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El señor de Badajoz

Capitulo I>>>>
Las mujeres nos guiamos siempre por simbolismos. Eso rige las vidas de algunas de nosotras. Por muy racionales que algunas parezcamos, todas siempre nos terminamos guiando por simbolismos. Eso es lo que los hombres ridiculizan llamándolo sexto sentido. Eso es lo que nos acaba y nos levanta.

>>Los hombres en cambio son de ideas mas romas, mas concretas. No se van por las ramas. Dicen la estupidez que se les venga a la cabeza sin demasiados rodeos y eso es lo que las mujeres denominan TTM: Torpeza Típica Masculina. Aunque en realidad no lo sea, también las mujeres caen en la misma idea necia pero no la vacían así, sino que la saben adornar de palabras bonitas, de eufemismos, cada palabra mencionada por los labios de una mujer va perfumada por ese aire místico, de palabras raras utilizadas a tiempo y con la cocción mental adecuada. Así que simplemente los hombres caen, se enredan, se enamoran de su misma idea estúpida pero dulcificada por los labios de una mujer.
A ese tipo de mujer los hombres suelen llamar "Diferente" y el resto de mujeres (menos atípicas, menos simbólicas, menos sexto sentido) llaman "Raras".

>>Es triste ir por el mundo siendo alguien "raro"; en primer lugar porque a nadie realmente le gusta ser diferente, pues ello implicaría muchas responsabilidades con el resto del mundo normal. Ser "diferente" es tener que ser diferente a la hora de comer, a la hora de dormir, a la hora de reír etc. y andar con la duda de si se es realmente "diferente" a la hora de compartir los roles comunes o solo es una imagen sesgada que la otra persona tiene de uno. Ese tipo de personas "Diferentes" puede acabar en la paranoia de creer que todas las personas creen que "es diferente" cuando en realidad no lo es....O si?

>>Es algo cómico como la mayoría de la gente va por el mundo buscando a su tipo de hombre o mujer "diferente" obsesionado con la idea de apropiarse de ese tipo de persona, de poder contemplarla todo el día, desenvolviéndose naturalmente en una atmósfera propia plagada de simbolismos y aromas extraños; extasiados frente a sus maneras raras de afrontar la realidad roma e igual para todo el resto de mortales y conscientes de no poder hacerlo así se lo propusieran concienzudamente.

>>Yo conocí a una de estas personas, su nombre Sebastián Robles, encuadernador de libros, 40 años, un hijo a cuestas, rostro amable, maneras educadas, de convivencia sólida con una mujer no solo bonita para su edad madura sino también inteligente dentro de su campo, buena madre, tez blanca, 1.60 de estatura, cabellos y ojos marrón, en resumen una mujer común, de las que abundan por el mundo. Simple y común.

El día que Sebastián Robles reparo en ello no fue un día común, sin embargo. Era un día martes, brumoso y frío, común para Badajoz, pero no para Sebastián, pues era día 13 y ya desde su infancia él temía de manera oculta e inconsciente ese número trágico. Ignoraba la causa. Tal vez fuera su madre que le había inculcado ese temor a lo desconocido. Tal vez en la escuela, cuando le dijeron que por su apellido le correspondía la banca numero 13 del puericultorio y todos los demás niños lo miraron asustados.
Tal vez se debía a que 13 eran los medios hermanos de su padre, los que le arrojaron de su casa natal en Cádiz despojándolo de su corta herencia. Pero mas que todo eso, Sebastián temía que fuera cierta la verdadera razón por la que odiaba y temía aquel numero 13.
Que el numero 13 era un número primo y los números primos eran naturalmente solos... "solos divisibles entre si mismo y la unidad" esa frase se la conocía de memoria y siempre le había generado melancolía. Que aun en los números el uno pudiera estar mejor acompañado que un número primo. Y el peor de todos, el lo sabia era el 13, el número solo por naturaleza y Sebastián odiaba la soledad, desde siempre la soledad era un sino que intentaba apartar de su camino, con desventaja.
La soledad era la razón por la que se había unido a Carmen. No por sus pecas graciosas en la nariz y los hombros, que a todos sus amigos le gustaba contemplar; no por su diplomacia en contabilidad, que el admiraba y envidiaba; no por saber que seria una buena madre incluso antes de concebir. Sino por esa palabra mala que le atosigaba el sueño desde chico y ahora ya en la edad madura, al umbral de la verdadera vejez le causaba insomnio y llantitos de perro al amanecer cuando se daba cuenta que todo lo conseguido no lograba suplir esa gran oscuridad que significaba estar solo, sentirse solo dentro de si mismo un lugar inhóspito donde ni siquiera Carmen con todo su amor maternal había podido ingresar, ni en los primeros años de unión, cuando ambos aun creían en el amor.

