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A puerta Cerrada (3)

Ya tenia 19 años el día que mi padre se me acercó y me dijo: “si algún te violan, defiéndete hasta sacarles los ojos, pero si aun así lo hacen, no te dejes morir porque el mundo no esperará por ti” yo no sabia que decir, no entendía porque me decía eso. Pero él continuo: “eres mujer y por tanto vas a sufrir un poco mas que el resto, no creas en esas cojudeces que las mujeres y los hombres son iguales, a ustedes siempre les irá peor y te lo dice tu padre, que ya ha vivido medio siglo y que no es un santo. Ustedes son débiles porque quieren y si algún día te pasa algo que no puedas evitar, el mundo sigue, el mundo no se detendrá por ti; podrás llorar, gritar, decir que quieres morirte, que cobrarás venganza pero el mundo no parara por ti; tu eres la única que se tendrá que levantar, así que si te caes o te empujan, siempre tienes que estar presta a levantarte y no mirar atrás. Porque o ganas tu o gana el mundo, entiendes? Dime si comprendes” Yo asentí sin entender realmente y mi padre me abrazó y se fue al patio.

- ¿mamá porque mi papá siempre me tiene que hablar de esas cosas?- yo sentía mi rostro caliente de hablar con mi padre de eso, ya tenia suficiente con que a menudo me hablara de todas las mujeres que había amado y que sentía amar aun. Que me dijera que le gustaba la dentista joven que le ponía la cabeza junto a sus tetas y dejaba caer su cabello perfumado sobre su cara de viejo. No se porque me hablaba a mi de eso, porque yo tenía que escucharlo. Y es que tal vez al ser yo la menor de todos, era la única lo bastante sumisa como para escucharle sus reflexiones sobre el amor y el sexo, algo machistas pero demasiado reales.
- ¿de que te ha hablado ahora?
- De que me tengo que cuidar de las violaciones y esas cosas… ¡no sé porque tiene que hablar conmigo de esas cosas!
- Es que eres mujer y la última del clan, tu padre teme por ti. Mira, hijita, hoy recibió una llamada de tu tía, parece que abusaron de tu prima Mari mientras trabajaba en la sierra como obstetriz y ahora ella cayo en depresión, creo que hasta se quiso matar…por eso te lo dice, para que estés preparada. Este mundo no perdona.
-
Era cierto, este mundo no perdonaba nada. Y te cobraba las deudas de los padres, aunque fueras inocente. Yo había salido idéntica a mi padre en eso de amar y vivir amando imposibles, a pesar que odiara sus historias de amores reales y platónicos, me sentía identificada con él en ese aspecto de su vida. Yo me pasaba la vida enamorándome y escribiendo poemas, con la intensidad de aquellos que venimos a este mundo a vivir por amor y a morir en su nombre. Yo comprendía a mi padre, cada anécdota suya, la podía comprender, aunque no me gustara. Porque yo me reconocía igual de emoradiza que él, pero con temor a aventurarme mas allá de los paradigmas de mi sexo y mi edad. El problema es que si para un hombre ser enamoradizo puede sonar a una virtud atractiva, para una mujer el serlo, solo le ocasionará desgracias y apelativos deshonrosos.

Para diciembre del 2003 yo cumplía 24 años y acababa la carrera. Había cortado con mi novio, pensando que nos hacia falta ese tiempo a solas para estar mas seguros de lo que queríamos. La excusa fue un amor platónico vía Internet, pero eso apenas si duró algunas semanas, al cabo de las cuales yo no volví a insistirle para volver ni él para que yo regresara, ambos demasiado orgullosos para ceder, esperábamos a que el otro de el siguiente paso. Y eso jamás pasó, así que continuamos célibes con grandes ventajas para mí y muy pocas para él. Yo ya estaba libre y con ello la posibilidad de amar y ser amada de nuevo. Era increíble, que me hubiera pasado casi 4 años siendo la novia de alguien que apenas si compartía mis mismos gustos y por el que había tenido que sacrificar aficiones muy mías como escribir o salir a bailar, además de no mirar a hombre alguno, porque eso en mi cabecita dogmática significaba ser infiel y desleal; y ahora, me llovían las ofertas para salir, para acompañarme a casa, o solo para hablar. Yo que esos 4 años me había sentido una oruga a la que nadie quiere, me daba cuenta que solo había vivido oculta en mi capullo y ahora era el tiempo de volar. Aunque no supiera ni como hacerlo, ni para donde ir. Pero, la costumbre de la fidelidad siempre te mantiene atada al pasado y yo no me atrevía a salir con nadie, ni a aceptarle nada a nadie… hasta que conocí a Claudio -el INNombrable- y la vida me dio un vuelco.

Apenas si nos conocimos un par de meses y ya nos sentíamos enamorados y dispuestos a cualquier cosa. El sentimiento era fuerte y reciproco, él mucho mayor que yo y con 2 hijos en su haber y yo enamorada hasta el tuétano y sin ninguna responsabilidad con nadie. El amor llegó como una tormenta que arrasó con todos mis paradigmas y me reinventé ya no como niña asustada, sino como mujer decidida a todo y fue que así un día me fui de casa.

