Ir al contenido principal

De Vuelta al Cerro

La última vez que fui a Chile, a mi hermana se le ocurrió que era hora de enfrentar los recuerdos y que debía ir al Cerro Santa Lucía de mis pesadillas de adolescente. Yo la mire con cara de “ya no tengo ganas de hacer más tonteras” pero ella estaba decidida a llevarme a rastras. Para que escribas la continuación en tu blog, me dijo. Yo sonreí pensando que el blog estaba casi cerrado y que ya no me animaba escribir mis anécdotas de niña boba en un país extraño.

Llegamos casi al mediodía con un calor infernal que a veces hace que odie Santiago, y ahí estaba el cerro. Yo ya ni recordaba por donde entré la primera vez, habían pasado muchos años, desde la vez que perdí todo vestigio de dinero y no se me ocurrió mejor idea que hacer turismo en el dichosos cerro a las 6 de la tarde.

Ahora las cosas no habían cambiado mucho, los árboles de copas verdes agitándose con la brisa de la tarde, la gente subiendo a trote con ropa deportiva, los senderos solitarios para caminatas de la mano y los infaltables vendedores de poema. Recuerdo la vez que me vendieron un poema acerca del mar, que era tan malo como corto, pero me divirtió que el chico que me lo ofrecía dijera que acababa de hallar a la mujer de sus sueños.

Ahora en cambio la chica que ofrecía los poemas, no tenía la labia necesaria. Mi hermana negaba con la cabeza, cuando la chica comenzó a preguntar el típico “Werar yu from?” de los que están desesperados por vender y no saben de donde rayos eres. Nos reímos sin hacerle caso, mientras oíamos que la mujer nos enviaba de vuelta al digno orificio de salida materno.

Si bien el paisaje no había cambiado mucho, mi físico en estos años había caído en franco desmedro y las subidas me parecían de lo mas empinadas. Me agitaba y sudaba como si fuera paciente cardiaca, cuando una pareja de cuarentones nos pasaron sin inmutarse. Algo había cambiado, pero yo traté de atribuírselo al clima y no a los 10 kilos de sobrepeso que había ganado desde mi adolescencia.
Free Image Hosting at allyoucanupload.com


Descansamos en la primera plazoleta del lugar, cuando vi que mi hermana se acomodaba el turbante. Un momento ¿Turbante? Mi hermana acababa de colocarse el lienzo blanco que hacía de pañoleta como un turbante alrededor de su frente, para cubrirse del calor, mientras los colegiales que a esa hora transitaban por el lugar se la quedaban mirando como si fuera la hija de Osama Bin Landen.
Yo me alejé lo suficiente como para refrescarme en la fuente de agua y evitar que los de la patrulla de emergencias me empujaran cuando vinieran a llevársela.
Afortunadamente en Chile, nadie te hace pasar vergüenzas si decides disfrazarte de árabe. Recordaba el caso de un familiar al que los marines estadounidenses pusieron como saco de boxeo, solo por estar bailando a su lado con una chica de rasgos “terroristas”, después de la psicosis del 11 de Septiembre.

El ascenso fue lento y lleno de recuerdos. No recordaba algunos senderos, ni subidas, ni lugares de descanso. Mi hermana seguía tomando fotos hasta de las hormigas, con la esperanza que los publicara en el blog, apenas volviera. Pero yo ya no pensaba en escribir, solo comparaba mi primera vez allí con mi ahora. Pasaban hombres que se quedaban mirando, que se detenían, que intentaban un acercamiento, pero a mí ya no me daba miedo. Ahora estaba acompañada.

Al llegar a lo alto nos pedimos el típico mote con huesillo helado, al que yo había hecho asco la primera vez y nos sentamos a descansar bajo los árboles.

- Lo que pasa es que tu tienes que viajar acompañada- me dijo mi hermana- Viajar sola es aburrido, si estuvieras con una amiga soltera, lo pasarías bomba.

Yo me quedé pensando que a éstas alturas ya no tenía ninguna amiga soltera, mucho menos alguna que quisiera viajar. Que tendría que acostumbrarme a cuidarme sola.

Free Image Hosting at allyoucanupload.com


8 comentarios

Entradas más populares de este blog

"El VIAJE"

Muriel subió al bus con la ropa suelta para viaje, con la almohada pequeña para apoyar el cuello el resto de la noche y con el antifaz oscuro, por si encendían las luces del pasillo durante su sueño. Sería un viaje largo y cansado, aunque no era el primero de ese largo año viajando por el país; si tuviera dinero, me ahorraría 15 horas de viaje con un boleto de avión- pensaba ella con su pesimismo habitual.

Subió última al bus y todos se la quedaron viendo, por su indumentaria rara de polera suelta y pantalones de pijama, la almohada, la botella de agua mineral y el bolso que se desparramó con discos y hojas sueltas por el pasillo, al subir. La terramoza vestida con minifalda y pañuelo al pecho, la ayudó a comodarse en su asiento al lado de un tipo obeso de labios pequeños. La reprendió con una fría amabilidad por su retraso en subir.

El hombre del asiento vecino apenas si la saludó cuando ella se sentó a su lado, entretenido como estaba mirando por la ventana a la gente que se despedía …

Poniendo el Pecho

Lo peor que me pasó llegada la pubertad no fue la menstruación, fue tener que usar sostén. Eso acabó con la libertad de mi cuerpo, fue el primer símbolo de que yo era una mujercita que debía ocultar su crecimiento.
Las demás niñas hablaban de que usaban "formador" y yo no entendía la palabra, que la relacionaba con algún aparato de ortodoncia. Creía que a mi jamás me pasaría eso; pero un día mis pechos empezaron a crecer y dos botones asomaron tímidos bajo la blusa escolar, sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Quise usar camisetas, frotarlos para que los pezones no estuvieran puntiagudos, pero nada daba resultado; del tamaño de dos chapas de coca cola, mis pechos empujaban por ver la luz. Yo me mantuve terca en no usar nada debajo de la blusa, pero los muy canallas seguían creciendo. Lo peor de todo: Dolían.

Si, recuerdo ese roce doloroso contra la camiseta escolar y mojarme con agua fría en las noches, para que dejaran de doler por el roce contra la ropa. Finalmente ten…

Olor a hembra

Hoy recordé a qué huele una mujer...Me refiero a una mujer normal...sin perfume, sin artefactos, sin nada. Que perturbador. Millones de recuerdos vinieron a mi, allí desnuda bajo la frazada tibia, la sábana enrrollada en los pies, inmóvil con las manos en el vientre, esperando como un capullo. Como alguien muerto.

¿De dónde sale ese olor? Me pregunté. ¿Emana de su cuerpo, su pecho, su piel? ¿No lo calman el jabón, el perfume ni las cremas? ¿Puede ser tan imperceptible como intenso? Algo a lo que te acercas y te marea, te tumba de la impresión de no ser ningún olor conocido.

Trato a diario de cubrir mi olor, me avergüenza, pues me identifica. No creo que hieda, es más alguno que otro hombre ha comentado que mi olor natural es rico..delicioso según el más poético. Un olor que aguarda aquí cerca del cuello, en la nuca, por los hombros. Un aroma de mujer que me va cubriendo como un disfraz invisible, mientras aguardo al acecho. Un perfume tuyo, exquisito- dicen con ensayada destreza.

Yo ento…