>Era martes y peor aun, era 13. Sebastián se levantó sabiéndolo; cansado antes de tiempo por el insomnio de 3 noches antes. Se sentó pesadamente en la cama y sin querer pisó el suelo frío con el pie izquierdo en la búsqueda infructuosa de su pantufla izquierda. Nada podía ser peor! Sebastián estaba realmente desplomado anímicamente. A su lado Carmen respiraba pesada y confiadamente. Odiaba cuando eso pasaba. Todos sus insomnios tardíos eran peores cuando veía a Carmen reposar sobre la almohada roncando a pierna suelta con uno que otro flato desperdigado debajo de las frazadas. En esos momentos Sebastián la odiaba real y visceralmente, odiaba el momento en que aceptó que ella se mudara a su casa, el momento en que ella se metió a su cocina y le hizo saber tácitamente que ella podía ser mejor cocinera que el. Odiaba que hubiera invadido esa dolorosa soledad auto inflingida y le haya hecho creer sin ningún remordimiento posterior, que la soledad podía ser menos cruel si era compartida. Nada más falso. Solo bastaba ver a Carmen retozar tranquila a su lado y saber que nada podía ser peor que eso. Su ronquido tranquilo era una burla para el insomnio congénito de Sebastián; significaba una burla para toda su vida entregada a obviar y odiar los números 13 que se le aparecieran en el camino.

>Era martes y era 13; y se levantaba otra vez con Carmen a su lado en un día frío que hubiera preferido no existiera. Ese era Sebastián Robles.
Ya frente al espejo se dedicó a espulgar una a una cualquier arruga que hubiera aparecido en su rostro aun joven, a revisar las canas en el bigote y en las patillas. Tal vez debería cortarse el bigote, pensó, así se libraría de esos malditos pelos blancos. Orinó sin prisas, pensando en la muerte de Carmen; era un pensamiento que lo absorbía tardes enteras; al inicio fue solo por casualidad y lloró de solo imaginarlo; con el tiempo, lo hacia con menos nostalgia y mas practicidad, pensaba por ejemplo, que haría con su ropa o que haría con sus cuentas en el banco. Cuanto tiempo debería guardarle luto o si era correcto llevarlo, si en la practica el no era realmente un viudo, al no ser tampoco realmente casados.
Ante la ley el seguía siendo soltero y ella, bueno ella pasaba a ser un óbito; esa palabra le hacia gracia, le sonaba a huevo. Pensaba sin piedad que Carmen al morir volvería a ser un huevo en la eternidad; un huevo que podría volver a ser fecundado y tal vez fuera ello el origen de la reencarnación. Que todos somos huevos, huevitos o huevones según sea el caso y siempre volvemos al inicio.

>En eso estaba nuestro Sebastián Robles, cuando oyó que Carmen despertaba e interrumpía sus pensamientos de casi viudo complacido. Se levantó diminuta y despeinada como era ella, se puso la bata gruesa sobre el pijama floreado y advirtió que Carmen no solo seria algún día un huevo, sino que ya tenía hasta el cuerpo de huevo. Que su cintura había desaparecido y que sus piernas eran delgadas y ásperas. Todo esto ya lo sabía con solo mirarla, porque en 11 años de convivencia ya podía saber a que sabía su piel con solo mirarla; y ese sabor ya no le gustaba. En realidad jamás le había gustado.
Su piel demasiado blanca, su cabello demasiado lacio, su voz demasiado dulce. Su conversación demasiado sosa. Alguien fácilmente dominable que lo había dominado por completo desde el primer momento y casi sin proponérselo. Le había hecho creer que el llevaba el control cuando fue todo lo contrario.
Aun recordaba su primera charla de enamorados cuando el se explayaba en la teoría de las derivadas y las integrales, hablando como un sabio ante sus ojos de avellana; se sentía, el rey, el macho ante la mujer pequeña, frágil y diminuta; no pasó tiempo antes de comprobar que ella con su diploma de contadora, sabia mas de números y de cuentas, facturas y vida diaria que el, con su secundaria mal terminada y su 3er puesto en el concurso de matemáticas del 4to año.
¡Que ridículo habrá parecido! Y ella no se lo dijo. Tal vez porque fuera demasiado dulce, la Carmen. O tal vez porque esas mujeres diminutas de ojos y tez bonitas siempre lo terminan dominando todo, incluso a los Reyes Anti número 13 que existían en Badajoz aquel verano del 83.

(2004)

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