En la clase media

Cuando mi buen amigo JM me preguntó las razones por las que no viviría en Lima, pensé en varias. Se me vinieron a la mente el tráfico, la inseguridad, la gente de rostro indolente, la contaminación, su maldito cielo gris, pero todas eran excusas.

No voy a Lima, le dije, porque allí viviría como pobre y eso me asusta.

Decir eso podría dar la percepción de que yo era alguien de plata, pero no lo soy. Es más, soy el prototipo de ciudadana de clase media a quien le da impotencia la pobreza de los otros, pero más allá de eso siente el miedo diario de que esa misma pobreza le puede morder los talones al primer descuido.
A veces pienso que la clase media, es sólo un nombre extra para los pobres bien instruidos. Para catalogar a aquellas familias con hijos profesionales que no tienen trabajo, una “clase” que se distingue más por sus ambiciones que por sus logros.

Mi hermana me repite que yo tuve suerte, que ellos no tuvieron todas las cosas que llegué a tener yo, por eso que no sé apreciar nada y vivo la vida como una frívola más.
Soy la última hija y fui criada sin que me faltara nada. Fue un golpe de suerte no haber pasado mi adolescencia en el primer periodo de García y no haber tenido todas esas “carencias” de las que habla mi hermana poniendo la cara seria.
Al oírla hablar, cualquiera tendría la idea de que mis hermanos pasaron la pubertad en un campo de concentración, faltándoles todo, viviendo entre penurias, pero no es cierto. Cuando mi hermana habla de carencias, se refiere a esas cosas suntuarias que te dan una posición social, como la ropa de moda, artefactos de los cuales alardear con tus amigos y salidas y viajes a lugares algo exóticos. Nada de eso estuvo en el menú de su vida juvenil.
Eran malos tiempos y cuatro hijos, mis viejos no pudieron proveer de esas cosas a mis hermanos. El dinero no le sobraba a nadie y la familia tuvo que acomodarse a lo que había. Un buen día mis padres tuvieron que retirarse del Rotary Club porque ya no podían con ese estilo de vida que no iba con nosotros, prometiendo reintegrase a la vida social cuando mis 3 hermanos terminaran la Universidad. Por supuesto, eso jamás pasó.
Como cualquier familia de clase media, nos acostumbramos a vivir con la mitad de todo. Yo era pequeña, ni lo sentí. Después de todo todos andaban en las mismas no? Cenando arroz con huevo frito, estudiando en colegios estatales, comprando solo la ropa necesaria en lugares que no fueran caros. Viviendo a la defensiva para que nos e desacomodara el presupuesto familiar.
No sé porque mi hermana recuerda con dolor esa época, a lo mejor el choque de estudiar en una Universidad privada y no poder estar a la par de la vida social de sus amigos le creaba conflictos. A veces solía acusar a mis padres de no haber planeado bien la familia, de que con solo dos hijos hubieran podido prodigarles más cosas y no tener que vivir así, faltando todo.
Luego las cosas cambiaron. La situación económica mejoró y mis hermanos se fueron de casa. Mis viejos se jubilaron y tuvieron más tiempo para viajar y comprar cosas innecesarias. Eran los 90´s y en casa todo parecía más nuevo, incluso llegué a creer que de verdad estábamos mejor que antes. Que podríamos tener todo lo que antes nos "faltaba".

Para cuando yo llegué a la adolescencia fui criada como hija única con todos los beneficios económicos que ello implica. Mis hermanos se habían ido de casa a buscar su destino y yo vivía sola en un departamento equipado con todo, bajo la protección económica de mis padres, sin envidiarle nada a nadie ¿Qué más podía pedir? Aparentemente lo tenía todo.

Pero ese fue el gran problema.

El peso mas grande para iniciar algo nuevo es sentirte cómoda en el lugar donde estás.
Tuve suerte, es cierto, pero ha sido un arma de doble filo el vivir entre nubes de algodón. Para romper con eso he tenido que dar muchos pasos dolorosos. Romper las cosas que me ataban a una vida cómoda, irme. No ha sido fácil, comencé dando pasos pequeños, pero para mí fueron enormes. Pronto me daría cuenta que ambicionaba más y más cosas que ya no estaban a mi alcance viviendo sola o de mi propio esfuerzo. Extrañaba a mi familia, no podía estar mucho tiempo alejada de ellos, me sentía nada.

Sin embargo, al inicio fue fácil, estaba sola y tenía dinero como para darme todos los placeres que se me ocurrieran. Me acostumbré a eso, no lo veía como algo extraordinario, pero bajar de esa línea me provocaría grandes cambios de ánimo. Creo que me creí el cuento de que tenía la vida que todos deseaban. Que no me faltaba nada, pero fue una percepcíón errónea.
Aun ahora me siento frustrada por esa falta de efectivo, por andar midiéndome en los gastos, por no hacer las cosas que antes disfrutaba. Por estar siempre preocupada por las cuentas.

El problema de haber sido criada “sin carencias” fue que me acostumbré siempre a tenerlo todo a la mano y a ser incapaz de aceptar que un día las cosas cambian y estás como todos a la intemperie esperando el abrazo imposible de una ciudad que Te recibe con los brazos abiertos...demasiado abiertos, como para sentirte acogida.

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