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A puerta cerrada (1)

Yo fui siempre una niña buena. Crecí haciendo de mi vida locuras inocentes que hacían reír a mis padres, investigaba el mundo a mi forma y ellos me dejaban crecer sin mas limites que la frase típica “cuídate que nadie cuidará de ti”.

Desconocía del amor y otras pasiones aunque ansiaba hallarlo. Mi descubrir de la sexualidad y el primer beso fueron algo tardíos. Cuando estaba por los veinte fue cuando me atreví a creer que los hombres no podían hacerte mayor daño del que tu permitías. No creo haber estado enamorada pero la ilusión de estarlo era enorme. Mi primer novio, mi primer beso y mi primera noche a solas fueron con el y todo fue vivido con la serenidad del que se siente correspondido.

El como yo, también había crecido como chico bueno y se entrego a mi sin excusas ni puntos ciegos. Hallamos en el amor juntos la felicidad del que se siente finalmente hallado. Nuestras coincidencias trascendían a las fiestas y tipo de reuniones a las que yo estaba acostumbrada. Nos conocimos a través de las letras, en cartas preciosas y llamadas telefónicas en que nos quedamos en silencio con la música de fondo. Curioso que a pesar de conocernos por años y frecuentar círculos de amigos en común, después de casi odiarnos por nuestras posturas distintas, solo hubiéramos tenido la libertad de mostrarnos tal cual éramos, sin mirarnos a la cara y esa hubiera sido la forma mas serena de hallar el amor, o lo que parecía serlo.

Esa relación dulce marcó el inicio de mi sexualidad. Me descubrí apasionada y capaz de romper muros y saltar por las ventanas. Ese amor me liberaba y hacía que lo arrastrara a él conmigo. Quería saber del sexo todo lo que fuera posible, vivirlo todo y recuperar el tiempo perdido, pero mi descubrir de la sexualidad trascendió el solo hecho de las posturas, el sudor o la frecuencia de nuestros encuentros. Yo quería hacer el amor en cualquier parte, bañarnos desnudos en la playa, correr sin ropa por los campos, hacer el amor con las ventanas abiertas. No era exhibicionismo, solo quería compartir esa libertad del cuerpo que recién descubría.

Un día, pasados cuatro años de casi noviazgo, en donde él fue mi apoyo en todo sentido y ya aceptada mi condición de “la novia de…” en vez de ser llamada por mi nombre original, comencé a descubrir que tal vez necesitaba irme. El último año habíamos pasado las 24 horas juntos, trabajando, peleando y riendo…había sido un año fatigante, en donde nuestras personalidades y temores habían salido a flote en el marco laboral. Fue como una prueba al vacío que estábamos a punto de pasar a duras penas, antes de dar el gran paso.

Era jueves y yo salí del hospital después de guardia, a caminar por el parque cercano. Sentía frío quería un café y algo de sol después de casi 36 horas de estar metida allí. Sin querer me fui perdiendo por las calles y llegue a un Internet. Durante 4 años no había entrado a uno de esos lugares, me senté y me conecté a una sala de Chat y empezó todo.
Me pase las dos horas correspondientes a mi almuerzo hablando con un total desconocido y me sentí tan plena, tan liberada, tan mujer…tan yo, como hacía tiempo había olvidado que podía ser.

Ese viernes hice el amor con mi novio, las relaciones fueron vividas con una intensidad inusitada, 100% mejores…¿ la razón? Yo lo hacía pensando en un desconocido.


Las semanas siguientes reflexione sobre mi vida, mi relación de pareja, lo que esperaba los años siguientes, no estaba lista para esa relación duradera que se encaminaba al altar sin obstáculos. Fue entonces que decidí hablar con el y ponerle el puñal en la mano.


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