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Cuento Sucio ( Parte FINAL)

Cuando se abrió la puerta del edificio esa madrugada lluviosa, un hombre de figura triste y andar claudicante, se abrió paso entre la espesa neblina limeña y subió con dificultad entre las sombras intentando no hacer ruido en la silenciosa quietud del Edificio de las Nazarenas.

Eduardo Glez, abrió la puerta y entró con sigilo al departamento vacío. Vio las paredes blancas y desnudas, y sintió el hedor de humedad guardada a mediados de Octubre. Al encender el reflector de la pecera vio menos peces que los que él recordaba, pero su mansa quietud lo hizo sentir en casa y a salvo en su soledad. Subió las escaleras hacia el dormitorio y sus pasos resonaron sobre la madera hasta volverse parte de un tic tac amplificado, en esa habitación sin tiempo. La cama estaba revuelta, el closet sin ropa, los papeles en el piso y el cuadro de Andrea, sonriendo con sorna, desde el piso polvoriento.

“Ellos” habían entrado allí y se lo habían llevado todo, excepto a Andrea. La única culpable de toda su desgracia, esa mujer que ya no era la del cuadro, ni la de los videos con escenas congeladas a mitad del amor, ni la Andrea del sombrero azul y la risa fácil de hacía 4 años, que Oliver pintó desnuda en ese cuadro. Esa Andrea se había diluido en la imagen de la última madrugada juntos, en esa cara de dolor y de lágrimas secas, de súplicas incoherentes y promesas huecas, en esa piel arañada, en esa carne que por unos instantes fue suya antes de perderse para siempre en el olvido. En esos ojos que ya no eran mas sus ojos, sino la mirada azul de una completa desconocida, de una mujer que no lo amó nunca y a quien él se consagró de por vida. De una traidora, que no tenía perdón, solo eso.

Toda la habitación estaba revuelta, no habían hallado nada. Una sonrisa burlona se asomó a su cara, pero fue seguida de un gesto de dolor, mientras se cogía el costado izquierdo aun sangrante. Se miró en el espejo polvoriento y lo limpió con su mano. Él también había cambiado, los pómulos hundidos, las ojeras oscuras, la barba crecida y el cabello largo. Mucho mas delgado de lo que se fue, pero eso ya no importaba. Lo único que importaba ahora, era recuperar un poco de aquello a lo que se había negado sin darse cuenta. Un poco de la ternura que Andrea no había podido darle ni en el inicio de su relación, cuando él aun pensaba que lo suyo era algo mutuo y para siempre.

Una ternura que tenía mas valor que la misma pasión y que había llegado a conocer solo una noche en la piel de una desconocida y ebria Pilar. Solo con ella había entendido por fin ese susurro que pedía “sálvame” y que parecía traducir todo lo que él sentía ahora, toda esa desolación que ahora podía ser arrancada de tajo de su vida.

Entre las piernas de Andrea había reconocido esas ganas de ser salvado, de no seguir corriendo nunca más, de quedarse a salvo en un lugar. Pero ese lugar ya no era nunca más el vientre de fuego de Andrea. Ella y su recuerdo, solo eran un vacío sin comienzo ni fin. Ahora entendía a Pilar, toda esa soledad, toda aquella súplica de salvamento a mitad de aquella noche de amor sin amor. El también quería ser salvado, pero ya no por Andrea , nunca más por Andrea.

Todos esos meses contemplando ese pez esquivo de su recuerdo, viendo el acuario con sombras a color en el agua transparente, viendo a Andrea nadar en cada pez del acuario... ¡Maldición! El acuario! El hombre de barba crecida, bajó cojeando las escaleras lo mas rápido que pudo, se detuvo ante el acuario iluminado y confirmó su terrible sospecha: El agua era transparente y pura, los peces seguían vivos…alguien había estado allí, alguien había vaciado el acuario y con el, probablemente lo único que le podía asegurar la supervivencia los siguientes meses de fuga.

Se remangó la camisa y metió el brazo a la enorme pecera, buscando con avidez uno de los castillos en miniatura. Al sacarlo lo agitó con violencia, como si esperara que saliera mas que agua de la casita de juguete. Después de algunas sacudidas más, un objeto reluciente cayó a su mano. El hombre esbozó otra enorme sonrisa de dientes blanquísimos “A esos pendejos no se les ocurrió buscar aquí”.

