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Lucha de Gig@ntes


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¿Sabes que haré la próxima vez que me enamore? Iré lento y sin prisas. Amare con paciencia y con calma. No te rías, que yo !hasta en el amor soy ansiosa! A veces la pasión se apodera de mi y hace de mi cariño un abrazo desesperado, un beso que ahoga, un amor que asusta. La soledad es mala consejera, nos da esa cara de insatisfacción, esos ojos tristes, esa facilidad de ilusionarnos por cualquier cosa. Nos hace vulnerables. Por eso que estoy aquí en mi proceso de cura, porque ya no quiero acercarme a nadie.
En el mar de la soledad, los que andamos a la deriva nos aferramos a cualquiera que se acerque a ayudarnos y lo terminamos ahogando.
En ese afán de salir a flote prontamente de la soledad que nos abruma, de ese clima melancólico en que nos dejó la mas reciente de nuestras heridas, damos manotazos de ahogado, nos desesperamos, terminamos alejando de nosotros a las personas que amamos. Por esa prisa que hace daño al momento de amor, ese apasionamiento que consume rápidamente cualquier posibilidad futuro. Por eso, la próxima vez, yo amaré con paciencia o eso he de intentar.

Y ocultaré que escribo,
que alguna vez confesé mi vida en una bitácora de uso público, que pasé por un momento depresivo tal, que a veces me sorprendí a mi misma con lagrimas corriendo por mis mejillas a plena calle. Ocultaré que la soledad me jugó trampas de ilusión óptica y creí ver amores en donde solo había hombres buscando sexo casual, que mientras duró ésta ilusión fui feliz, aunque luego me derrumbara semanas enteras y que eso me ha hecho la persona que ahora soy, mas cuidadosa con mis afectos, mas paciente con el amor.

No acapararé la conversación hablando de mis ex novios, o de mis anécdotas de colegio. Tampoco diré que escucho esa música no comercial, algo dark que solo sirve de fondo a las películas que prefiero. Dejaré que eso se devele poco a poco y haré de mi un misterio.
Porque la honestidad en la boca de una mujer es una bofetada que hace correr a cualquier hombre,
que te vuelve amiga y no novia, que quita la ilusión de los que desean ir por el camino ciegos. Porque una mujer debe ir maquillada a la primera cita, sin explicar en que reside la magia de verse bien, sin contarle al hombre como se rizó las pestañas o delineó los labios, como puso tonos mates a su cutis y puso sombras oscuras en las cejas. Eso quita el hechizo. Ya lo descubrirá él por si mismo y un día se apoyará en el espejo para ver ese proceso de convertirse de bruja al natural a bruja bella y me tomará del talle y me susurrará “you look wonderful tonight” como alguna vez me lo dijeron. Y yo sonreiré feliz, porque sabré que es cierto. Porque entonces la magia del amor, consistirá ya no en parecer bonita, sino en mostrarle el proceso que me lleva a ello y el hombre que me amé aceptará también ese hecho y querrá ser parte de mi crecimiento.

Así, que solo diré lo preciso. Lo que se debe oír en una primera cita: Que soy médico, que me fascinan las tortas de chocolate, que canto en la ducha y que soy una buena chica porque intento no hacerle daño a nadie. Diré, si me lo preguntan, que dejé la virginidad a los 21 y que luego lloré dos días, porque una parte de mí creía que llegaría inmaculada a la noche del matrimonio. No, mejor no diré eso.
Obviaré la parte de los llantos, porque a ningún hombre le agrada una mujer llorona, eso se aprenda a tolerar sobre la marcha.
Diré solo que me gusta escribir, pero que ya lo he dejado. Para que nadie sepa ésta parte de mí que es fácil de ver a través de una pantalla, pero difícil de aceptar para sí. Ocultaré mi carne trémula, mis textos torcidos, mi ojo a punto de llorar y sonreiré como siempre: Hola mi nombre es Laura y ya no busco enamorarme, ya aprendí a caminar sin prisa.
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