Cuento 5: " Ella y Mr.Moss"

Mr. Moss era un hombre de maneras amables y de boca pequeña, ella lo conoció en uno de sus viajes de turista y fue por esa casualidad de hablar el mismo idioma aunque con diferente acento.

Lo conoció mientras paseaba en busca de un café gratis, pero no lo vio a el sino a Daniel su compañero, el bello ingles de ojos de paloma, azules como el cielo. Sin embargo fue Mr. Moss quien la invito a tomar asiento y se negó a hablar en otra lengua que no fuera la suya, ya que ella había mencionado que mejorar su acento era el motivo de la visita a su mesa. Aquella primera tarde se pasaron 3 horas fumando y hablando de películas y programas antiguos, mientras ella iba notando que Mr. Moss no era el gringo desabrido que ella había visto como un posible estorbo entre ella y Daniel sino un caballero de los pies a la cabeza. Hablaba de su actual casa en Sydney y del niño que había dejado en Londres, un pequeño que tenia como 9 años y que el decía adorar como si fuera su propio hijo. Mr.Moss decía odiar a Celine Dion y amar la caricatura, la cual ejercía con cierto arte.

La siguiente tarde ella los acompañó al banco de la ciudad por insistencia de Daniel. Mientras esperaban afuera, Mr. Moss que apenas si tendría 27 años bien ocultados tras su flemática personalidad, le contó la historia de su reloj, una hermosa joya que había heredado de su padre. Aunque el se vestía como todos los turistas, había algo en el diferente, tal vez sus gafas de sol, tal vez su collar con un amuleto, o su anillo en el pulgar; pero ella sintió que Mr. Moss tenia muchas historias que contar y no se equivoco. Mientras caminaban por la nueva ciudad, hablo de su novia en Sydney y de cómo terminaron cuando ella le confeso que se iba al Japón. El pudo haberla acompañado pero en ese tiempo el trabajaba como chef en Australia y era inútil acompañarla mas de lo que ella lo permitiera. Se notaba cierta mirada de nostalgia en el, que ella supo recoger en su regazo y hacerla suya.

Por la noche en el bar siguieron bebiendo y fumando, ella debió notar que Daniel desaparecía demasiadas veces y que Mr. Moss era quien se negaba a que ella pagara nada. Mientras hablaban de Tony Blair y de Dido, a quien Daniel adoraba, Mr.Moss contaba anécdotas e historias de la rivalidad franco inglesa. Los cabellos y la barba color de cebada de Mr. Moss desaparecían en el humo claro de sus cigarrillos, pero ella ya podía sentir que había una extraña sensación que unía a dos personas tan disímiles como ellos. Probablemente lo único en el cuerpo de Mr. Moss que ella deseaba tocar fuera el tatuaje en su pierna izquierda que retrataba la version inglesa de Mafalda. Pero su charla, ¡por Dios! Esa charla pausada de palabras precisas y su risa pequeña eran tan deseables como lo podía ser la cara de ángel o los músculos de Daniel. Mr. Moss no pedía jamás comida rápida, ni se levantaba de la mesa antes que ella. Hablaba de su aversión al arroz desde la mala hora en que le toco trabajar en Camboya y comer arroz tres veces al día. Mr. Moss hablaba siempre y ella se iba enamorando sin proponérselo.


El día que volvieron de su viaje por las ruinas de la ciudad, Daniel se despidió rápidamente y se pudieron quedar a solas hasta que Mr. Moss acabara su bebida. La lluvia goteaba copiosamente fuera de la blanca sombrilla, pero a pesar del frío y de su falda corta ella no se movió de allí. Ese día había un concierto de jazz en algún lugar de la ciudad y el le propuso ir juntos. Era una joya, no solo amaba la lectura, los comics y cocinar, sino al instrumento que ella ya adoraba: el saxofón. Fueron al hotel y fue la primera vez que ella vio su espalda desnuda, mientras cruzaba la habitación hacia el baño. Ella se quedo echada en la cama y pudo revisar sus libros y las caricaturas que guardaba consigo. Mujeres orientales, retratos de sus amigos y espadas samurais eran los motivos de sus dibujos. Ella ya lo amaba por que negarlo? Por que negárselo?

La habitación era tibia, pero ella salio al bacón que mojaba ahora el aguacero. El apareció entonces y su cuerpo aun mojado se aproximo al de ella para mostrarle un boceto que había hecho de su rostro la noche anterior. Fue cuando ella le ofreció un masaje que el acepto. En la cama, ella y su falda corta se treparon en su espalda para hacerle un masaje y el se dejo hacer, sus manos tocaron las botas de ella aun mojadas por la lluvia.
Better?
No, contesto el y ella siguió investigando su pálida piel. Better? Volvió a decir. No – respondió nuevamente y ella se acerco como un gato a su cuello.

Better? Susurro a su oído y el volteo el rostro para besarla. Se besaron lenta y dulcemente en el preludio del amor. El la desnudo hasta dejarla solo con las botas puestas y el cabello desordenado, con su inocencia salvaje mojando el cobertor. Mr. Moss era blanco transparente como un grano de arroz y ella del color del chocolate humeante. Se unieron en ese beso tierno que dura la noche entera.

A mitad del amor ella pregunto por el preservativo ausente. El le hizo la misma pregunta y se quedaron mirando al techo, mientras el zumo de Mr.Moss aun se escurría en sus pechos. Luego el saco un cigarrillo y le dijo

Creo que ya no iremos al concierto eh? – y se rió con su boca pequeña de dientes perfectos.
Sacaron mas cigarrillos hechos a mano y mientras fumaban, ella le hizo la pregunta que le había querido hacer desde que lo conoció y supo que el era “un chef caricaturista”

- ¿Queda muy lejos Australia?

- A 36 horas de tu mundo, pequeña - le contesto con su típico acento ingles y ella entonces se quedó dormida.

Comentarios

Anónimo dijo…
36 horas que tal vez serían imposibles de recorrer...

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