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Cuento Sucio ( parte 14 )

Eduardo contemplaba los peces nadando silenciosos en su enorme pecera llena de castillos submarinos artificiales. En la oscuridad de la sala podia ver sus aletas de corores brillando en un universo ajeno a el. A veces el tambien queria ser pez, aunque el precio fuera no poder cerrar los ojos nunca más.
En el salón a oscuras Eduardo esperaba, aunque no sabia excatamente qué.
Desde niño habia tenido esa sensación de esperar algo que jamás llegaba, esa angustia de sentir que alguien tocará la puerta y el no estará listo para irse, que será dejado.
Mierda! el amor por Andrea resucitaba todos aquellos fantasmas que habia ido guardando en cajas de cartón a medida que crecía. Ella había venido a su vida y se habia instalado en su corazón sin pedir permiso, había comido de el, se habia hartado y en un minuto que el no lograba discernir en el tiempo, tambien lo habia vomitado en todos los rincones del mundo. Eduardo no sabía como reconstruirlo o peor aun para qué hacerlo.

Ahora la vida era otra vez como antes de ella..., no! era peor que antes...porque por un breve tiempo supo lo que era ese calor recorriendo el tórax antes que se de un abrazo y ese prurito nervioso en los labios que aun no atinan a dar el primer beso.
Todas las mujeres para el eran solo eso: Mujeres; pero cuando llegó Andrea a su vida, surgió de pronto un sentimiento extraño de años de orfandad en un mundo adverso, habia sentido el grito de una soledad que podia al fin ser callada, le habian dolido mas todas sus heridas al saber que podian ser curadas.
Que Ella podría curarlas. Aunque eso tambien fuera mentira.
Cada uno de esos peces coloridos en el agua eran Andrea escapando de su vida y dejándolo de nuevo perdido y solo en un mundo en donde el se ahogaría de hecho.
Eduardo fumaba a oscuras esperando ese no se qué, que jamás llegaba. Ese no se qué, que jamás se iba del todo.

Mientras, en la calle vacía cerca a la medianoche, caminaba una Pilar sin bragas con la cajetilla de cigarros intacta entre unas manos ya heladas, sin atreverse a encender uno. Caminaba a solas como todas las veces antes, sin extrañar a nadie, ni sentir ser extrañada por nadie. Al llegar al edificio abrió con dificultad la puerta y se quitó los zapatos para subir en silencio, por las escaleras de piedra laja.

En la soledad de la noche Pilar podía sentir el roce de sus pantimedias aun húmedas de si, despertando a todos los inquilinos con sus ecos prohibidos.
Llegó al segundo piso y pasó delante de la puerta de Eduardo que a esa hora seguro dormia. Por un momento echó una larga mirada a esa puerta que tantas veces habia querido tocar. Esa noche mas que cualquier otra.
Abrió la puerta empujando los recibos y demás correspondencia a sus pies al hacerlo. Encendió las luces tenues de la sala y revisó uno a uno todos los pagarés, las cuentas, las promociones. Correspondencia inútil como siempre. Destacaba entre ellos un sobre amarillo con el nombre de Eduardo Glez en la portada. De seguro el conserje había confundido las correspondencias.
Pilar se quedó acariciando el sobre entre las manos como si fuera la propia piel de Eduardo. Se sentó en el sofá y revisó el sobre.
Al parecer era solo una cinta de video, se preguntó por primera vez en que podia trabajar Eduardo para que le enviaran una cinta de video a casa. Tomó una copa de vino y la degustó lentamente, la curiosidad la mataba, quería abrir el sobre sellado pero no podía permitirse ese lujo.
El sueño la invadía, se abrazó al sobre amarillo e intentó soñar con Eduardo. De pronto sintió poco a poco ese cosquilleo en los genitales que le provocaba el vino tinto y la imagen del taxista con el que acababa de tener relaciones relampagueó en su memoria con la angustia del remordimiento, haciéndola temblar. Apuró el último trago de vino cerrando los ojos y se levantó del sofá. Tenía que devolver a Eduardo ese sobre, tenia que verlo antes de dormir.

Delante de la puerta de Eduardo, Pilar estaba parada con el cabello suelto, el traje arrugado y las pantuflas de casa. Era tarde para tocar a su puerta, probablemente el dormía, ¿para qué despertarlo? El valor comenzó a flaquearle y se arrepintió de su primera idea.
Depositó el sobre junto a la puerta y dio un paso para volver a su departamento, dejaría que el lo encuentre por la mañana, era lo correcto.

