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Cuento Sucio ( parte 17)

“…Amarillo…amarillo…cielo nublado…campos de amarillo…”Cada vez que Pilar hacia el amor murmuraba para si las mismas palabras, esperando que alguna vez el sexo con un hombre le devolviera un placer disfrutado una sola vez: El orgasmo verdadero.
Pilar sabia que todas esas noches de sexo cansado, de brazos fatigados, de piernas acalambradas no eran un orgasmo, eran solo sexo comparable a una sesión de jogging: mucha energía, mucho dolor muscular, sudor, ansiedad por llegar, gritos de ánimo…pero al terminar : No había nada en el recuerdo.

La primera vez que tuvo la visión de los campos amarillos fue a los 19 años en la cama de su primer hombre casado. Sintió esa diferencia grande entre hacer el amor con un niño y ser mujer en los brazos de un hombre. El resto de la vida se la pasaría Pilar buscando hombres que la aventajaran en edad, para ver si podía volver a sentir que desaparecen las paredes, que la boca se seca, que en la espalda hay un sudor frío, que podría abrir la boca y romper los vidrios con su grito de mujer tomada… en ese momento en donde solo hay un silencio absoluto.
Pilar buscaba volver a sentir ese dolor que electriza el interior de la piel y que vuelve rígidos los dedos, ese dolor sublime de cuando ante los ojos nublados aparecen los campos amarillos…siempre amarillos.

Pilar había soñado con ese momento desde la primera vez que vio a Eduardo aparecer ante la puerta. Lo había sentido desde la primera vez que se mojó mientras lo veía con su disfraz oscuro y su barba candado en el portal del edificio. Ahora por fin, había acabado la expectativa. Eduardo tenia su torso desnudo sobre ella, su boca descendiendo por su cuello, sus piernas aprisionándola…pero ella comprendió que Eduardo no era suyo. Sus ojos eran como una fotografía vieja, su boca un cartón rasgado, sus manos duras, su piel con cicatrices antiguas. Su alma probablemente de otra. Pilar lo vio arremeter contra ella, fuerte como un coloso entrando y saliendo de ella como un pistón mecánico, sin darle un beso, ni una palabra…intensificando la soledad en vez de componerla.

Pilar tiró la cabeza para atrás y esperó a que el terminara. Mientras el techo daba vueltas sobre su cabeza como un disco de rosas y grises.

- ¿Estas bien?- le dijo a Eduardo cuando el se acostó al lado después de un ultimo asalto.
- Si- respondió dando un soplido
Pilar miraba el perfil de Eduardo y su pera dibujándose en la oscuridad cortada por las luces de la ventana.
- ¿A que viniste hoy?
Eduardo se quedó en silencio y luego murmuró con misterio
- A matarte…
Pilar abrió los ojos y se quedo mirando al techo de nuevo.
- Y …Aun lo harás?
- No lo sé
Ella volteó a mirarlo algo confundida y la imagen de este nuevo Eduardo, desnudo y sudado fue lo ultimo que vio antes de quedarse profundamente dormida.

Al despertar, Pilar se dio cuenta que en la cama desordenada solo estaba ella desnuda con el cabello alborotado y la cabeza dándole vueltas.
Recordó a Eduardo lamiéndole la mano y una enorme sensación de vacío se apoderó de ella al saber que todo lo vivido solo correspondía a uno mas de sus sueños tontos con él desde que se instaló en el edificio.
Caminó hasta la cocina envuelta en la manta verde que reposaba a los pies de la cama y se alegró que por fin fuera sábado para abandonarse a si misma en la soledad de su guarida urbana.
De pronto Pilar se percató que no estaba totalmente sola en la casa de madera pulida.
La mañana gris y húmeda cubría Lima y Eduardo de pie en la puerta de la terraza contemplaba como las fumarolas de su cigarrillo se perdían entre las plantas artificiales que adornaban el escenario improvisado de Pilar y sus cantos de las ocho. Era la primera mañana después de mucho tiempo que despertaba sin añorar a nadie.Vestido con el traje negro arrugado, sentía como su piel se enfriaba al ser lamido por la humedad de la madrugada.
- ¿Eduardo?
- No pensé que despertarías, parecías como muerta- dijo al voltear a mirarla con ojos cansados
- A decir verdad soñé que lo estaba...¿Por qué viniste ayer?- preguntó Pilar al darse cuenta que nada de lo vivido el día anterior había sido un sueño, sino una realidad palpable de la cual no sabia como protegerse, ahora con los sentimientos puestos a la intemperie.
- ¿Ayer? Hmmm… Ayer fue ayer - y se volteo de nuevo a mirar los edificios que se perfilaban en la densa bruma.
- Es que no entiendo…tanto tiempo viviendo aquí y recién ahora, tu …
- ¿Recién ahora que?- y sonrió mostrando sus dientes blanquísimos- Ayer perdí mis llaves y no podía entrar al apartamento, solo eso Pilar. ¿Acaso pensaste que venia a algo mas?- dijo con sarcasmo mientras la tomaba de los hombros desnudos, por los que se deslizaba la manta verde.

Pilar sintió entonces, un dolor extraño en el estómago, como si la acabaran de doblar por dentro. Eran dolores que siempre la sorprendían frágil, por muy preparada que se sintiera ante ellos.
- Bueno, entonces supongo que quiere que le preste una herramienta para forzar la chapa, no?- dijo aferrándose a la manta verde que le cubría el cuerpo tembloroso y elevando el mentón en ese gesto orgulloso y de ojos fríos que la caracterizaba.

- La verdad no. No necesito nada.- y dándole un beso rápido en la frente, dio dos pasos largos y con una agilidad rara para su enorme figura, saltó el pequeño muro que separaban la terraza de Pilar de la suya.

Pilar se quedó de piedra junto a la puerta de vidrio, sintiendo como el frío helado de esa madrugada la recorría desde la punta de los pies desnudos, hasta lo profundo de las entrañas, mordidas hace poco por la presencia de Eduardo dentro suyo. Lo vio saltar como un gato por el muro, para desaparecer entre las plantas artificiales .

Entonces apretó los ojos y murmuró para si. “… Amarillo, amarillo…solo campos amarillos…” y deseó fervientemente que el frío la despertara de una vez por todas, porque ese sueño de amar a Eduardo Glez le empezaba a doler demasiado.




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