Manos de Mujer

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Mi madre hace mermelada de tomate. Ese olor dulzón comienza a filtrarse al resto de la casa. Pasa bajo las puertas, se cuela entre las rendijas, se queda bajo la nariz, volviendo la vida un poco mas roja, un poco mas de almíbar, un poquito mas casera.

Hay cosas que solo saben hacer las madres. Que no logramos ni queremos aprender a hacer, pues algo exclusivo de ellas. Como si eso formara parte de su secreto. Mi madre me dice que todo se aprende mirando, que ella aprendió a cocinar mientras veía a la suya hacerlo. No se le permitía ensuciarse las manos con esas labores, ni oler mal, ni estropearse las manos. Mi madre era hija única y solo miraba y aprendía.
A veces me imagino su crianza como a la de una muñeca bonita, con vestidos de terciopelo, mimada por todos, ignorante del dolor del mundo.
Imagino la primera vez que mi padre la vio con su caminar derecho, su largo cuello y su boca cerrada y pequeña. Imagino sus manera tímidas, su voz bajita, sus ojos negros. Ese rubor de durazno coloreando sus mejillas. Todos recuerdan su belleza de flor y no entienden como pudo casarse con mi padre, se lo comentan a menudo entre bromas que me suenan a cuchilladas en el aire.
-No entiendo, cómo te casaste con él -dicen entre risas.

Yo tampoco lo entiendo. Imagino sus manos suavecitas de quien ha sido criada para ser adorada desde lejos y su transformación a manos de esposa, de madre y ahora de abuela. No se cómo pudo hacerlo, como se volvió una mujer tan fuerte sin dejar esa suavidad de lado. Como pudo sobrevivir 40 años al lado de mi padre, tan apasionado, tan loco, tan diferente a ella. Como pudieron volverse cómplices sin tirar la toalla a la primera, como pudo ella dejar de ser la niña delicada para convertirse en una mujer de esa entereza.

Veo a mis hermanas y me alegro de ser la espectadora de esos cambios que solo puedo adivinar en mi madre. Esos cambios graduales de hija a esposa y de esposa a madre. Como mis hermanas pasan de niñas a mujeres y de pronto parece que su mirada se llenara de un velo de experiencias varias y su sonrisa se hiciera mas ancha. Veo sus manos suavecitas de quien se ha pasado la vida estudiando, convertirse en manos fuertes que acogen, que abrigan, que defienden. Yo solo observo, algún día mis manos han de cambiar igualmente.


Mi sobrina pequeña pone su carita entre mis manos y la ladea acariciándose contra mis palmas, con una sonrisita de ángel que me desarma entera.

- Me gustan las manos de la tía.
- ¿Por qué las de ella?-
le pregunta su madre
- Son mas suavecitas que las tuyas y...siempre huelen rico.
Mi hermana cambia de ánimo, le responde que es porque la tía no colabora en nada, no trabaja.

- Sus manos suavecitas porque es una inútil- le responde a la niña. Cualquiera diría que se ha ofendido pero luego ríe burlándose, con esa risa suya que mi padre llama de chorrito de agua cristalina.

Yo me quedo riendo tambíen ante esa respuesta tan suya. Resulta irónico que de niña yo también admirara las manos de mi hermana, por ser suaves y siempre oler rico. Quería crecer y tener sus manos adornadas de pulseritas delgadas y sus dedos largos de uñas bien recortadas.
Y ahora su niña prefiere mis manos inútiles. Distinguiendo que huelen bien porque siempre pone su nariz en mis palmas de líneas vacías.

El olor a mermelada de tomate lo ha inundado todo. Tengo fe que el secreto de cómo prepararla me sea dado en el momento preciso de que mis manos estén listas para convertirse en manos de madre, esposa y abuela. En manos de mujer que puede dar belleza y amor en cada cosa que se propone llevar a cabo. En manos fuertes que defienden lo que es suyo, pero jamás niegan una caricia a nadie.
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