solo me faltaban…113 puestos para llegar a la ventanilla…

Volví a mi butaca e intenté entablar una charla con mi madre. No quería culparla por nada de lo que me hubiera pasado en estos días…aunque era inevitable.
Era inevitable pensar que había tenido que viajar para acompañarla, perdiendo una vacante en ese maldito curso médico. Que probablemente ya no ingresaría a la residencia por ese insignificante detalle, que me imaginaba mi vida como una eterna médica general que cada año que pasa, se olvida más de lo que le enseñaron los 7 años de facultad y teme incluso entrar a una sala hospitalaria por esa inseguridad que les da a todos los que dejan por buen tiempo las aulas.

Era inevitable pensar que prestarle dinero a mis padres hace casi un año, había sido un mal negocio. Que YO seguía pagándome todos los cursos a los que me inscribiera, con mis escasos bienes y que la plata salía y salía, pero jamás regresaba. Que la única solución que veía mi madre a todo esto era que me quedara cerca de la familia, a hacer una especialidad aquí y me casara con alguien de aquí y tuviera una vida digna que AQUÍ sería bien vista.
Joderrrrrrrrrrr

No, lo mejor era hablar del clima. Mi madre es la persona más amorosa del mundo conmigo y me cortaría la lengua antes de decirle alguna maldad que la haga sentir mal...Más aun sabiendo, que cualquier cosa de mi parte puede ser una maldad...

Comencé a admirar a todas esas jovencitas que no llegaban a los 20 años, atendiendo tras las ventanillas.
Usando anteojos de marcos gruesos para darse un toque de distinción y madurez - del que oviamente aun carecían- para mostrarse seguras y capaces ante toda esa gente que atendían. Ese era el motivo de que yo también llevara mis enormes anteojos de marco negro: Hacerme parecer mayor. Y claro, ahora los odiaba, odiaba que la gente me dijera señora en las colas, que si me ponía abrigos pareciera una joven “mamá”, que si usaba botas, pareciera una joven “tía” y que en todo sitio, la gente me viera como la versión morena de la Vilma de Scooby Doo.

Envidiaba a esas jovencitas del banco con sus trajes bien planchados, las faldas cortísimas, los zapatos altos y las manos pulcras de quien no trabaja y vive solo para manipular el cochino dinero, por el que los demás nos sacamos la mugre (Vamos, hubo un tiempo en que yo me amanecía y trabajaba como bestia para conseguirlo…ahora soy una desocupada solidaria con la clase trabajadora de este país)

De nuevo el tablero marcador y ya habíamos avanzado 20 posiciones. Mi madre se adormitaba or la falta de charla, mientras yo veía los zapatos de toda la gente que ingresaba al banco y comprobaba que la personalidad de alguien se ve en los endemoniados zapatos. No solo la higiene o la marca del calzado.
El factor fundamental era el buen gusto
Tías rollizas y maquilladas hasta las orejas con zapatos de colores o enormes plataformas que mostraban unos dedos regordetes a punto de la gangrena. Hombres con botas rústicas y poses de Macho del valle. Jovencitas con zapatillas hondas, rodillas huesudas y piernas sin depilar; tíos con zapatos brillantes de charol, tratando de disimular su baja estatura con tacones de madera muy al estilo “bailaor” español, en fin una extensa lista de gente sin el menor cuidado de su persona ni de sus zapatos.

De pronto pensé que mucho del buen gusto para elegir ropa o calzado
se relacionaba con el hecho de elegir pareja.
Había gente que simplemente se conformaba con lo primero que le fuera cómodo. Sin darse cuenta si era huachafo o no. Como esa tía que vestía sandalias con medias azules creyéndose muy fashion porque combinaban con una blusa del mismo color. O el hombre de zapatillas blancas, o la mujer que equilibraba sobre unas plataformas de Transformista en la cola del banco.
A veces una simplemente, se conformaba con lo más sencillo y con lo que pudieras caminar el resto de tu vida, sin necesidad de mucha refacción o cuidado. O sea, conformarse con alguien común y corriente, que no diera problemas nunca y encima! te haga creer que eras mejor que antes de "usarlo".

Ahora comprendía porque seguía sola. Mi filosofía muy a lo China Tudela no encajaba en este mundo de gente calzando “tabas” todo terreno, que no jodieran por el mantenimiento.

Finalmente llegamos a la ventanilla. Una jovencita de manos pulcras, ropa planchada, pelo engominado y anteojos de última moda, me saludó con una sonrisa que mostraba unos frenillos que podían servir de pararrayos, pero que increíblemente le lucían bien en ese rostro de casi inocencia; la muchacha me ayudó con la endemoniada transacción que había tomado casi dos horas y se despidió con un "Estamos para servirle".


-Madre ¿por qué jamás me depositas el dinero directo en la cuenta y me haces pasar por esto?- le pregunté al salir.

-Es que conociendo como eres, pensé que necesitarías algo de ese dinero para comprarte unos nuevos zapatos, porque no creo que quieras llegar al verano con esos zapatazos de guerra.

Entonces observé mis zapatos, todo terreno, con el polvo de todas las ciudades impregnado desde hace un mes y me di cuenta

que el dinero y no el "buen gusto" es lo que te hace buscar comodidad en
las cosas mas simples, pero capaces de llevarte mas lejos que cualquiera.
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