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De esas noches en la tina

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A mi me agradaban los baños de tina, pero no a solas. Me agradaba los baños compartidos. Esos en que la soledad se reducía a su mínima expresión y podías sentirte de alguna manera acogida.

Detestaba las camas enormes, esas en las que aun durmiendo con la persona que amas, lo sientes tan lejano como una sombra a la orilla de tu olvido. Yo no lograba dormir en las camas enormes, es más. No creo haber dormido nunca. Cada vez que hacía el amor, mi cuerpo se quedaba lánguido y después del periodo feliz de mente en blanco, me quedaba con los ojos abiertos pensando en todo, mientras el otro dormía.

Y claro, yo cuidaba su sueño y trataba de caminar de puntillas fuera de la cama e ir a ver TV a otro cuarto, leer en el baño, sentarme a ver la ciudad con todas sus luces prendidas a mitad de la noche. Hacer de todo hasta que el cansancio me hiciera dormir llegando la madrugada.

Yo siempre me sentí sola en las camas enormes, me agradaban mas las camas pequeñitas, en que podías dormir abrazada de la espalda de alguien o sentir su respiración cerca de tu oído hasta que te quedaras dormida unos breves instantes.
Antes que el deseo empezara a tocar de nuevo la piel y lo arruinara todo... de nuevo.

Pero lo que mas me agradaba eran lo baños de tina. Porque a pesar de todo el contacto que pudieras tener, era casi imposible hacer otra cosa que no fuera simplemente acariciar y hablar tranquilos. Sentados en el agua tibia, a veces callando, pero juntos. Eso era mucho mejor que dormir en una cama pequeña, era mejor que el deseo, que tener sexo. Para mí eso era realmente hacer el amor.

Me agradaba ese abrazo jabonoso, las cosquillas en las plantas arrugadas por el largo contacto con el agua. Tocarse las yemas de los dedos mientras la música sonaba desde la otra habitación y sonreír como tontos sin decir nada. Me agradaba que pudiera dar mas amor en una tina en donde no se puede tener sexo, que en una cama acolchada y enorme para hacer todas las maniobras de circo que imaginan los que viven esperanzados en compartir buen sexo.

Hay algo sin embargo que fue mejor que un baño de tina, que el abrazo en una camita pequeña, que las maniobras en una cama gigante, para sentirme acogida, no diré amada porque tanto escuchar sobre el amor, ya me parece un animal demasiado grande del que todos conocen nada mas que las uñas.

Ese algo fue mi primer baño a manos de un hombre.

Eran los tiempos de la tierra del olvido, cuando vivía en un mini departamento sin agua caliente, en que los inviernos eran fríos y yo me bañaba con agua helada dando gritos para darme valor. Cantando y maldiciendo a la vez para que eso no me hiciera sentir el frío de Junio en el agua congelada.

Pero el día que él llegó todo cambiaría, recuerdo ser bañada con tazones de agua tibia, calentada previamente por él en varias ollitas blancas. Su polera remangada hasta los codos y el agua salpicándolo todo en mi pequeña ducha de cortinas amarillas.

Recuerdo que a pesar del frío de esa tarde, me enjabonó como una niña, me lavó el pelo, me enjuagó esa cabellera con la que nadie se atrevía a meterse, me lavó la espalda con una esponja azul que raspaba como un lijar y luego me envolvió en la toalla grande y me cargó hasta la cama como si fuera una pequeña. Su pequeña.

Y yo fui feliz, porque ignoraba que esas cosas pudieran hacerme sentir tan bien, tan protegida. Por un instante en la vida tan amada. Luego me puso el pijama y me acostó en la cama. Fue la primera vez que me quedé dormida con alguien. Solo puse mi cabeza en su pecho y dormí hasta el día siguiente.
Sin pesadillas, sin nada que interrumpa mi vida como un sueño.

No he vuelto a pasar por algo así hace mucho tiempo, dudo que me vuelva a suceder. Sentirme acogida, amada, sin dudas en el horizonte. Poder dormir hasta el día siguiente sin mil ideas para escribir en una hoja en blanco. Poder dormir sobre el pecho de alguien sabiendo que de alguna forma yo también vivo allí adentro, donde algo late por mí y para mí.

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