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De camino

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Ayer salí a caminar. Fue a la mejor hora de la tarde, cuando las tiendas están abriendo de nuevo y no hay demasiada gente en las calles. El sol entonces cae lenta y tibiamente por toda la ciudad, pero sin colores granates. Solo una luz dorada, que hace ver las cúpulas de las iglesias mas limpias, los balcones más antiguos, los jardines más verdes.

Yo paseo por la ciudad, sin mucho arreglo en la cara. Solo con una cola y ropa de deporte. A decir verdad, no entré a la ducha ayer. Me vengué el hecho de haberme tenido que bañar y despertar temprano el domingo. Salí con el buzo negro y las zapatillas azules, tan planas que parecen de ballet.

Eso me agrada, me agradan esas zapatillas, que me hacen sentir todos los detalles del suelo. Que me hacen deslizar por las veredas enlucidas, como si fueran patines, como si viajara sobre agua. Me agrada eso, también dar pequeños saltos mientras camino, al principio sin darme cuenta, luego conscientemente. Ayer hice una imitación de pasos de baile. Dos o tres saltos como bailarina de ballet en una ancha vereda. Unas chicas se me quedaron viendo con cara de horror. A mí me hizo reír su expresión, yo también me hubiera visto con cara de horror, pero ya deje de verme desde fuera.

Caminé cuadras de cuadras y hasta hice una curva para volver a casa, compré baratijas y pensé mucho. Fueron en su mayoría recuerdos, ideas dispersas y canciones. Esta vez no caminaba con el discman, quería oír el ruido de la ciudad, de los gritos de la gente, del llanto de los niños, de las bocinas de los autos, de la música estridente saliendo de las tiendas, del murmullo creciente de una ciudad que está viva. Esa es la música que oía ayer y le iba poniendo letras, notas musicales, coreografía. Cada persona era parte de eso y yo tenía el lujo de poder verlos desde mis ojos. Como si viajara en un caballo de Troya y solo fisgoneara a través de los ojos. Esperando la noche para descubrirme sin ropajes. Esperando la noche para atacar la ciudad.

Volví a casa y crucé el puente cuando ya era de noche, el viento se coló por todos mis rincones. Yo seguía con la gorrita de deportes caminando, esperando llegar a casa y preparar algo rico. M eencanta cocinar cuando estoy feliz, puse esa música de Peruvian Waltz Chill Out y me lancé a cantar un poco.
Me puse las pantuflas de osito, esas que él dice que no son nada sexy y me dispuse a preparar esos huevos revueltos con jamón que solo como en las mañanas. Al sacar los huevos estaban congelados. No podía creerlo, los trataba de romper y el cascarón no se quebraba solo se abollaba como la cubierta de un auto. Los huevos eran pesados, había solo hielo por dentro. En unos días se habían congelado y yo no podía romperlos. Pensé que se parecían a las personas que conocía, tan frágiles por naturaleza y de pronto en un medio preciso se hacían duras, irrompibles, de hielo. Ahora ya no podía quebrar un simple huevo, esos que protegía contra mi pecho al venir del mercado, ahora solo eran pedazos de hielo con una corteza irrompible.

Las personas que he conocido son iguales. Un momento piensas que puedes romper la cáscara, llegar a conocerlos, eres feliz de saber que podrás saborearlos, pero no. El medio en algún momento los volvió duros, aun estrellándolos contra el suelo, el cascarón apenas si se romperá, su naturaleza frágil es solo un recuerdo. Es preferible negarse la posibilidad de un huevo irrompible, de una persona insensible. Es mejor tirarlos a la basura, al fin y al cabo no sirven.

Ayer cogí otros huevos, me hice una tortilla con jamón y orégano. Preparé un milkshake de fresa. Me senté a ver una película hasta media noche y dejé los huevos en la mesa.
Tal vez sean como las personas que conozco, bajo el medio adecuado puede que vuelvan a ser las de antes. Sin embargo, eso es solo una esperanza.
*
"En el parque"/Taure
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