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" LA BEGONIA"

Al amanecer del quinto día Dolores vio las flores de la ventana congeladas en sus tiestos. Era extraño pues esa noche ella había dormido tibia y segura en el lecho se sábanas amarillas; pero al abrir la ventana allí estaban los geranios congelados y las begonias cerradas, en un grito inmóvil de auxilio que ella no escuchó mientras dormía segura.

Se colocó la bata lentamente y se dirigió a la cocina a buscar algo para empezar el día. La costumbre de iniciar el día con algo del frigider le venía desde la infancia. Desde esas noches de insomnio a mitad de la adolescencia con la gastritis que la despertaba con ese dolor profundo en el estómago como una patada asesina recibida durante el sueño.
Buscaba entonces cosas frías, frutas, leche directo del tarro, cualquier cosa. Algo para aplacar ese dolor que quemaba en el centro de su cuerpo y que no calmaba mas que con alimentos del refri.

Ahora a pleno invierno ella permanecía con esa costumbre, de vaciar en su garganta los fluidos helados y el yogurt espeso. La voz le había cambiado, es cierto. Pero ahora le agradaba más su voz ronca de mujer adulta. Eso también se lo debía al frío. Su faringitis crónica le había logrado hacer una voz que sonaba sensual por el hilo telefónico, aunque ella solo dijera: Lo siento, No estamos interesados.

Javier dormía bajo las sábanas echado boca abajo, como todas las veces. Feliz entre sus sueños de asfixia, soñando con mulatas exóticas y con rubias de todas las tallas. Dolores, había aprendido a levantarse sin molestar su sueño, caminar con sigilo al refrigerador, ponerse la primer cosa fresca que hallara en su camino, a la boca y quedarse junto a la ventana viendo como cada begonia se desperezaba de su traje de sueño.

Ahora, en cambio, debía conformarse con ver a las flores congeladas y mustias en el alféizar de su ventana y sentir el ronquido lejano de Javier que dormía como un cansado minotauro en el lecho común.

Hace mucho que esa vida le cansaba. Miraba por la ventana con los ojos llenitos de recuerdos de un futuro que hilaba como grandioso en la infancia y que ahora se alejaba cada vez mas.
Recordaba el dolor de los 11 años, cuando amaba a ocultas a los chicos mayores, a los cantantes de moda a todo aquel con apariencia de hombre interesante y ella solo suplicaba en silencio que pudiera cumplir 16 años para poder ser interesante a sus ojos. Dieciséis años era el límite para su vida pasada y para sus sueños futuros. A los 16 se imaginaba con una figura capaz de despertar envidia y apta para ser mirada por los ojos de los hombres que ella amaba. Sin embargo, llegada a los 16 años y con su poca fortuna., él único hombre en mirarla había sido el profesor de matemáticas, acabando en un romance que le costaría no solo un aborto, sino también salir para siempre del pueblo donde había nacido.

Ahora ella estaba tan lejos. Recordaba con angustia, la efusión de enormes coágulos sanguíneos entre sus piernas, producto de la operación y el dolor intenso en el vientre, como si de una vez por todas hubiera sido también eviscerada de sus sueños. Parecía que todo rasgo de inocencia se hubiera quedado pegada en la pinza de aros con la que terminaron de sacarle el último fragmento de vida que crecía dentro suyo.

Las lágrimas caían ahora calientes por sus ojos de adolescente, sin poder recurrir a nadie que dijera una palabra de consuelo.

Cuando el profesor Martínez le dijo que mejor te vas porque en le pueblo empezarán a hablar, ella entendió que probablemente ese aborto no era solo una señal de desgracia, sino la puerta rara a un futuro que le permitiría salir de ese pueblo sin nombre y acercarse un poco a la vida que ella había soñado para sí, desde que abriera los ojos al mundo.

Dieciséis años, fue efectivamente un límite para ella. La inocencia había terminado y no había nadie en el mundo para protegerla, o al menos compadecerse. Siempre había admirado esa suerte de sus amigas con madres y abuelas que decían “pobrecita” a la primera que algo no resultaba. A ella nadie le había dicho nunca algo parecido. A lo máximo una frase que le dijera “ya sabías en lo que te metías”. De pronto la lástima ajena se había convertido en un bien tan preciado como el mismo dinero.


Pero esa imagen infantil de lo que tienen los otros para darte, también cambió con el tiempo.
Ya no le agradaba la lástima, el “pobre niña” de los labios de extraños. Esa frase le apestaba como la sensación de recibir migajas cuando una se muere de hambre. Esa palabra de pronto le licuaba todo propósito de enmienda. Ella no era la “pobrecita “ de nadie, ya había pasado demasiado tiempo sola para contentarse con esos caramelitos para minar voluntades.

El piso de la cocina era helado y ella encendió la hornilla para poner el café. Javier no despertaría hasta dentro de una hora, pidiendo su café negro, antes de salir al trabajo.

Que suerte había sido hallar a Javier después de todo. El no le había dicho pobrecita, ni le prohibía gemir en los orgasmos como si lo había hecho el profesor Martínez en medio de los efluvios de sexo en la escuela. Javier la dejaba ser y la hacía sentir mujer, no en ese momento de tomarla, tirarla, gritar y llegar; sino a diario, cuando lejos de conmiserarse de su estado, la trataba con la dureza del mundo, haciéndola sentir que era fuerte para soportar también el dolor de la indiferencia y no como una víctima de su circunstancia.

Javier la amaba a su forma. A su forma tosca de pocas maneras y pocas palabras, pero la amaba. Ella lo sabía. Jamás la había golpeado y aunque su voz era gruesa, jamás levantaba la voz para gritarla. Solo era distante y frío como el mismo mundo en el que había crecido. Simplemente estaba, aunque jamás estuviera realmente.
Por la ventana se extendía la larga calle, por donde aun nadie transitaba y ella sentía que todos los sueños que tejió de niña, de pronto se diluían en esa vida de comodidades silenciosas y de un marido inexpresivo que la maba a su forma.

Dolores volvió a ver las flores congeladas, de pronto se sintió como ellas. Con la vida segada de tajo a la mitad de su color mas vistoso. Seguían allí, no habían llegado a marchitarse, pero estaban muertas dentro de su maseta, con el corazón congelado, inmóviles, incapaces de huir de una cárcel que antes las protegía. Una flor muerta, eso era Dolores, ahora. Una flor congelada que nadie sabía bien como revivir.

Ella, abrió la ventana y trajo una de las masetas consigo. Arrojó su aliento maternal sobre la flor que ahora lucía muerta bajo la escarcha. El hielo se hizo gota y el color de flor coloreó el ambiente taciturno de la cocinita vacía.

“Tal vez reviva”- pensó mientras contemplaba la frágil begonia perder su capa de nieve. Y acarició el tallo como si se tratara de algún fruto de su vientre.

Javier se levantó de la cama, era el quinto día del año y debía volver al trabajo. Dolores se apresuró a servirle el café caliente y a ocultar la flor resucitada. Nadie tenía porque saber que en medio de su pecho se comenzaba a entibiar una frágil esperanza, de escapar de su cárcel junto al buen Javier. Apenas tenía 22 años, a esa edad nadie se muere por intentar vivir a la intemperie.
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