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Renglones Intimistas

Necesito un poema. Sí un poema que me despierte, que me haga ver cuan coloridas pueden ser las flores o cuán frágiles las mariposas…pero soy tan mala escribiéndolos. Para hacer un poema, tendría que estar con el bichito del amor en mis entrañas, con la vida fluyendo en mi ser, bajo la piel y en la médula de cualquier sentimiento.

Para escribir un poema, simplemente tendría que olvidarme que soy yo, solo yo y nadie mas que yo la que regresó a casa ésta vez y dejar las imágenes primaverales de ese amor que no fue, macerando en algún recuerdo que no sea pervertido por la melancolía de mi soledad mas reciente.

¿Quieres que te cuente cómo me fue? Me muero por decirlo, por escribirlo en alguna parte para que no se deshilache en la memoria. De eso he estado temiendo todos estos días, de que como siempre me pasa, éste recuerdo se volatilice, se evapore, desaparezca y luego como siempre pase a ser un sueño más de mi mente desbordada. Tengo miedo de perder la memoria y de ya no ver lo que he vivido cuando cierro los ojos. Ese viaje es mi recuerdo más reciente, no quiero perderlo. Por eso tantas y tantas fotos, por eso intenté escribirlo…pero me arrepentí a la primera lágrima. Intentaré contarlo ésta vez, más nos é como me salga:

Esa tarde estuvimos él y yo caminado hasta llegar a aquel lago que me apareció impresionante, con el sol haciendo brillar el agua como en una de esa películas románticas, pero yo no andaba enamorada. No. Yo no creía nada, aunque debo admitir que me fascinaba su compañía y poder decirle a alguien “Ey, esto no hay en mi país” o “Por favor tómame otra foto” y recuerdo verlo de lejos y sentir esa sensación inmensa que hace tiempo ya no me agitaba el seso: su mirada en mis ojos haciéndolo desaparecer todo alrededor. Pero no era amor, no te equivoques. Yo tenía desconectado el switch que une mis gónadas a mi corazón y mi cerebro y como siempre, no esperaba nada. Ni me daba el lujo de creer que podía ser una relación mas allá de unas simples vacaciones.

Una bitch, lo sé.

También recuerdo esa vez que estuvimos comiendo y yo no sabía como se bailaba ese ritmo tan raro y él se levantó de la mesa, para hacerme bailar en medio de las mesas de billar, con esa manera de llevar el compás, que me hizo pensar que sufría una insuficiencia aórtica por el latido acompasado que ahora movía su cabeza y cuello. O esa vez que terminamos en el mercado comiendo pizza y cerveza, apurados porque el bus se nos iba. Correr desnudos por el bosque cuando anochecía. O parar el tránsito de una avenida, para hacer la foto perfecta del atardecer tiñendo los árboles de dorado. Yo que sé, esas pequeñas cosas que en su simpleza me hicieron darme cuenta que no es un poema lo que se escribe, sino lo que se vive.

No fue amor, eso es obvio. Pero he estado con muchas personas con las que la promesa de amor no llegó ni a eso. Con personas de corazones rotos, de almas tristes, de soledad milenaria. Personas tristes como yo, o personas queriendo aferrarse a un sueño. Nadie como él, con la vida palpitando a cada minuto. Como un latido que no cesa, que te hace sentir viva aun en las situaciones más inverosímiles. He estado con alguno que otro poeta que yo pensé que podría leer mi sensibilidad más que nadie, más ¿qué me han dado? Solo esa nostalgia por una vida que se escurre entre las manos, solo esa melancolía triste de la que yo ya conozco tanto.

Y he conocido a hombres felices, unos “Peter Pan” adultos, con quienes la vida era fácil y no había que preocuparse por nada, pues ellos ya lo tenían todo. Pero jamás como este hombre que en su ingenio de viajero a pie, me hizo saber que para conocer un lugar no es necesario subirse al avión mas bonito, al coche mas caro, a un hotel 5 estrellas, simplemente debe movernos ese ánimo de conocer lo que hace un país en su conjunto: Su gente, sus calles, su comida en cada esquina, su música de fiesta…su dolor, el reclamo silencioso de los que viven aferrados a una esperanza.

¿Puedes terminar conociendo más de ti en un viaje a una tierra desconocida? De hecho, sí. A veces es necesario irse, dar toda la vuelta a la caracola, para volver al punto de inicio y darse cuenta que la vida vale la pena. Que cada minuto de alegría o tristeza valió la pena y que las consecuencias son solo eso, facturas a pagar después. En un después al que nadie está seguro si llegará, cuando se vive lo suficientemente rápido, lo suficientemente alerta para enamorarse de la vida a cada minuto. A cada segundo...

Necesitaba un poema. Ahora sé que solo me hace falta seguir viva y que escribir es una forma de no olvidarlo. De no olvidar que hay una razón para seguir viva y con los ojos bien abiertos.

Buenas Noches.
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