Al otro lado de la puerta Eduardo esperaba sin respirar con el arma entre las manos. Había visto una sombra detenerse en el brillo que se filtraba por debajo de la puerta. Imposible que fuera Guillermo. Alguien lo estaba buscando y el estaba preparado para hacerle frente, la muerte jamás lo tomaría por sorpresa.
La sombra se alejó sin ruido y entonces Eduardo abrió la puerta bruscamente, dispuesto a todo. Pero lo que vio lo asustó mas que la muerte.
Era Pilar.
Se sorprendió al verla frente a frente.Era la primera vez que lo hacía.
Se le veia cansada, jamás había visto a su vecina la Fiscal tan desaliñada, ni aun cuando regresaba de trotar. Ahora sus ojos estaban de luto y tenia en el rostro esa mueca que tienen las personas abandonadas por la suerte y que la volvía hermosa a pesar del rimel corrido y los labios despintados.
Eduardo guardó el arma en el pantalón por detrás de su espalda y la miró por primera vez a los ojos sin el menor recato de lo que ella pudiera pensar. Por primera vez no sentía esa petulancia usual en su mirada, parecía otra.

Pilar se sintió desnuda, el la acababa de hallar infraganti ante su puerta. Eduardo se veia ahora mas grande que en todas sus cavilaciones y ensueños. Su mirada ojerosa la sostenía en el corredor vacío, sin darle espacio a huida.
Miró aquella tez pálida y se percató de sus comisuras caídas en el mentón prominente. Se veía triste, ella podía reconocer a ese tipo de personas en cualquier lugar: reuniones, cocteles, juicios, bares para solteros, en los espejos de casa...siempre era la misma cara detrás de la máscara de aparente felicidad.
- Vine...porque...un sobre tuyo...suyo, estaba con mi correspondencia- tartamudeó Pilar, mientras Eduardo la miraba con curiosidad de niño grande desde toda su altura.
-Quise traerlo...talvez es urgente- siguió Pilar tratando de hilar ideas que salían por su boca sin mucha coherencia-supongo que es del trabajo..bueno...yo...te lo quise traer..- Terminó Pilar sin saber que había dicho.
Eduardo la siguió mirando, parecía no poder oirla. Era una mirada extraña que envolvía y desnudaba. Pilar sintió un punzón en los pezones mordidos por el taxista durante la tarde, se pregunto si Eduardo podia adivinar lo sucia que era con solo mirarla, si el olor a sexo podía percibirse a esa distancia.

-...Bueno siento haberte despertado- agregó Pilar, que se sentía con los pies clavados en el piso delante de la puerta de Eduardo- ...Buenas noches - y giró en sus talones rumbo a su puerta.

-Hoy no cantaste- dijo de pronto Eduardo

Pilar sintió un sobresalto al oir eso.Tenia una voz suave que contrastaba con su imagen imponente.
-No...hoy- y suspiró hondo evocando lo que había ocurrido durante la tarde- Hoy fue un día difícil- y al terminar de decir esto sintió un hilo en la garganta, quería llorar desde que salió de la oficina de su padre por la tarde, pero no había podido hacerlo. Siempre tenía que ser fuerte, ante todos siempre debía mostrarse fuerte y segura de sí.
Pero al ver a Eduardo enorme como una roca en la entrada, hubiera dado cualquier cosa por llorar en su abrazo y contarle de la maldita soledad que ya la estaba volviendo loca.

El notó su voz quebrarse en esa frase, Pilar se veía indefensa. Por un momento se le cruzó la idea de preguntarle que le pasaba, de tocarle el rostro y saber de que estaba hecha. Si acaso Pilar era igual que el, de esas personas que siempre lloran para adentro y asi se les va salando el alma para conservarla mejor del mundo externo; pero era imposible hacerlo, ambos siempre serían dos completos extraños.

- Mañana?- y ésa petición sonó como la de un niño a los oídos de una Pilar que se esforzaba por no llorar.

-Si, mañana - asintió tratando de volver su mueca de tristeza en una sonrisa que salió torcida y se metió a casa sin decir nada mas.

Por un momento se había sentido tan cerca a Eduardo...por un breve instante sintió que no estaba sola que podía llorar en el pecho de un hombre y que no se acabaría el mundo. Por un momento solo...

Eduardo vio a Pilar desaparecer tras su puerta y se quedó allí esperando ese no se que, que lo angustiaba siempre.
Luego recogió el sobre de manila del suelo y entró a casa.
Era el video, esta vez lo enviaba Almerón, las cosas se estaban poniendo difíciles, los plazos se acortaban. Pronto sería Setiembre y aun no tenían el dinero necesario para completar la operación. Cerró la puerta tras de si y puso la cinta en el reproductor.
No dejaba de pensar en lo que acababa de ocurrir, hacía mucho tiempo que no hablaba con una mujer. Al tomar el sobre entre las manos sintió un aroma a jazmín extraño a ese tipo de encargos.
Era el perfume de Pilar impregnado aun en el sobre.

-...Pilar-murmuró sin proponérselo y sintió ese nudo en la garganta que hace tiempo ya no sentía. Algo muy parecido al miedo por los disparos en la oscuridad...pero aun mejor.
Entonces se sentó y se dispuso a ver la cinta que había esperado todo esa semana.
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