Jamás durante mis 24 años de vida, había hecho algo de lo cual debiera reprochárseme. Había sido siempre estudiosa y sin vicios, me acababa de graduar como médico y me sentía con ganas de darle una buena mordida a ese mundo jugoso que se me ponía ante los ojos. Y que yo sentía merecer. Irme de casa con el INN era algo que difícilmente mis padres aceptarían, pero ya era adulta y ganaba mi propio dinero, si quería portarme mal, ese era el mejor momento para hacerlo. Me fui de casa y me perdí mi ceremonia de colegiatura, nadie supo de mí en 5 días maravillosos. Al volver a casa mis padres estaban enojados y tristes, probablemente decepcionados, pero nadie me dijo nada. Estaba viva y ya sospechaban que algo así sucedería desde que comencé a frecuentar a ese hombre mayor que yo. Y al que mi madre odiaba por haberse interpuesto y arruinar , según ella, un futuro feliz junto al único hombre que valía la pena: Mi primer novio.

La felicidad es un plato delicioso que siempre se come a bocados pequeños y después de largos periodos de hambruna. Yo había dado el primer mordisco a la felicidad al lado del INN, pero luego vendría la separación forzosa, irme a trabajar a la que yo apodé “La tierra del olvido” y que a el lo cambiaran Washington D.C, para su próximo proyecto. Más lejos no podíamos estar. Era imposible que esa relación sobreviviera, dentro de mi racionalidad sabía que era mejor tener un buen recuerdo de algo fugaz que sufrir manteniendo una relación a distancia, así que corte con él de forma irreversible. Pero los hombres de 36 para adelante son mas tercos que los jovencitos, a ellos la vida se les acaba día a día a medida que sienten acercarse los 40, ese límite que divide los hombres maduros, de los viejos; ellos- como me dijo el INN- ya no están para juegos.
A los 30 días de haberme instalado en el pequeño valle en donde me había tocado trabajar y donde hasta el servicio de agua potable era un lujo, el INN se apareció con sus maletas y dispuesto a todo “aun no te vas a librar de mí”-me dijo y yo pensé que de verdad vivía en un cuento de hadas.

Durante esos primeros 30 días, la comunicación había sido atroz, no había un teléfono donde el me pudiera llamar, el servicio de Internet se habilitaba recién a partir de las 7 de la noche y había que pugnar con todos los adolescentes de la zona por una máquina libre. Si ponía la Web cam, 10 mocosos detrás mío saludaban al Inn, porque en esos sitios el servicio de Internet con Web cam era un acontecimiento del que todos eran partícipes. Así que no podíamos ni hacernos cariñitos que todo el pueblo se enteraba de que tipo de arrumacos nos hacíamos. Ni poder pelear porque no nos duraba el tiempo para la amistada de ley. La situación era insoportable, así un día corté con el. “No te quiero- le dije- Mejor apártate de mi camino pronto, porque vamos a sufrir mas”. Fueron días difíciles de llantos incontenibles en la soledad de mi habitación perfumada con olor a viñedos del jardín. No había otra solución, era imposible… Para cuando volvimos a hablar el tenía tomada la decisión de venir al último páramo del tercer mundo a demostrarme que cuando hay amor, las distancias no importan.

Así que llegó con su maletota llena de artefactos raros, lo único que faltaba era una antena parabólica, para tener cable en casa. Todo el mundo se enteró que la doctorita nueva había venido con marido, así que eso sirvió para que todos los tipos de la zona me respetaran y no se anduvieran con sus ofertas de encame, como a las demás mujeres- enfermeras o maestras- que llegaban como foráneas a aquel pueblo del diablo. El tipo marcó su territorio, salió de la mano conmigo, me acompañó a comprar las ollas y todo lo que hiciera falta para instalar una cocina temporal en el mini departamento y se encargó de ir todos los días al Centro de salud a recogerme del trabajo. Yo me reía diciéndole que lo único que le faltaba era orinar en las cuatro esquinas del pueblo, pero creo que ya lo había hecho.

Ese año fue lleno de semanas así, robándole al mundo un poquito de tiempo para estar juntos en cualquier parte, ya sea mi casa pequeña donde nos la pasábamos a pan y agua o en algún hotel de lujo, para que, según él “me olvidara de mi trabajo postergado al fin del mundo”. Todo era posible y el tiempo que no estábamos juntos, me la pasaba soñando despierta con la próxima vez que volviera o que yo fuera hacia él.

La vida se consumió así en 10 largos meses, al cabo de los cuales me comencé a dar cuenta que nuestra historia de amor, no era tan perfecta como en las películas. Había un secreto de por medio con ese hombre. Un secreto que yo tendría que descubrir por mi misma y entonces si, tendría que usar toda esa fuerza de la que me hablo mi padre a los 19 años, porque como me dijo él “Eres mujer y en éste mundo ustedes, siempre se llevan la peor parte”.
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