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La huerta


Ir a la huerta es siempre abrir las puertas de un universo dormido con los sueños de mi niñez. Tomar el auto e ir entre campos verdes recién cultivados, a ese terreno que fue casa de los bisabuelos y que ahora solo esta lleno de árboles frutales y pozos de tierra llenos de hojas y frutos secos. Ese jardín de olvido que nosotros llamamos la huerta.
Cuando era pequeña me gustaba ir alli. Mis primeros recuerdos son el ver la enorme extensión ocultando entre sus muros los platanales movidos por el viento y las flores de terciopelo. Recuerdo a mi abuelo, dueño y señor de esos dominios en donde mi padre y mis hermanos solo éramos visitantes. Caminar entre los girasoles de la entrada y cargar con las cabezas de plátanos verdes a casa para esperar a que maduraran alli en los meses de invierno, colgadas del techo en el cuarto trasero. Ese olor dulzón de plátanos maduros y humedad alquitranada envolvía entonces la casa entera.
-¿Por qué traemos los plátanos verdes a casa papabuelo?- preguntaba yo curiosa
-Para que la gente del campo no se los coma- respondía el
Yo a mis escazos 5 años, odiaba los plátanos de seda, hubiera preferido que se los lleven todos. Que la gente del campo arrasara con ellos para no tener que comerlos siempre como sustituto a cualquier fruta fresca.
Un día el platanal se secó. Mi abuelo ya no tenía la vitalidad de antes y mis padres se encargaban de plantar nuevos árboles. La huerta se llenó entonces de huayabos, de maracuyá y manzanos. Pero sobre todo se llenó de geranios, esas flores que crecen en cualquier tierra y de cualquier mano. Pronto la huerta pasó a convertirse en un jardín lleno de árboles de pacae y algunas parras jóvenes.
Mi padre estaba emocionado, construyó una canaleta de piedra para regar cada árbol y mis hermanos aun adolescentes contribuyeron en la construcción de bancos de concreto en forma de mediaslunas para cuando fuéramos de día de campo. Incluso construyeron una mesa y bancas con troncos para poder ir a descansar alli, los días en que el mar y la insolación a mitad de Marzo ya nos aburria.
Aun recuerdo, esas tardes en que íbamos con palos de ganchos metálicos a sacar pacaes de los árboles. Todos contribuían, los empleados subían como monos en la copa de los árboles y lanzaban los pacaes maduros. El suelo quedaba cubierto de ellos y yo por ser la menor me encargaba de amontonarlos en el centro hasta que todos se pudieran sentar alrededor y comer hasta el hartazgo. Mi hermano con su fuerza descomunal sacudia luego el huayabo y hacia caer de el los pequeños frutos amarillos y perfumados que ya nadie quería probar.
Cada pasaeo a la huerta siempre era feliz.
El tiempo pasaba y la maleza se fue apoderando del lugar. Los rojos geranios cambiaron por un jardín de flores amarrillas y el maracuyá hizo secar los huayabos envolviéndolos dentro suyo. La gente entraba por los muros de la huerta que creían abandonada y se llevaban en sacos la fruta, pisaban las flores y hachaban los bancos que nosostros mismos habiamos hecho.
-Por qué la gente es tan mala, papá?
-La gente de aquí es maldita-respondía mi padre con rabia
Aunque con poca frecuencia, mis padres seguían visitando la huerta cada vez que podían. Mis hermanos se habian ido y los árboles de pacaes se comenzaron a secar con su partida. En los muros se plantaron buganvilas moradas, para evitar que la gente del pueblo entrara a seguir destruyendo y a la entrada de la huerta, mi madre sembró amapolas de todos los colores. Era lindo entrar y abrirse paso entre las flores en busca de agua fresca para lavarse las manos.
Un día quemaron las amapolas y la huerta se volvió a secar.
-Por qué han quemado las amapolas, mamá?
-Lo sugirió la policía hija, cualquier excusa es buena para llevarse a tu padre.
Entonces eran tiempos del Fujimorato y aquéllos hombres políticamente incorrectos eran amordazados y desaparecidos en el silencio de la impunidad. Incluso las flores eran buena excusa.
La huerta ahora tenía una palmera enorme, nadie sabía de donde habian traido las semillas, bajo su sombra se abanicaba mi madre del calor del verano, viendo como la casa de los bisabuelos era destruida por las polillas y la humedad, ya solo quedaban ruinasde ella.
La gente del publo seguía robando la fruta y destruyendo los árboles.
El año que volví a la huerta ya estaba en la universidad y regresé contenta pensando en el recuerdo de las flores, en ese discurrir del agua clara por la canaleta de piedra, en el aire fresco bajo los árboles y en poder comer fruta hasta reventar como lo habiamos hecho siempre. Pero mis hermanos ya se habían casado, la vida ya no era la misma, ni tampoco la huerta.
Ahora vivía allí un cuidante que había venido con sus hijos pequeños, sus perros, sus gallinas y sus patos. Ya no había flores para recoger ni fruta para sacar de los árboles. Todo habia sido depredado. El olor dulzón de la fruta que se pudre en los árboles había sido sustituido por hedor de caca de aves. La infancia se me había acabado muy rápido-pensé al sentarme en la tierra salitrosa.
Este viernes volví a la huerta. Nuestro cuidante ya se había marchado y tenía una hermosa casa azul al otro lado de ese pueblo. La palmera estaba gigante, las flores eran otras. El pacae aun daba frutos, la parra daba mejores uvas. Junto al palo de huayabo muerto, habia un columpio y ollitas de barro.
- Mira son de los niños- me comentó mi hermana.
Mis hermanos ya tenian hijos y ellos eran los herederos de mi lugar de infancia. Mis pequeños sobrinos habian pasado los domingos de verano allí, jugando a los piratas y a tarzan de los monos. Sus juguetes gastados y sus huellas pequeñitas estaban por todos lados. ¿ que había hecho yo en verano? ¿ dónde había estado?
Si, ahora recuerdo. Yo me quedé en la ciudad pasando tardes de lluvia en que escuchaba canciones de amor a la espera de alguien que me iluminara la vida. Yo había estado en otro sitio, mientras ellos crecían aqui igual que flores silvestres.
Me sentía vieja, mientras mi sobrino de 10 años corría tratando de espantar a los pájaros que se comian los higos y las otras frutas. Era viernes santo y yo había vuelto allí con el mundo al revés y sin respuestas a mis preguntas de niña.
- Juegas tía?- era mi sobrino ofreciéndome la cacha para matar pajaritos.
- No...yo no sé- jamás había jugado a eso. No quería parecer una boba
- Yo te enseño...mira apuntemos a la botella- y me trajo un montón de piedritas para jugar con el.
De pronto sonreí divertida, me había pasado la infancia solita, yendo a ésa huerta sin amigos de mi edad y sentándome alli a la sombra de mis hermanos mayores. Ahora a mis 26 años un niño me ofrecía jugar con el, sin que yo se lo hubiera pedido.
Tal vez no todo estaba marchito- pensé- y me dispuse a dar en el blanco a la botella vacía.
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