Se quedó viendo el medallón dorado y todo lo vivido se le vino a la mente. No podía creer que luego de 20 años amasando dinero a costa del dolor ajeno, la única ganancia que tuviera, fuera ese medallón arrancado a su primera víctima en serio. No había dinero en el banco ni en ninguna otra parte, Andrea se había encargado de llevárselo todo con ella, para sus causas políticas y sus placeres de neo rica. Ahora Andrea ya no estaba, solo su recuerdo navegaba dentro de esos peces naranjas de los últimos años sin ella. Peces que morían y eran renovados por otros, para ver ese acuario siempre lleno y no tan vacío y triste como lo había dejado ella.

Eduardo permaneció dubitativo por unos instantes, casi 40 días y la pecera seguía tan pulcra como siempre. ¿Era Guillermo el artífice de eso?¿ Alguien más había estado en esa casa mientras estuvo ausente? La duda pronto se tornó en certeza, fue entonces que al darse vuelta vio que en esa habitación en penumbra, no estaba solo. Alguien lo observaba con ojos felinos desde la oscuridad de la puerta.

-¿ Qué haces tu aquí? –dijo el hombre con cara de sorpresa.
-¿ y tu me lo preguntas?- respondió una voz fina desde la oscuridad-Ya lo sé todo “Julio” Tus amigos estuvieron aquí. ¿A que volviste?
La sombra salía de su escondite empuñando temblorosa un arma demasiado grande para su mano pequeña.
Eduardo enmudeció al verla salir de la oscuridad como un fantasma que no quiere irse del todo. Sus ojos habían cambiado y su voz sonaba diferente, ahora era ella quien tenía el control de la situación y el suficiente odio de mujer herida como para cometer una locura.
-Contesta! Eduardo ¿A qué volviste? ¿a matarme? A eso volviste?
Y apuntó el arma hacia Eduardo que ahora era una sombra larga e indefensa al lado del acuario iluminado. Él no perdió la mirada taciturna, dio un paso para acortar la distancia entre ambos, que ahora parecían kilómetros.
-Baja ésa arma, Pilar…
-¿Crees que no sabré como usarla?
– Ella sentía el odio fluyendo por su pecho y eso le borraba cualquier otro dolor e inseguridad. Afirmó el arma con sus dos manos y apuntó a lo alto de su cabeza, luego descendió unos centímetros más.Yo no te tengo miedo- dijo luego y no vaciló al tirar del gatillo. La bala salió precisa y el impacto fue certero.
El enorme acuario se partió en dos y el agua clara de peces colorados cubrió en una sola marea la alfombra azul. Los vidrios volaron por todos lados y el silencio volvió a apoderarse de todo. Eduardo se limpió la poca sangre del rostro, producto de las esquirlas y se quedó estático a la otra orilla de ese océano artificial de peces ahogados que ahora se interponía entre ambos. Miró a los peces en el piso clamando en silencio por ser salvados y su mirada se tornó asesina. Entonces, con la ropa mojada y el rostro salpicado de sangre y vidrios, comenzó a avanzar hacia ella.

Los peces se debatían en esa muerte de saltos boqueantes y desesperados, mientras el hombre avanzaba entre ellos, pisando los vidrios y las aletas opalescentes, sin un rastro de compasión por aquellos compañeros de soledad de los últimos meses. Al llegar frente a Pilar se detuvo y la abofeteó con fuerza.
Pilar se tomó el rostro caliente y dos gruesas lágrimas comenzaron a fluir en sus mejillas. Un hilo de sangre descendía por el labio reventado a causa de la enorme mano de su atacante. Se sentía débil y asustada, pero aún así cobró valor

-Por que viniste Eduardo?- preguntó de nuevo con voz quebrada, mientras el le quitaba el arma de las manos. Eduardo se quedó callado y tomó el rostro herido de Pilar con su mano de asesino.
- Vine a que me salves tu, Pilar.

Y entonces Eduardo mojó su boca seca en la ensagrentada de ella. Restregó su rostro mojado en los cabellos oscuros de Pilar y la besó por primera vez sin prisa. Sin temor a que sea la última vez. Porque con Pilar todo parecía comenzar siempre desde el inicio, aunque el mundo se estuviera acabando.

Pilar fue besada y llevada al lecho duro de Eduardo, fue desnudada por él e hicieron el amor sin prisas, con la piel cortada y los cabellos revueltos. Coagulándose cada herida de soledad con sus caricias torpes. Pilar fue tocada, besada y amada. Y vio a un Eduardo Glez herido de bala en el costado, mas flaco y ojeroso que lo que recordaba, con la espalda magullada y una soledad aun peor que la suya. Con el cuello y el pecho lleno de cardenales y dientes de mujer, de otra mujer. Pilar lo amó esa noche, que sabía sería la última y no se detuvo a pedir explicaciones, solo lo amó como había querido desde la primera vez.
Lo sintió dormir entre sus dos pechos, como un niño cansado, moviendo los párpados rápidamente como peces perseguidos. Tal vez Eduardo seguía soñando con Andrea, la mujer del cuadro.
Que irónica era su vida, pensó Pilar. Jamás imaginó que volvería a ver a esa golfa en su vida y menos, que le arrebatará nuevamente el amor.

