Sobre "Ella"

Para hablar de ella tengo que hablar de lo fresca de la tarde en que nos conocimos, un miércoles que olía como cada vez que estoy feliz, a fragancia de duraznos maduros y a primavera. No se cuantas veces la había visto pasar antes, pero solo esa mañana la encontré especialmente bella y especialmente dispuesta a dejarse amar, caminaba suavemente con la mirada extraviada, tan ausente del mundo como un hada dormida. Yo la vi y no pude evitar amarla, dirigirle una palabra que humillaba su frescor de flor nueva y lograr el cielo con una de sus miradas de almendra.

No se como fue que ella también logro mirarme, tal vez quería hacerlo, tal vez era el momento propicio para desnudarme ante una mujer de los pies a la cabeza y creo que lo hice bien, le conté quien era yo y porque estaba solo, le hable de mi naufragio en el amor, de mis noches de insomnio, de mis llantos por aquella otra y le hable del amor como si fuera una palabra conocida que tuviera el infinito poder de unirnos, pero ella no me oyó o al menos eso es lo que creo, ella sonreía como si yo le contara bromas, ella se tiraba hacia atrás tomándose el vientre como si mi vida fuera un chiste. Ella no derramo una lagrima por mi historia triste, ni tuvo la conmiseración usual que nos dan a aquellos que estamos tocados por la soledad, ella solo reía y cada risa suya era un chorro de agua cristalina que me volvía sediento de ella y de lo que significaba.

La lleve conmigo porque no podía ser de otra forma, porque yo aun no sabia amar de otra forma que no fuera tocándose y volviéndose un nudo de carne, sudor y lamentos; pero ella me enseñó a amarla sin tocarla, sin romper su encanto de purpurina, a amarla intensamente y sin hacerle daño, o al menos eso intente, porque cuando me beso con esos labios tibios, sentí que podía ser suyo eternamente y no pertenecerle a nadie mas que a ella. Al caer la tarde y saber quien era y lo que hacia me termine de enamorar por completo y desee que fuera mía sin que ella se opusiera. La fui tocando con temor, sus cabellos negros sobre mí ofreciéndose en cascadas perfumadas, la toque con suavidad a ella y a su piel de tafetán, a sus hombros desnudos y a sus formas de guitarra. Ella se me entrego entera con su humedad de pez goteando sobre mí. Ella y sus ojos dormidos, que me hacían caer en un bello letargo, ella que se me ofrecía entera y yo no la supe ver. Ella en la que entre apurado, con miedo de su lindero rugoso, de su camino hacia el cielo, apurado de la luz que me quería mostrar.

Deseaba tanto ser amada que yo sentí temor de empezar a quererla como ya la amaba, sentí temor de que me doliera luego, sentí que era momento de partir, de escapar de ella antes que me ambrujabara entero, son su gracia de gitana y su hablar de niña. Sentí miedo de ella y de que supieran que yo la amaba, a ella a la puta mas inocente de todas, la que se entregaba a todos buscando en cada uno de nosotros a su alma gemela. A la que llamábamos perdida, solo porque tenía el valor que tienen las mujeres de su especie, de buscar en hombres como nosotros príncipes que ya no existen.
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