Nicolas Lorena ( el inicio)

El día que se conocieron era uno de esos típicos días en la rutina de San Román el pequeño pueblo montañoso a donde Nicolás Lorena se había ido a tratar de empezar una vida nueva, estaba a 8 horas de la civilización y la línea telefónica apenas se había implementado algunos meses atrás y el agua de la ducha solo era menos helada que la de los nevados cercanos por obra y gracia de la imaginación.

En verdad era un rincón terroso metido en un cañón profundo, un pueblo sin mas atractivo turístico que poder beber pisco a toda hora y sin ningún motivo; San Román era en definitiva una estación en la ruta a los infiernos; un rincón olvidado al que nadie querría ir a purgar una soledad impuesta, seria difícil pero nadie dijo que seria de otro modo y Nicolás ya había pasado cosas peores sobreviviendo siempre a la adversidad, con esa voluntad férrea que lo hacia tan parecido a su padre, la voluntad férrea de los que nacen con el sufrimiento en el destino.

El nuevo pueblo era bastante pequeño, con menos de 2000 habitantes, todos dispersos en 5 calles alrededor de una placita de árboles viejos. Ni un ápice de modernidad en los alrededores, ni un rastro de que ese pueblo cambiaria algún día.

Basta decir con que Nicolás llevaba apenas 6 meses aquí y ya conocía a toda la población y todos sin excepción sabían quien era el Dr. Nicolás Lorena, el nuevo medico del pueblo, la nueva victima de su chismorreo de viejas y curiosidad infantil.

Cuando llego las cosas no habían sido así, noto la ignorancia fingida en cada rostro que trato, la superficialidad de sus maneras campechanas, el recelo en su voz, pero eso pasaba siempre, cada lugar nuevo era siempre el mismo, no variaba mucho, el personaje y tampoco la circunstancia.

Nicolás no era un hombre de muchos amigos sin embargo sus maneras gentiles y su aire ausente, le habían dado la buena fama de “el buena gente” y aun no la había perdido; no se metía con nadie, no se ofuscaba por nada, decía si a todo, saludaba con el interés de turista permanente a cada persona que le dirigía un saludo. Pero el Dr. Lorena tenía fama de indolente.

En seis meses aquí, aun nadie lo había venido a visitar, y menos le habían llegado cartas, así que eso solo podía significar una cosa, que nadie lo extrañaba de allá donde el procediera y por tanto que nadie lo amaba y; eso era aun mas temible, pues aquel que no logra ni ser odiado ni ser amado es aun mas maldito que el crea pasiones a su alrededor; así que la conclusión era fácil, el Dr. Lorena tenia la misma condición para no ser odiado como para no ser amado y eso representaba un peligro para la rutinaria vida de los romanuchos, pues en un pueblo donde todo se guía por la pasión , para beber , bailar o matar, alguien así tenia los días de tranquilidad contados.

Sin embargo el asunto de la mujer no era cosa reciente, se notaba que al doctor Lorena eso de andar solo, lo tenia bastante despreocupado, la limpieza de su ropa vieja y el esmero en las bastas cosidas a mano, así lo denotaban, parecía como si toda la vida se la hubiera pasado solo, sin mujer y sin querer tenerla.

Pero eso no era de su incumbencia, el asunto era que estaba solo y era susceptible a enamorarse, mas no a ser enamorado y eso lo sabían ya de sobra muchas de las muchachas del pueblo, que habían tenido intentos fallidos de salir con el, de invitarlo a comer a sus casas e incluso de tirarsele encima a la menor oportunidad; incluso una de ellas había tenido la osadía de entrar a su cuarto un día con la excusa de llevarle la ropa limpia , pero solo obtuvo un frío “ yo lavo mi propia ropa” como respuesta, antes de sentir el portazo en la cara; la dueña de la pensión en donde vivía incluso había intentado emborracharlo el día en que cumplía años, pero Nicolás Lorena era aun mas hombre de lo que todos creían, pues era mas macho para no tomar que para dejar de hacerlo.


El día que llego allí, el bostezo de pueblo lo saludo con un olor a durazno, siempre recordaría ese olor en el aire tibio cuando pensara en San Román e inevitablemente pensar en eso le recordaría a ella. Para alguien con la cabeza atiborrada de tanta ciencia durante 10 largos años, llegar allí para establecerse era casi como caer voluntariamente en el hechizo de la bella durmiente, iba a tener que dejar mucho de lo que aprendió en las aulas, iba a tener que estar solo, el y todo lo que era antes de educar su lengua con la jerga rara y displicente de los médicos como el.

Pero Nicolás si había amado y lo había he4cho con pasión. Nicolás sabia lo que era sentir el alma hecha nudos por la mujer que se ama, sabia lo que era esperar bajo la lluvia hora enteras hasta que la habitación de su amada quedara vacía y poder oler su aroma de lavanda inundándolo todo. Nicolás sabia de obsesiones, pero había llegado a san Román a hacer una cura de sueño en un pueblo de ensueño… o de pesadilla? Como saberlo?


Había llegado allí porque quería dejar de pensar y tampoco quería volver a amar dado que las mujeres son siempre problemas que no desaparecen del corazón sino hasta después de muertos.
Y ella aun no era un problema enteramente terminado.





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