Recordó ese Marzo sofocante, callando lo que todo Lima ya sabía: Enrick Fadden, su novio inglés, se había largado con Andrea la de los ojos azules, llevándose el patrimonio de la familia Rondón en las maletas. Revivió los meses siguientes, sonriendo mecánicamente, fingiendo una dureza que no tenía, para que el mundo no sepa de su dolor y se regocijara con eso. Para que nadie sepa, que Pilar Rondón se moría por dentro, por culpa de esa golfa, de esa Andrea que ahora le arrebataba también a Eduardo. Los ojos de Pilar volvieron a mojarse al contemplar su destino de pieza secundaria en una historia que ya no era la suya. Acarició el cabello de Eduardo y se levantó de la cama, llena la memoria de un dolor mil veces saboreado.
Tomó su ropa del suelo y bajó desnuda las escalerasde madera. Ya no volvería a pasar nunca más por eso.

Cuando Eduardo se levantó ese domingo, se halló solo en la cama vacía. Buscó en todas partes, pero Pilar se había ido. Sintió de pronto un recuerdo común a toda su niñez: Sintió Miedo. Corrió al pasadizo y tumbó de un golpe la puerta de Pilar, pero ella ya no estaba. Una vez dentro, el dolor en su costado izquierdo se hizo aun mas intenso; sintió que sangraba de nuevo y se apoyó en la pared. El departamento de Pilar estaba vacío, solo sábanas blancas cubrían algunos de los muebles. Ya no estaban las lámparas naranjas, ni las plantas artificiales que él recordaba. Tampoco estaba ella.

Caminó hacia la habitación, ahora vacía con la esperanza de encontrarla allí, pero no había nada, solo un portaretrato gastado.
Era la fotografía de una mujer de cabello recogido junto a un hombre rubio mucho más alto que ella y de mejillas sonrosadas, en una pradera verde. Casi irreconocibles, eran ellos Enrick Fadden, su penúltima víctima, abrazando a una bella Pilar sonriente y genuinamente feliz.
Tomó el aro junto a la fotografía y se dio cuenta de todo.
“La novia peruana murmuró” sombrío, recordadno las últimas frases del gringo Fadden.

Cuando Andrea desapareció hacía 4 años llevándose todo el dinero de la operación y dejándolo endeudado con Montes de por vida, lo único en claro para Eduardo fue que su mujer acababa de huir bajo sus narices con el inglés Fadden, uno de los contactos de la operación en el exterior. Todo entonces se hizo trizas. Si de inicio pensó que Andrea había sido utilizada por el gringo, pasado el tiempo se dio cuenta que era Andrea la que no quería volver a él.
Le tomó cuatro años a Eduardo seguirles el rastro y hacerlos pagar por la deslealtad, por el dolor causado. Cuatro años tras ellos y cuando al fin lograba vengarse, también perdía a Pilar.Ahora ella lo sabía todo y se había ido para siempre, la casa vacía lo evidenciaba. ¿Cuánto tiempo había esperado oculta en su departamento? ¿Cuándo supo quien era él?
¿ por que no llamó a la policía?
- Por qué Pilar! - clamó, sin darse cuenta. Ella le dolía ahora, mas que todas las demás heridas juntas.
Salió a la terraza y aspiró el olor a iniciensos y flores húmedas de esa mañana de Octubre sin milagros y encendió un cigarrillo que no pudo terminar de fumar.
-Pilar- volvió a murmurar para si y sonrió al pensar de que forma esa mujer frágil había acabado con su pasado de un solo tiro a esa pecera llena de recuerdos infames. Ya no había mas un Eduardo Glez, su identidad también había desaparecido. El acababa de desaparecer igual que Pilar en alguna vereda de su propio laberinto de amor sin amor.

Volvió a tomarse del costado que aun le sangraba un poco, ya no había tiempo que perder, pronto los hombres de Montes intentarían vengar la reciente muerte de Andrea.

Lima se extendía ante él caótica e indolente y él estaba preparado para hacerle frente, igual que siempre, porque en el destino de los hombres solos como el, no hay espacio para amedrentarse por la falta de amor, solo queda seguir adelante.
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